Cuerpos en caída libre
Por: Fabián Domínguez

El 9 de mayo de 1976, un grupo de pescadores navegaban en el pesquero Reymar, frente a la costa de Montevideo, cerca de una boya, en el banco Arquímedes. Muy temprano el agua estaba mansa, sin oleaje, sin viento, con el sol que empezaba a asomar en el horizonte, cuando uno de los
pescadores advierte que muy cerca hay un objeto flotando, al parecer un cuerpo. El capitán del
barco, Víctor Pérez Pérez ordenó acercarse, subirlo, llevarlo a tierra y dar aviso a la Prefectura. El
pescador Manuel Otero participa de la recuperación del cuerpo, el cual no se desarma sino que lo
pueden subir intacto. Cándido Menduiña, otro de los marinos, entiende que es una una mujer joven, de entre 25 y 30 años, linda, de corta estatura; y su compañero Juan Vidal advierte que de sus pies y manos atados sobresalían las uñas pintadas. Ya en el puerto la Prefectura se hizo cargo de los
procedimientos de rigor. El juez Milton Cairoli atendió el caso, aunque nunca se acercó a ver el
cuerpo y se manejó con informes de los uniformados, y del forense. El juez Cairoli dice que le
informaron que el cuerpo estaba en avanzado estado de putrefacción, que muchas partes habían sido devoradas por los peces, y que era imposible identificarlo. Caratuló la causa como “hallazgo de un cuerpo sin vida” (sic).
El cuerpo flotando de esta mujer no era el primero que se encontraba en las costas uruguayas. Desde
el 21 de abril hubo una serie de hallazgos que la prensa argentina decidió que eran coreanos o de
otro país oriental. En su edición del 28 de abril el diario Clarín habla del misterio del quintuple
crimen, y que serían personas que participaron de una orgía en un barco pirata que pescaba en el río, cuyos cuerpos fueron arrojados frente a la costa de Rocha. Los cadáveres estaban atados, presentaban signos de torturas, e incluso violaciones, y lo de orgía surge porque también
encontraron el cuerpo de una mujer, y el cronista decidió que si había mujer había orgía.
El 11 de mayo el mismo diario capitalino informa del hallazgo de otra mujer flotando frente a las
costas de Montevideo, y que estaba en el agua desde hacía pocas horas, distinto a los cuerpos anteriores, que tenían varios días a la deriva. En el informe deja trascender que las huellas dactilares son distinguibles, por lo que se buscaría su identificación, y esta vez no repite la hipótesis del
origen oriental. Aunque no hay datos de ninguna índole, el cronista señala que ella sería de
Montevideo, que frecuentaba lugares nocturnos, y estaría vinculada a una gavilla de
narcotraficantes (sic).
El 14 de mayo se encontró otro cuerpo flotando, atado de pies y manos, con lastimaduras graves en todos el cuerpo, y con un tatuaje en su brazo: un corazón y las iniciales FA dentro dentro del mismo. Se trataba de Floreal Avellaneda, que ese mismo día cumplía 15 años. El muchacho y su madre, Iris Pereyra, fueron secuestrados un mes antes en Munro, llevados ambos a la comisaría de Villa Martelli y luego a Campo de Mayo. Luego Iris pasó a una cárcel para presos políticos, y
Floreal fue víctima de un vuelo de la muerte.
Los militares argentinos tenían un problema con la represión que lanzaron en 1976, y era el destino
de los cuerpos. En un principio los tiraban al costado de las rutas, luego abrieron fosas comunes en distintos cementerios y enterraban a sus víctimas como NN, a veces aparecían cadáveres apilados en algún descampado, y por fin decidieron que el destino final fuera en el Río de la Plata a través de vuelos de la muerte. Aeroparque, El Palomar, Morón, Campo de Mayo era algunas de las pistas de
aviación de donde partieron esos vuelos. Sindicalistas, maestros, obreros, religiosos, amas de casa,
profesionales, estudiantes e incluso militares fueron algunas de las cientos de víctimas de esos
vuelos fantasma, arrojados muchas veces vivos, o en estado de semi inconsciencia, producto de la anestesia que les aplicaban antes de subir al avión.
En la misma manzana donde secuestraron a la madre y su hijo, en la localidad de Munro, el 19 de
abril hubo otro procedimiento, cuando buscaban a María Rosa Mora. El grupo de tareas irrumpió en la vivienda, reviso cada rincón y aprovecharon para llevarse algunos objetos, en una rapiña que se repetía en los procedimientos. En la casa estaban los suegros de María Rosa y Marito, su hijo de
siete años. Como no encontraron a su presa, fueron a buscarla a su trabajo, en la fábrica FATE
Electrónica, en San Fernando, empresa que cuenta con casi una docena de desaparecidos.
El secuestro de María Rosa, delegada sindical y militante del peronismo revolucionario, fue parte de la gran razzia contra los integrantes de la Unidad Básica Combatientes Peronista. En pocos días varios militantes de ese grupo fueron secuestrados y llevados a centros clandestinos de detención, entre ellos el esposo de María Rosa, Jorge Niemal, y el líder de la agrupación, Jorge Nono Lizaso,
integrante de una familia que formó parte de la resistencia peronista y cuya primera víctima fue Carlos, en los basurales de José León Suárez, en junio de 1956.
Después de mayo el diario Clarín dejó de informar sobre la aparición de cuerpos. Es posible que alguna autoridad le haya advertido a la dirección del medio que se trataban de cuerpos de desaparecidos argentinos y no convenía dar a conocer esos datos. Aunque el diario siempre informó sobre el caso sin fotos, esas fotos existieron y el que manejó la cámara fue el prefecto uruguayo
Daniel Rey Piuma, integrante de un grupo de Inteligencia de la Prefectura, que estaba al servicio de la Armada uruguaya. Rey Piuma se encargó de guardar copias de esas fotos, pues entendía que se
trataban de delitos graves que la justicia uruguaya no investigaba y que eran pruebas importantes.
Tiempos después el oficial decide desertar, pasar a Brasil y de ahí a Holanda, desde donde aportó pruebas en algunas causas judiciales en la Argentina, no así en el país de la otra orilla, donde no se juzgaron a sus represores. Rey Piuma fotografió el tatuaje de Floreal Avellaneda, y los cuerpos mutilados de numerosos cuerpos, la mayoría de ellos con rostros irreconocibles ya sea por su tiempo de permanencia en el agua, por el daño en la tortura, o por el ataque de peces mientras
flotaban en el río. Lo que no pudo olvidar fue el rostro intacto de una mujer, bonita y que le
recordaba a la hermana de un amigo, la cual fue secuestrada en la Argentina y permanece
desaparecida.
¿Quién era la mujer que flotaba en el río aquel 9 de mayo? La prefectura le tomó huellas dactilares pues era posible rastreas algunas líneas y, junto al informe del Cuerpo Médico Forense, las envió a Interpol para tratar de identificar a la víctima. El informe contradice lo que decía el juez, pues no
solo había huellas dactilares, sino que se pudo confirmar que el cuerpo tenía un orificio de bala en
la cadera, costillas quebradas y quemaduras de cigarrillo en una mano. Agrega que el cuerpo tenía
una cuerda de 60 centímetros atada a sus pies. La respuesta a Interpol llegó desde la Argentina, a través de la Policía Federal, el 28 de mayo de aquel año y reveló que el cuerpo era de María Rosa
Mora, con cédula de identidad 5.590.370.
La familia no fue informada del hallazgo en una decisión incomprensible, a menos que entendamos que las dictaduras de los países del Cono Sur coordinaban la represión a opositores a través del Plan Cóndor. María Rosa tenía 31 años cuando la secuestraron, sus restos se enterraron en el cementerio de Montevideo como NN. Por una ley de cementerios, que indica que si nadie reclama los restos, pasados dos años son cremados y se depositan en el cenisario común. De esta manera Manera Rosa Mora volvió a desaparecer para la familia, entre ellos su hijo Mario Niesmal, quien no tiene una
tumba donde llorar a su madre.
Hace 25 años, el periodista uruguayo Jorge Gestoso indagó esta trama para la cadena CNN, trabajo por el que fue premiado y a la vez despedido. Quedan numerosos casos por indagar en la costa
uruguaya, ya sea en Montevideo, Colonia, Maldonado o Rocha. Es difícil la justicia encare esa
tarea, pues forma parte del pacto de silencio uruguayo. Una prueba de ello es que en febrero de
2001, el juez Cairoli, a cargo de la causa judicial de María Rosa Mora, asumió como presidente de la Suprema Corte de Justicia del Uruguay.




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