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Los campeones salen de José C. Paz

18 jul
6 min de lectura

Por: Fabián Dominguez



Seis meses antes de iniciarse el Mundial ‘78, se ampliaron las instalaciones en el predio de la Fundación Salvatori en José C. Paz, un espacio a 35 kilómetros de la Capital, cerca en distancia pero lejano y olvidado para que tuvieran en cuenta a sus habitantes. La Fundación tenía excelentes contactos con la Iglesia Católica, la Policía Federal y el Ejército, y su sede central estaba en el barrio de Belgrano. Según cuenta Jorge Camarassa en su investigación Odessa al Sur, sobre los nazis en Argentina, en tiempos de López Rega y del comisario Villar dicha entidad albergó al Club de las Caras Felices, que derivaría en lo que se conoció como la Triple A. Salvatori era un empresario farmacéutico, pero no fue el único que proveyó de servicios al Estado durante el Mundial. Por aquellos días la empresa Mercedes Benz entregó al titular del EAM ´78, general Antonio Merlo, las llaves de las unidades de la flota oficial del Mundial, compuesta por 128 unidades (58 autos, 25 micro ómnibus, 10 furgones y 35 ómnibus), fabricados en la planta automotriz de González Catán. La empresa alemana estaba muy vinculada a la dictadura, incluso hay causas judiciales contra algunos de sus directores por apropiarse de niños, hijos de desaparecidos. La empresa también donó a la maternidad de Campo de Mayo, donde se realizaban partos clandestinos, aparatología moderna. A su vez la empresa tuvo más de una docena de trabajadores desaparecidos. La fundación Salvatori puso a disposición de la Junta Militar dos hectáreas en el barrio Frino, y un campo del barrio Primavera, ambos en la localidad de José C. Paz, que pertenecía al distrito de General Sarmiento, gobernado por el coronel Luis Ortelli, al noroeste del Gran Buenos Aires. Frino era un barrio obrero, surgió como una prolongación del barrio Alberdi, famoso por su fábrica de cerámica. En 1911 se realizó el primer loteo de tierras, propiedades de varias hectáreas que conformaron quintas, hasta que en la década de 1960 esas quintas se lotearon en pequeñas parcelas. No se llegó a organizar una red de entidades intermedias, y antes del golpe de estado de 1976 funcionaban la escuela Nº70, la capilla Santa Cecilia, además de una sala de primeros auxilios que quedó de la fallida experiencia de Sociedad de Fomento de 1973. La quinta Salvatori se ubicaba sobre la calle Ugarteche, había sido un lugar donde se concentraban equipos deportivos, y la noticia que sería el lugar de la concentración de la Selección Nacional de Fútbol conmocionó a los vecinos. Las nuevas construcciones en el predio no mejoraron la vida del vecindario, y alguna capa asfáltica, que terminaba en el mismo predio, no ayudaba a conectarse con otros barrios ni permitía la entrada de transporte de pasajeros.Lo que se hizo sentir con fuerza en las calles de tierra fueron los allanamientos previos a la instalación del seleccionado, lo que se reforzó semanas antes del Mundial con más de doscientos uniformados entre policías, y militares del Ejército, además de vehículos y carpas. Se allanaron casas, y se dice en voz muy baja que detrás de la quinta de la Concentración desapareció una pareja, pero el silencio se mantiene y los antiguos habitantes no quieren dar precisiones. En un principio la custodia militar se instaló dentro del predio, pero apenas lo advirtió el director técnico, César Luis Menotti, ordenó que los hombres de verde se instalaran fuera del perímetro de la quinta. El regimiento terminó instalando su vivac enfrente de la Concentración, del otro lado de la calle Ugarteche, donde hoy se encuentra una escuela. La presencia de uniformados fue constante, y la custodia militar era de un hombre cada treinta metros. Muchos vecinos, entre obreros, amas de casas, jóvenes y nenes que iban a la escuela cercana, vieron a los jugadores, pudieron saludarlos o pedirles un autógrafo, no solo a los que quedaron sino a un pibe nuevo que maravillaba a todos pero Menotti dejó afuera del plantel: Diego Armando Maradona. Las lágrimas del mejor jugador del siglo XX por quedar afuera no se comparan con las que vertió el delantero René Houseman, quien sufrió en carne propia la dictadura, con dos amigos desaparecidos y con Ediberto Soto, tío de su señora, también secuestrado. “Los tres eran maestros en la villa del Bajo Belgrano. Se los llevaron durante el campeonato. No los veía desde el ´76. Yo ni enterado de cómo venía la mano. Si lo hubiera sabido no jugaba, así de corta”, dijo Houseman años más tarde. El que renunció a jugar el Mundial fue Jorge El Lobo Carrascosa, vecino de Valentín Alsina, quien llevaba la cinta de capitán, hasta que se alejó de la selección, a fines de 1977, sin dar explicaciones. Para caminar por las calles de Frino los vecinos debían mostrar sus documentos. Chicos de 12 años debían andar con su cédula de identidad a cuesta, y en caso contrario eran demorados hasta que sus padres los identificaran. Muchas personas buscaban fotografiar a los jugadores, pero algunos uniformados detuvieron, interrogaron, les sacaron el rollo y les prohibieron volver por la zona a los improvisados fotógrafos. Los vecinos compensaban las amarguras de tener el barrio sitiado cuando los dejaban ver partidos a través del alambrado del predio de Primavera. Una tarde se enfrentó la Selección con Estudiantes de Buenos Aires. El alambrado perimetral bajo, los árboles jóvenes y poco frondosos, la escasa población, la gran cantidad de terrenos baldíos y el casi nulo tránsito permitía acercarse y ver un espectáculo único y gratuito. Sentados en las veredas, algunos apoyados en sus bicicletas, miraban sin poder acercarse demasiado pues la custodia militar era muy fuerte. Diez días antes de que se iniciara el Mundial, frente a la Concentración, descendió un helicóptero de la Prefectura Naval. De la nave bajaron el almirante genocida Eduardo Massera (segundo hombre fuerte de la dictadura) y el contraalmirante Carlos Lacoste (organizador del Mundial, con el manejo de 500 millones de dólares a través del EAM ‘78). Cruzaron la calle, saludaron a cada uno de losjugadores y al cuerpo técnico que encabezaba Menotti. Massera también tenía una concentración cerca del Estadio Monumental, pero no era de jugadores sino de detenidos clandestinos en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Cinco días antes de empezar el Mundial, el general genocida Jorge Rafael Videla saludó a los 22 jugadores. Pero no fue a la Quinta Salvatori como Massera, sino que obligó a trasladar a los seleccionados a la Casa Rosada, donde se dio el lujo de estar con los jugadores en su propio despacho y darles una arenga cuartelera. Era otro round en la interna con la Armada. Massera quería que Menotti hablara bien del gobierno, pero el entrenador solo hablaba de fútbol, por lo que los marinos decidieron mandar a un desaparecido que tenían en la ESMA con un grabador a una conferencia de prensa, para que se haga pasar por periodista y le pregunte al seleccionador sobre la realidad del país. Raúl Cubas vivió todo de manera muy surrealista, porque era desaparecido, pero estaba en el lugar que miraban todos los argentinos. En medio de la conferencia de prensa, se corrió para estar cerca del técnico, de manera que si se publicaba una foto, él saldría en los diarios. Y La Nación publicó la foto con Menotti, el desaparecido Raúl Cubas y el oficial Antonio Pernías, su captor, delante de todos los periodistas. Hungría, Francia, Italia, Polonia, Brasil, Perú fueron los rivales de la Argentina durante junio, hasta llegar a la final el 25 de junio de 1978, frente a la selección de Holanda, que ostentaba el título de subcampeón mundial. La Naranja Mecánica llegó a la Argentina sin su líder, Johan Cruyf, quien no quiso brindar ningún apoyo a los genocida con su presencia. La Selección Nacional salió de la Fundación Salvatori, por el mejorado de la calle Ugarteche y se dirigieron por la calle Florida hasta la estación de José C. Paz, doblaron por ruta 197 para dirigirse a Panamericana, y luego empalmaron General Paz hasta el estadio. La final terminó con el triunfo de la Argentina, con algunos jugadores yendo a la basílica de Luján a la mañana siguiente, junto a un grupito de vecinos. Casi medio siglo después, en el barrio no quedó ni el edificio ni el predio, apenas el recuerdo de antiguos habitantes. La Fundación Salvatori donó las dos hectáreas para que construir un espacio para los soldados de la guerra de Malvinas, pero un extraño manejo de la propiedad por parte del Ejército hizo fracasar el proyecto. Entrada la década del ´90 aún había custodia militar, pero luego, al no concurrir más los soldados que cuidaban, intrusos desmantelaron la casa, hasta que una noche terminó incendiada. Luego se loteó, y hoy no quedan restos edilicios de aquellos días, solo casas a medio construir, un proyecto de calle que divide las dos manzanas, y un pilar que recuerda dónde estuvo la entrada principal. El barrio, que fue maltratado por lo militares, no recibió mejoras después del Mundial. * En base al libro Tierra de sombras. Postales de Campo de Mayo y el terrorismo de Estado. Colección Memoria. 2019.

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