Los que resistieron en la calle Corro
- Fabián Domínguez

- hace 3 horas
- 6 min de lectura
Por: Fabián Domínguez

No fue fácil llegar a la reunión. Cada asistente recorrió un largo trecho antes de entrar a la casa de la esquina de Corro y Yerbal, en Villa Luro. Corría el mes de septiembre del año 1976. ¿Quién llegó primero a la reunión es lo de menos? Eran cinco militantes que cargaban con la angustia del presente y el peso de la experiencia recogida en el pasado, sabiendo que el futuro se construye con tiempo y con sangre. En el horizonte no se veía el amanecer, sino un crepúsculo oscuro, sin estrellas, que conducía a una noche cada vez más cerrada. Muchos de sus compañeros optaron por el exilio, en cambio ellos eligieron otra trinchera, una casilla en la villa, un monoambiente cuyo dueño desconocían o una casa escondida en un barrio olvidado. Es que esos oficiales Montoneros no salieron de la nada, sino que eran herederos y continuadores de la resistencia peronista, y estaban allí para organizar la nueva resistencia, esta vez enfrentados a un poder genocida obediente de las órdenes que provenían del centro del poder político y económico mundial.
El día que María Victoria Walsh entró a la casa era su cumpleaños 26. En su familia le decían Vicky, pero ella se hacía llamar Hilda, en homenaje a una zafrera tucumana. Llego con su beba en brazos, no quiso que nadie la cuidara. Con un pasado de periodista, como dirigente gremial se enfrentó con el director de La Opinión: Jacobo Timerman. Heredó de Rodolfo, su padre, el oficio de cronista y también el legado del hombre que escribió el primer libro que adoptó la resistencia peronista. Ella lleva un diario personal donde redactó un oráculo sobre su propia derrota, pero eso no le impide fundirse con los otros, encontrar entre ellos un lugar de pertenencia. Como Juana, la de Orleans, dispuesta a ser quemada en una inmolación por algo superior, o la Azurduy, que perdió a sus hijos y a su marido por ver a la patria liberada.
Es posible que José Carlos Tucu Coronel (32) llegara a la reunión con una rima en la cabeza, o alguna frase, o tal vez ya tenía el poema entero y solo necesitara el papel para plasmarlo. Hijo de ferroviario, abogado por la Universidad Nacional de Tucumán, fue corresponsal en Jujuy del diario El Tribuno de Salta. Como militante participó del Tucumanazo y, ya integrado a las FAR, formó parte de la toma de Garín. Conoció la cárcel de Devoto, y allí su fanatismo por César Vallejos lo impulsó a escribir el poema Totalmente incomunicado. Una vez liberado no dejó de militar ni de escribir, y llegó a publicar el poemario Gestos y algo más. Dos cosas le importaban aquella tarde: sus hijas y organizar la resistencia ante la dictadura. Alberto Tito Molinas (37), también conocido como Chacho, sufría por la muerte de su hermano Carlos, asesinado un año antes, y a su vez sabía que los que sobrevivieron seguían con su militancia, yendo a una muerte segura si permanecían en el país. Santafecino, médico, recibido en la Universidad Católica de Córdoba, participó de la toma de La Calera en 1970. Fue uno de losfundadores de Montoneros y con Carlos Alberto Holbert fueron los dos primeros integrantes de esa organización en entrevistarse con Juan Domingo Perón, en Madrid. Lejos quedaron los días de música y poesía, cuando escribió para la Cantata Montonera y homenajeó a su amigo Sabino Navarro: los engañamos, hermano/ ellos creen que te tienen/ y solo guardan tu cuerpo/ sin las manos/ que siguen armadas/ en brazo de tu pueblo. Atrás quedaron las vacaciones en la Quinta Las Malvinas, cerca de La Plata, ahora Molinas piensa en enfrentar el exterminio. Pocos días antes visitó, junto a sus tres hijos, la casa de la calle Corro. El que llegó con la cabeza erguida, mirando de frente y seguro de tanta lucha fue Ismael Turco Salame (39). En su Tucumán natal sufrió la injusticia del cierre de los ingenios por parte de la dictadura de Onganía, en 1966. Estudió derecho, militó en la JP, participó del Tucumanazo y luego se volcó de lleno al Luche y vuelve, por la vuelta del exilio del general Perón. Su recorrido y sus vínculos con las militancias juveniles de otras organizaciones lo llevaron a forjar una amistad con Alberto Nadra, de la Federación Juvenil Comunista. Con la dictadura en pleno desarrollo el dirigente de la Fede le ofreció una salida inmediata a Cuba. El Turco estaba seguro de rechazar el exilio y quedarse a combatir junto a sus compañeros. No hay amor más grande que dar la vida por los demás, era la frase de Jesucristo que latía en el corazón de Ignacio Nacho Bertran (29), un egresado del Colegio El Salvador y ex seminarista jesuita. Descubrió el rostro descarnado de la pobreza en las afueras del Colegio Máximo, caminando por San Miguel Oeste, Santa Brígida y en su refugio de Castelar. En 1967, al año siguiente de entrar al seminario, leyó Populorum Progressio de Paulo VI y no dudo en militar y enfrentar la dictadura de Lanusse. Un párrafo del texto hablaba sobre la necesidad de tomar las armas ante una dictadura que atentara contra los derechos fundamentales de las personas y dañara el bien común del país. Esa necesidad se acentuó una década después ante el genocidio de Videla. *** El coronel Roberto Roualdes tenía el dato de una reunión de la Secretaría Política Nacional de Montoneros. Imaginaba que, si eran peces gordos, tendrían dinero para rapiñarles y abrir una cuenta en Suiza. Durante la madrugada llovió, como todo el día anterior. Para tener un punto de apoyo allanó y ocupó una casa sobre la misma vereda que la de Corro 105. Al Coronel no le gustaba andar solo, se movía siempre con una patota, pero esa mañana no se sentía tan seguro y decidió llevar más de 150 conscriptos, pobres hombrecitos, temblorosos, civiles con ropas militares que estaban ahí para cumplir órdenes, y la orden esa mañana era tirar a matar. Los camiones militares se iban acomodando en calles laterales. A lo largo de la mañana se ocuparon otras casas, y dentro de las casas las terrazas, para asegurar el ataque, y que nadie se escapara. Magáfono en mano, un militar instó a los ocupantes de la casa asediada a que se entregaran. Se hizo un silencio tenso. Dos de los principales jefes, Molinas y Bertrán, saltaban de terraza en terraza ensilencio. Los que quedaron al frente esperaron unos minutos y lanzaron dos granadas, para distraer y darles más chances de escapar a sus compañeros. A renglón seguido dispararon algunos tiros con sus pistolas, que de inmediato fue respondido con balas de fusiles FAL desde los lugares más disimiles, donde estaban apostados los soldados. La tormenta de plomo no eran solo balas, también se usaron armas pesadas como bazukas y FAP. Un helicóptero también llegó para reforzar el ataque, mientras una tanqueta se mantenía expectante, cerca del lugar. El tren Sarmiento detuvo la circulación ante el peligro de impactos de bala. Las maestras de la escuela cercana escondieron a los niños debajo de la mesa. La balacera no se detuvo en toda la mañana. Antes del mediodía los disparos llegan desde la terraza; los gritos y el olor a pólvora eran la esencia del combate. Hasta que en un momento se hizo silencio. Un jefe militar ordenó el alto el fuego, tomó un megáfono y ordenó la rendición incondicional. Los dos oficiales montoneros que intentaron fugarse, se resistieron, no se entregaron y fueron ultimados fuera de la casa minutos antes. Eran jefes y no pensaban caer en manos militares. Desde la terraza de la casa dos combatientes se ponen de pie y se escucha una respuesta clara y contundente: Ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir. Y se disparan en la sien. El pecado no era hablar, sino caer en manos enemigas. Los militares dispararon un rato más, creyendo que los disparos de los combatientes seguían siendo parte de la resistencia. En la planta baja el último integrante de la Secretaría recibe un disparo mortal. Al silencio de las armas le siguió una granada al interior de la casa. La tanqueta avanzó y chocó el portón principal. El jefe del operativo pensó que el triunfo era suyo. Roualdes no comprendía que sus obscenas y macabras liturgias de desapariciones, vuelos de la muerte, saqueos y robo de identidades son estériles y solo construyen fracaso. El oficial genocida no entendió la ironía del destino cuando, al entrar a la casa, en vez de hallar cadáveres lo primero que vio fue, sentada en un canasto, a una beba llamada Victoria.


Comentarios