Una voz que no se apaga
- Fabián Domínguez

- 9 jul
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por Fabián Domínguez

Apenas Víctor Basterra quiso entrar a la casa de las Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini lo encaró y lo echó. - Usted no tiene nada que hacer acá. Sabe muy bien por qué.
La vida del último sobreviviente de la ESMA no fue fácil. Sin padre durante la infancia, encerrado en un colegio pupilo, trabajador desde muy joven, el peronismo fue su verdadero hogar. Obrero gráfico, admiraba a los dos Raimundos: Ongaro y Villaflor. Organizó en lo sindical a sus compañeros de Ciccone, y militó en el Peronismo de Base (PB). Fue parte de la resistencia peronista y lo persiguieron por ello. Villa Jardín, a orillas del Riachuelo, lo vio construir su casa, organizar el barrio, y defender los derechos de sus vecinos. Muchas reuniones entre compañeros terminaban con Víctor abrazado a una guitarra, y cantando con una voz alegre y aguda algún tango o una zamba. Ya en la década de 1970, como muchos jóvenes, luchó por el regreso de Perón, y lo logró.
La dictadura lo encontró militando en el PB, en la zona sur del Gran Buenos Aires. Hacia 1979, lo secuestraron junto a Laura, su pareja, y Eva, su hija recién nacida. Los llevaron a la ESMA, aunque Laura y Eva fueron liberadas pocos días después. Basterra estaba vinculado al Grupo Villaflor del PB. Josefina Villaflor, Enrique Ardetti, José Luis Hassan, Ida Adad, Elsa Martínez, compartieron cautiverio, maltrato y tortura con Víctor. Por esa época llegó la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, y los secuestrados en la ESMA fueron llevados a la isla El Silencio, en el Delta del Tigre.
De regreso al edificio de la avenida del Libertador las torturas y la vida infernal en Capucha siguió como una rutina. Por entonces los marinos descubrieron el talento de Basterra para la fotografía y la falsificación de documentos, y decidieron usarlo. Si no trabajaba para ellos lo mataban. Y esa fue la manera que encontró para estirar sus días en la escuela militar. Máquinas, negativos, papel fotosensible, todo lo relacionado a un laboratorio fotográfico estaba a su disposición. Acosta, Astiz, Cavallo, Peyón, Donda, Laprida, D’Imperio son algunos de los numerosos militares que retrató en su tarea de “trabajo esclavo”. También fotografió a sus compañeros, y todo quedó archivado. Basterra se fue mimetizando con el ambiente, sobrevivía, no molestaba, cumplía con las órdenes y se ganó la confianza de los marinos. Un día lo dejaron ver a su familia, y esas salidas se repitieron. Se le ocurrió que en cada salida podía llevarse escondidos negativos, documentos, fotos. Ponía en juego su vida y la de su familia, pero se arriesgó. Y así fue dejando material en la casa de su cuñadaen La Plata, o en lo de su hermana en José C. Paz y en cada lugar donde encontraba un espacio confiable para esconderlo, sabía que en algún momento serviría.
La mayoría de la desaparecidos por la ESMA fueron arrojados desde aviones al río de la Plata. Muy pocos fueron liberados. Pasaban los días, las semanas, los meses y Basterra seguía allí, hasta que una semana antes de la retirada del gobierno militar le dijeron que quedaba libre, pero que lo seguirían vigilando. Estuvo mas de cuatro años encerrado. Salió y organizó lo que le pidió Quique Ardetti, uno de sus compañeros en cautiverio: si salís, que no se la lleven de arriba. Se contacto con abogados de DDHH, con organizaciones, con políticos, incluso antiguos militantes, y les mostró el material, pero no le creyeron, entendían que era un integrante de algún servicio de inteligencia que buscaba infiltrarse. El CELS lo tomó en serio, recibió el material y elaboró el Informe Basterra con fines judiciales. Pobre, con dos hijas, decidió irse a la Patagonia junto a Laura, a una casa que le prestó un antiguo compañero. Su vida corría peligro. Un año después volvió a Buenos Aires, pero su casa de Lanús la robaron los militares, por lo que se fue a vivir a Tolosa. Puso una fotocopiadora, y los fines de semana hacía fotos sociales: casamientos, quince años, bautismos. Cuando se produjo el juicio a la Juntas fue llamado a declarar. Ese día estuvo entre el público el autor del Tema del traidor y del héroe, Jorge Luis Borges. Su cuento quedó corto al lado de los laberintos, los juegos de espejos y la simulación que encarnó Basterra. El testigo contó su secuestro, la resistencia a los castigos, la electricidad por todo el cuerpo, y el momento de quiebre: cuando en la mesa de tortura le pusieron a su beba recién nacida sobre su pecho y lo amenazaron con una picana.
- Que horror lo que vivió este hombre. Esperaba oír quejas, denuestos y la indignación de la carne humana sometida a ese milagro atroz que es el dolor físico… El réprobo hablaba con simplicidad, casi con indiferencia… Y no había odio en su voz, dijo Borges.
En esa misma declaración Basterra puso sobre la mesa del tribunal documentos, listas, planillas y fotos, pruebas físicas de lo que se vivió en la ESMA. Los abogados defensores de los militares lo desprestigiaron, dijeron que trabajaba y cobraba de la Marina. Cuando se dictó la sentencia, se valorizó la documentación de Basterra, pero los jueces no le reconocieron los cuatro años de cautiverio, lo que permitió absolver a la última Junta Militar. Se cumplía lo anunciado por los militares a los que liberaban: “te dejamos ir y nadie te va creer lo que viviste aquí”. Cada sobreviviente vivió con la doble culpa de salir del horror, y a la vez explicar por qué había sobrevivido y otros no.
A Víctor Basterra no le importó lo que dijeran de él. Seguía persiguiendo a los militares donde fuera: Buenos Aires, México, España. Cuando se derogaron las leyes de impunidad, durante el gobierno de Néstor Kirchner, se juzgaron a los autores materiales de los secuestros, las torturas, los vuelos de la muerte, la apropiación de niños, en ese momento el testimonio y el material que aportó el sobreviviente fueron claves para encarcelar a muchos genocidas. Ya condenados, muchos de ellos soñaban con quedar libres y cumplir una última misión: meterle un tiro en la cabeza a Basterra. Hasta 2019 el último sobreviviente de la ESMA declaró en numerosas causas judiciales. Su voz, que desde 1985 gritó en los tribunales y a los cuatro vientos el genocidio planificado, se empezó a apagar. Un cáncer lo quiso callar, pero a esa altura del partido la acumulación de documentación en su archivo era muy grande y contundente. Se fue en medio de la pandemia, aunque su voz sigue resonando, como una llama eterna.



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