Walsh, el traductor adolescente
- Fabián Domínguez

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Por Roberto Baschetti y Fabián Domínguez

El otoño de 1952 provocaba la caída de las primeras hojas de los árboles. Rodolfo Walsh entra a la Facultad de Humanidades de la Universidad de La Plata para dejar la ficha de inscripción. Va a cursar la carrera de traductor de inglés, que no es lo que más le gusta, lo hace porque sabe que las traducciones le dejan buen dinero. Sus datos dicen que nació en la provincia de Río Negro, en 1927 y que tiene 25 años. Lo que sus profesores y compañeros no saben es que el joven Walsh ya publicó algunas traducciones, entre ellos textos del escritor estadounidense William Irish. En efecto, en Agosto de 1946, hace ochenta años, llegó a las librerías Lo que la noche revela, la primera traducción de Walsh, con 19 años, cuyo autor fue un escritor estadounidense de cuentos y novelas policiales. El volumen contiene una “Nota preliminar” que lo firma como R.J.W., e integra el volumen 136 de la serie naranja de la Biblioteca de bolsillo de la editorial Hachette. El inglés no le resultaba extraño al joven pues en su familia siempre se habló ese idioma, sus padres y sus abuelos eran descendientes de irlandeses. Parte de su infancia la vivió en dos internados, en Capilla del Señor primero y luego en Moreno, ambos para niños descendientes de irlandeses, de corte católico, donde el inglés era el idioma cotidiano.
La editorial francesa
Walsh no terminó el secundario en el internado, sino que se recibió en el Nacional Juan Martín de Pueyrredón, del barrio de San Telmo. A los 17 años salió a recorrer el país en busca de trabajo y aprendió diversos oficios. Él mismo cuenta en la revista Análisis que fue “pinche de oficina en el frigorífico La Blanca, vendedor callejero de retratos en San Nicolás, lavacopas en un café de
Rosario, levantador de cosecha de uva en Mendoza, desocupado en Tucumán, peón de albañil, limpiaventanas en Buenos Aires, empleado contable en un obraje de San Luis, corrector de pruebas, traductor en Hachette”.
La gustaba jugar al ajedrez, era un lector compulsivo y, a la vez, iba a la cancha de River a alentar a su equipo favorito. En 1944 militaba en la Alianza Libertadora Nacionalista, junto a pibes de su edad o más chicos, como Rogelio García Lupo o Ricardo Masetti, algunos de ellos influidos por el cura jesuita Leonardo Castellani. La irrupción del peronismo entusiasmó a los jóvenes, aunque en realidad ellos se contentaban con ser una fuerza de choque en las calles, para “cascar a los de la
FUBA”. Tiempo después, alejado del nacionalismo, dirá que “la Alianza fue la mejor creación del nazismo en la Argentina, y hoy me parece indudable que sus jefes estaban a sueldo de la embajada alemana”. Por esa época entró a la editorial Hachette, cadete al principio, luego linotipista, después ascendió a corrector de galeras, y por fin, embebido de tanta lecturas, se animó a traducir una serie de cuentos en inglés. En secreto también escribía cuentos y algunos poemas.
Al finalizar la década de 1940, en los anaqueles de las librerías porteñas, se destacaban los libros de bolsillo con tapas de color de la editorial Hachette. El azul era de clásicos modernos; los verdes eran de viajes y aventuras; y los de color naranja eran libros de cuentos y novelas policiales, muy vendidos en esa época. La editorial era una filial local de la casa matriz francesa, fundada en París en 1826, y que en nuestro país publicaba libros de todo tipo: arte, modas, historia, policiales. Cada colección era dirigida por algún especialista, entre ellos es recordado Félix Weimberg, encargado de
la colección Dimensión Argentina, que publicó clásicos de la historia nacional. A lo largo de más de una década en la editorial, Walsh conocería a escritores y periodistas como Noé Jitrik, o Enriqueta Muñiz.
El irlandés
En la década de 1940 y 1950 el género policial era muy popular, y Walsh leía con entusiasmo a
Edgar Allan Poe o a Agatha Christie, por eso no resulta raro que su primera traducción fuera un libro de cuentos policiales, en realidad eran de suspenso. Fue en agosto de 1946, cuando se publicó la serie de seis relatos, distribuidos a lo largo de 220 páginas, entre ellos el que da título al libro, a los que se suman Marihuana, Aventuras de una manzana, Cuento policial, Cuento de sobremesa y la Ventana trasera. Walsh explica que “las producciones de William Irish no son, estrictamente hablando, detectivescas, a pesar de que en muchas de ellas intervengan detectives; es decir, que
tienen poco de ese proceso deductivo invariable en las creaciones típicamente detectivescas, o si lo hay, no es, por cierto, su característica principal”.
Al año siguiente, 1947, mientras cursaba sus estudios y trabajaba en la casa editorial, se hizo tiempo para traducir dos libros más, otro de William Irish y el siguiente de Ellery Queen. Al año siguiente tradujo tres libros más, y acá vemos una preferencia, o un seguimiento o una admiración por la obra de Irish, de quien trae al castellano Siete cantos fúnebres. Los otros dos volúmenes pertenecen a Cornell Woolrich, que era el verdadero nombre de William Irish.
Contrariamente a lo que dice el apellido, Irish no es irlandés, nació en Nueva York, recorrió México durante la revolución mejicana, se doctoró en Columbia, ganó un premio en dólares por una novela y gastó el dinero en París, hasta que volvió a su país a ganarse la vida como escritor. Irish (Woolrich) llegó al cine de la mano de Alfred Hitchcock, con La ventana indiscreta, texto que Walsh tradujo en su primer trabajo bajo el título de la Ventana trasera, y que se publicó en la revista Leoplán al momento del estreno de la película.
Walsh, el traductor, explica que las obras de Irish “encuadran más bien en el género de los murders stories, cuentos de misterio”, sin dejar de ser policíacas, aunque no detectivescas. “En el murder stories se relata simplemente un crimen, o aun un suicidio, haciendo resaltar en el mayor grado posible las circunstancias trágicas que condujeron a él”, explica Walsh en el prólogo. Irish es conocido por su manejo del suspenso y su enfoque desde la víctima y no del investigador. Otra características del neoyorquino es su capacidad para los finales abruptos y sorpresivos, siempre dentro de la lógica del policial. Walsh reconoce que no es un trabajo fácil la traducción de Irish:
“estilo completamente personal (algo difícil de traducir, preciso es confesarlo) -frases elípticas,
aunque expresivas en su brevedad, supresión de las conjunciones, diálogos rápidos - añade a la reputación de Irish como escritor original y ameno y acrece la satisfacción que despierta la lectura de sus novelas y cuentos”.
A fines de 1948 Walsh terminó con una relación amorosa con María Isabel Orlando, una chica de quien estaba enamorado y a la vez que admiraba admiraba su escritura, a tal punto que penso en dejar de escribir. En los catálogos no figuran trabajos de Walsh durante 1949, aunque él nunca dejó de traducir, escribir y concurrir a encuentros literarios. A mediados de aquel año, en una reunión de escritores en la casa de Jorge Luis Borges, conoció a Elina Tejerina, estudiante de letras que luego se especializará en la educación de niños especiales. Hacia 1950 Walsh y Tejerina se casan y se instalan durante algún tiempo en Río Ceballos, localidad cercana a la ciudad de Córdoba, pero se sintieron demasiados aislados y sin oportunidad de progreso. Ya de regreso e instalados en La Plata, él empezó su carrera de escritor, y publicó cuentos en revistas como Vea y Lea, Fénix y El Hogar. Sus primeros textos serán: El santo; Los jugadores de dados; El pájaro de las islas y Las tres noches de Isaías Bloom (éste último premiado). Pero lo que le redituaba en lo económico eran las traducciones, y ese año , días antes del nacimiento de su primera hija, María Victoria, la editorial Hachette publica la traducción de El perro de la pata de palo, de William Irish.
Ya en 1952, el escritor se anota en el Instituto Superior de Lenguas Vivas, de la UNLP, en la carrera de traductorado de inglés. En ese momento llevaba traducidos y publicados una docena de libros. Sabía mucho sobre traducir, corregir, verificar significados, revisar modismo o giros, acercarse al argot del escritor que se traduce. No termina sus estudios. El intento del título de traductor era para ordenar sus conocimientos. En realidad Walsh desea ser escritor y publicar una gran novela. Nunca
publicara una ficción de largo aliento, su gran aporte a la literatura nacional será su novela sin ficción: Operación Masacre.



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