UN MAESTRO LLAMADO IVÁN

Juan Julio Roqué fue maestro, fundador de las FAR, dirigente de Montoneros y uno de los hombres buscados por la dictadura. En 1972, mientras vivía en la clandestinidad, escribió una carta para explicarles a sus hijos por qué había elegido una vida que podía terminar con su muerte. Cinco años después murió cercado en una casa de Haedo. La carta sobrevivió y, mucho tiempo más tarde, una de sus destinatarias volvió sobre ella para intentar comprender al padre que casi no había conocido.
Juan Julio Roqué tuvo varios nombres y dos hijos, proporción que puede parecer injusta pero que no resulta extraordinaria cuando se vive en la clandestinidad. Fue Juan Julio para su familia, profesor Roqué para sus alumnos, Lino para algunos compañeros, Mateo para otros e Iván dentro de Montoneros. La Policía, el Ejército y la Marina seguramente utilizaron también esos nombres, acompañados por fotografías, domicilios, antecedentes y órdenes de captura. A sus hijos, en cambio, les alcanzaba uno solo: papá.
El problema era que papá casi nunca estaba.
El 26 de agosto de 1972, cuando tenía treinta y dos años y ya sabía que cualquier encuentro con la policía podía terminar con su vida, Roqué decidió escribirles una carta para explicar una ausencia que sus hijos eran todavía demasiado chicos para comprender. Cinco años más tarde estaba muerto y la carta había adquirido el carácter involuntario de una despedida.
Curiosamente, para explicar por qué se había convertido en revolucionario no empezó hablando de revolución.
EL FRÍO
Roqué recordó una mañana de su infancia, cuando tenía ocho o nueve años y un compañero llegó a la escuela prácticamente congelado. Debajo del guardapolvo llevaba apenas una camisa rota; él, en cambio, tenía zapatos, medias de lana y ropa suficiente para soportar el invierno, y aquella diferencia le produjo una vergüenza que muchos años después todavía podía reconstruir.
Poco después entraron al aula y la maestra explicó algo que también era cierto: la Argentina era un país rico, uno de los grandes productores mundiales de carne, trigo y alimentos. Roqué disponía entonces de dos informaciones verdaderas que parecían incompatibles entre sí: vivía en un país capaz de alimentar a millones de personas y uno de sus compañeros podía llegar casi congelado a la escuela.
La estadística decía una cosa y el chico sentado a su lado decía otra. Roqué no necesitaba todavía saber cuál de las dos mentía; le alcanzaba con comprobar que juntas explicaban bastante mal el mundo.
Muchos años después escribiría que el frío de aquel compañero se había convertido para él en un sufrimiento concreto y situaría en ese episodio una de las primeras raíces de su conciencia política. Es posible fechar el comienzo de una militancia de muchas maneras: una reunión, un libro, una huelga, una afiliación. Roqué prefirió recordar una camisa rota.
EL MAESTRO
Se formó en Ciencias de la Educación, ejerció como profesor y llegó a dirigir una escuela secundaria en Córdoba. El dato tiene alguna importancia porque permite descartar una de las explicaciones más cómodas sobre los jóvenes que durante aquellos años ingresaron a las organizaciones armadas: Roqué no había salido de un mundo marginal ni había tropezado accidentalmente con una pistola; era un hombre formado, tenía profesión, familia e hijos y, en algún momento, llegó a la conclusión de que la violencia política podía ser un instrumento legítimo para modificar una sociedad que consideraba injusta.
Mientras él enseñaba, la Argentina desarrollaba su propio sistema pedagógico. En septiembre de 1955 las Fuerzas Armadas derrocaron a Perón; después proscribieron al peronismo, prohibieron sus símbolos y hasta su nombre, encarcelaron dirigentes y en 1956 fusilaron civiles y militares. Más tarde llegaron nuevos gobiernos condicionados, nuevos planteos militares y nuevos golpes, hasta que en 1966 el general Juan Carlos Onganía decidió resolver definitivamente las imperfecciones de la democracia suprimiéndola.
La lección podía entenderse sin demasiada preparación académica: se permitía votar mientras determinados resultados no pusieran en cuestión el poder de quienes conservaban la facultad de anular las elecciones.
Una parte de aquella generación extrajo otra conclusión y Roqué estuvo entre ellos.
En Córdoba participó del Comando de Resistencia Santiago Pampillón y posteriormente intervino en la formación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Las FAR provenían en buena medida de sectores de izquierda que terminaron aproximándose al peronismo revolucionario hasta fusionarse, en 1973, con Montoneros.
Para entonces el profesor Roqué se había convertido en Iván y seguía dedicándose, curiosamente, a enseñar, aunque las materias ya no figuraban en ningún programa aprobado por el Ministerio de Educación: formación política, estrategia, organización, marxismo, peronismo y revolución. También llevaba armas.
Conviene mantener juntas ambas cosas porque estuvieron juntas en su vida. Separarlas permite fabricar con facilidad un maestro ejemplar o un guerrillero despiadado, según las necesidades del que escribe, pero ninguna de las dos operaciones explica demasiado bien a Juan Julio Roqué.
LA CARTA
Cuando escribió a sus hijos en agosto de 1972 no sabía cuánto tiempo iba a permanecer clandestino ni si tendría oportunidad de volver a explicarles personalmente lo ocurrido. Por eso comienza confesando su temor de no poder hacerlo nunca y después retrocede hacia la infancia, como si para justificar al hombre armado necesitara encontrar primero al chico que había sentido vergüenza por tener medias de lana.
La elección es interesante. Podría haber escrito varias páginas sobre imperialismo, dependencia económica, socialismo o liberación nacional, conceptos que conocía y discutía habitualmente, pero prefirió comenzar con algo que sus hijos podrían entender incluso antes de comprender la política: había dos chicos, uno tenía abrigo y el otro no.
La carta avanza desde allí hacia su formación, sus convicciones y las razones que, según Roqué, justificaban la decisión de abandonar una vida relativamente normal para ingresar a la clandestinidad. Sin embargo, debajo de toda la argumentación política existe una pregunta menos doctrinaria y bastante más difícil: ¿cómo explicarle a un hijo que se lo ha dejado porque se ama a otros hombres?
Roqué ensayó su respuesta.
Sus hijos tardarían muchos años en ensayar la propia.
LAS ARMAS
En 1973 el panorama cambió con una velocidad que probablemente desconcertó incluso a quienes llevaban años preparándose para cambiarlo. Cámpora ganó las elecciones, Perón regresó definitivamente al país, las organizaciones revolucionarias salieron durante un tiempo de la clandestinidad y las FAR se fusionaron con Montoneros. Poco después Perón volvió a presentarse y el 23 de septiembre obtuvo más del sesenta por ciento de los votos.
Dos días más tarde asesinaron a José Ignacio Rucci, secretario general de la CGT.
Veintitrés balazos terminaron con una vida y abrieron una discusión que medio siglo después continúa sin resolverse por completo. Numerosos testimonios e investigaciones atribuyeron el atentado a Montoneros y algunos situaron a Roqué entre los responsables de su planificación; otros investigadores han discutido aspectos de esa reconstrucción y no existe una sentencia judicial que haya establecido su responsabilidad penal.
Sería muy sencillo omitir este episodio en una semblanza afectuosa de Roqué, del mismo modo que sería sencillo reducir toda su vida a esa acusación. Las dos posibilidades tienen la ventaja de ahorrar trabajo y el inconveniente de falsear al personaje.
Roqué había elegido integrar una organización político-militar, había aceptado la utilización de las armas y ocupaba responsabilidades importantes dentro de ella. Las armas pueden discutirse largamente desde la política, la ética y la historia, pero poseen una propiedad material que ninguna discusión modifica: cuando se utilizan contra una persona, pueden matarla.
Aquella generación lo sabía.
También creía tener razones para hacerlo.
CUANDO EL ESTADO EMPEZÓ A MATAR
Para 1976 la violencia había cambiado de escala y de naturaleza. El secuestro clandestino, la tortura y el asesinato político existían antes del 24 de marzo, pero la dictadura convirtió esas prácticas en un sistema organizado desde el Estado, con centros clandestinos, grupos de tareas, vehículos, combustible, médicos, interrogadores, cárceles secretas y una burocracia suficientemente eficaz como para secuestrar a una persona por la noche y negar su existencia por la mañana.
Montoneros continuaba hablando de guerra mientras Roqué empezaba a advertir un inconveniente que ninguna consigna podía resolver: la estaban perdiendo.
Sus diferencias no se limitaban a la desigualdad militar. Cuestionaba también el aislamiento creciente de la organización, la pérdida de vínculos con los barrios, los lugares de trabajo y la vida cotidiana, y advertía que una estructura que pretendía representar a las masas podía terminar conversando únicamente consigo misma.
Era una paradoja incómoda. Para hacer la revolución se necesitaba al pueblo, pero el pueblo conservaba la molesta costumbre de tomar decisiones por su cuenta.
A comienzos de 1977 la distancia entre las fuerzas disponibles era brutal. De un lado había militantes perseguidos, documentos falsos, casas clandestinas y una organización seriamente golpeada; del otro, las Fuerzas Armadas de un Estado que controlaba fronteras, policías, servicios de inteligencia, cárceles, registros civiles y una red de centros clandestinos donde los prisioneros podían ser torturados y asesinados sin que ningún juez preguntara oficialmente por ellos.
Roqué permaneció en la Argentina.
EL CEIBO 1021
El 29 de mayo de 1977 estaba escondido en una casa de la calle El Ceibo 1021, en Haedo, donde vivía la familia Vasallo. Conviene conservar la dirección porque con el tiempo los muertos suelen convertirse en símbolos y los símbolos pueden prescindir de domicilio; los hombres, mientras están vivos, necesitan una casa, una mesa, una cama y alguien que salga a comprar figuritas antes de la cena.
Aquella noche Julio César Vasallo, de diez años, salió precisamente a comprar figuritas.
Cuando quiso regresar encontró la zona rodeada.
Las fuerzas represivas habían localizado a Roqué y montaron un operativo de grandes proporciones. Hubo un enfrentamiento prolongado y existen versiones diferentes acerca de sus últimos minutos: algunos testimonios mencionaron una explosión, otros el empleo de una granada y otros sostuvieron que utilizó el cianuro que algunos militantes llevaban para evitar ser capturados con vida.
No parece razonable elegir ahora la versión que produzca el mejor final literario.
Hay hechos suficientemente graves que no necesitan ayuda.
Roqué murió en esa casa a los treinta y seis años y su cadáver fue llevado posteriormente a la Escuela de Mecánica de la Armada, donde funcionaba uno de los mayores centros clandestinos de detención de la dictadura. Después su cuerpo desapareció.
La frase parece contener un absurdo porque normalmente la desaparición precede a la muerte. Los hombres de la ESMA habían conseguido invertir también ese orden.
LA HIJA
La carta sobrevivió, que es una manera bastante modesta de derrotar a quienes habían intentado borrar al hombre que la escribió.
Muchos años después llegó a manos de María Inés Roqué, que comenzó a buscar al padre detrás del personaje. Entrevistó a compañeros, familiares y personas que lo habían conocido; reunió fotografías, testimonios y recuerdos, escuchó las explicaciones políticas de aquella generación y finalmente convirtió la investigación en una película.
La llamó Papá Iván.
El título contiene ya una pequeña discusión con la Historia, porque Iván había sido el nombre del militante clandestino, mientras que para ella la palabra importante era la anterior.
Papá.
María Inés había crecido encontrándose con personas que hablaban de su padre como de un héroe y terminó formulando una observación capaz de incomodar toda aquella construcción: hubiera preferido tener un padre vivo.
No hace falta contestarle.
LA RESPUESTA QUE NO LLEGÓ
La carta de 1972 y la película realizada décadas después forman, sin habérselo propuesto, una correspondencia entre dos personas que nunca tuvieron la oportunidad de mantener esa conversación.
El padre explica por qué se fue y la hija explica lo que significó que se fuera.
Roqué habla de injusticia, revolución, dignidad y compromiso; María Inés introduce una palabra bastante menos grandiosa y acaso más difícil de responder: ausencia.
Entre una cosa y otra transcurrió la historia argentina de aquellos años, con sus esperanzas, sus violencias, sus errores, sus muertos y una dictadura que decidió resolver las diferencias políticas eliminando físicamente a quienes consideraba enemigos.
No sabemos qué habría contestado Roqué a su hija porque murió antes de escuchar la pregunta.
Sabemos, en cambio, qué quiso contarle cuando todavía podía escribirle.
Y resulta significativo que, entre todas las razones políticas disponibles, haya elegido comenzar por aquella mañana de invierno, cuando un compañero llegó a la escuela con una camisa rota debajo del guardapolvo mientras él llevaba zapatos, medias de lana y ropa de abrigo.
Todavía no existían las FAR ni Montoneros, no había nombres clandestinos, documentos falsos, armas ni casas rodeadas por grupos de tareas. Tampoco existía Iván.
Estaba solamente Juan Julio Roqué, un chico de ocho o nueve años que acababa de descubrir que la riqueza de un país podía convivir perfectamente con el frío de uno de sus habitantes y que, por algún motivo que lo acompañaría durante el resto de su vida, no consiguió aceptar aquella contradicción como una cosa natural.
Todo lo demás vino después.
ANEXO DOCUMENTAL
Carta de Julio Roqué a sus hijos
Versión íntegra en paráfrasis, siguiendo el orden de las páginas 174–183
A mis hijos:
Les escribo porque temo no tener nunca la oportunidad de explicarles personalmente qué ocurrió conmigo, por qué tuve que dejarlos cuando todavía eran tan chicos y necesitaban de mí, y por qué después de irme no pude volver a verlos.
Sé que Mamá les habrá explicado la verdad, pero quiero que también tengan mis propias palabras por si muero antes de que ustedes sean suficientemente grandes para comprender estas cosas.
No puedo saber cómo será nuestro país cuando lean esta carta. Quizás para entonces la lucha revolucionaria que vivimos haya significado un avance en la liberación del país; quizás hayamos sido derrotados temporalmente y quienes hoy ejercen el poder continúen haciéndolo.
Si la realidad ha cambiado, tendrán que esforzarse para entenderme, porque voy a hablarles de injusticias, impotencia, dolor y sufrimiento colectivo que probablemente ustedes no habrán experimentado. Pero esa realidad es la que nos lleva a hacer lo que hacemos.
Y si nada ha cambiado, comprenderlo será todavía más difícil, porque estarán viviendo dentro de un mundo construido para confundir y engañar. Tendrán que desconfiar de aquello que se presenta como evidente o natural y tratar de descubrir qué existe detrás de las apariencias.
Para mí, aprender a sentir el sufrimiento de los demás como si fuera propio fue el comienzo. Después vino la búsqueda de la verdad y, finalmente, la necesidad de vencer el miedo.
Recuerdo perfectamente cuándo empezó a ocurrirme.
Tenía ocho o nueve años. Era un día muy frío y un compañero de la escuela primaria casi cayó congelado frente al edificio. Llevaba solamente el guardapolvo sobre una camisa rota.
Yo estaba abrigado. Tenía zapatos, ropa y medias de lana. Y sentí vergüenza. Era como si yo mismo le hubiera quitado al otro chico la ropa que necesitaba. Sus manos y su cara estaban moradas por el frío y aquello me impresionó profundamente.
La maestra nos enseñaba:
“Todos somos iguales para la Ley”.
Desde aquel día esa frase comenzó a resultarme absurda. ¿Qué importancia tenía ser iguales ante la ley si no éramos igualmente capaces de protegernos del frío?
También nos enseñaban que los argentinos éramos ricos porque Argentina era un país extraordinariamente rico. Nos hablaban del trigo, la carne, el azúcar y de los lugares que ocupábamos entre los grandes productores mundiales.
Sin embargo, yo conocía chicos que recorrían cinco kilómetros hasta la escuela sin comer y soportaban el hambre hasta la tarde gracias a una batata que sus padres les daban antes de salir.
Y esos padres eran precisamente quienes trabajaban los enormes trigales y cuidaban cientos de vacas.
La riqueza existía. Eso era evidente. Pero quienes la producían con su trabajo no eran ricos.
Desde entonces empecé a desconfiar de lo que nos decían los adultos. Mis abuelos alentaron esa desconfianza y nos enseñaron a mis hermanos y a mí a buscar respuestas mediante la discusión y los libros.
En nuestra casa se intentaba actuar con justicia y racionalidad. Las tareas se repartían y los problemas se discutían. Incluso la mesa familiar podía convertirse en un lugar de debate político.
Así aprendí a pensar y a tomar posición.
Desde los catorce años participé en agrupaciones estudiantiles. Primero secundarias y después universitarias. Pasé por distintas ideas: fui liberal, anarquista y posteriormente un intelectual de izquierda. Siempre estaba buscando una manera que considerara mejor y más eficaz de luchar junto a los pobres y los explotados.
Cuando conocí a Mamá era anarquista. Cuando nos casamos me consideraba un intelectual de ultraizquierda.
Entonces no imaginaba que algún día sería perseguido, que viviría como guerrillero y que tendría que abandonarla.
Había terminado el servicio militar, donde incluso hice paracaidismo para comprobar si podía dominar el miedo. Todo lo militar me producía rechazo, aunque la Revolución Cubana nos había mostrado que las armas podían adquirir otro significado cuando eran utilizadas como instrumentos de liberación.
Estudié en la Universidad preocupado permanentemente por los problemas sociales. Pensaba que la educación podía ser una herramienta fundamental para transformar el país.
Fui profesor y rector de una escuela secundaria. Allí llegué a la conclusión de que, dentro del capitalismo, la educación también podía utilizarse para deformar las conciencias y adoctrinar a niños y jóvenes hasta convertirlos en:
“marionetas manejables por control remoto”.
Sin embargo, aprendí muchísimo de aquellos jóvenes. Los quise, los respeté y sentí que ellos también me querían y respetaban. Intenté ampliar sus márgenes de libertad y evitar, hasta donde pudiera, que fueran deformados.
Conocí gente extraordinaria y también personas miserables.
Permanecí allí hasta que los servicios de inteligencia intentaron secuestrarme, como habían hecho con otros compañeros.
Durante aquellos años estudiaba marxismo. Lo consideraba una herramienta para comprender el mundo y transformarlo, pero también llegué a pensar que sólo podía aprender verdaderamente a utilizar esa herramienta mediante la práctica.
Desde 1966 participaba en grupos de choque contra la dictadura de Onganía, en luchas callejeras y tareas de agitación. Con otros cuatro compañeros integraba la dirección del Comando de Resistencia Santiago Pampillón.
Al mismo tiempo vivíamos años hermosos en familia.
Mamá era mi gran compañera y ustedes fueron naciendo. Ella y yo trabajábamos en escuelas y en la Universidad, compartíamos nuestros avances y mirábamos el mundo de una manera bastante parecida.
Yo amaba nuestra casa.
Me encantaba jugar con ustedes, preparar un asado en el patio, tomar vino y comer con ustedes, con nuestros amigos y con aquellos a quienes llamaban “tíos”.
Disfrutaba enseñándoles las primeras cosas acerca del mundo. Me hacía feliz salir a pasear con ustedes y con Mamá, ir al cine, comer algo, regresar a casa temprano, comprobar que estuvieran bien tapados y darles el último beso antes de acostarnos.
Pero aquellas cosas normales de una familia comenzaron a parecerme todavía más hermosas precisamente cuando comprendí que quizá no podríamos conservarlas.
Porque la casa, la comida, la ropa, la salud y el amor que nosotros disfrutábamos eran cosas que millones de personas no tenían.
Los miraba jugar felices y pensaba que, en ese mismo instante, otros chicos tan reales como ustedes estaban sufriendo hambre, enfermedades o guerras.
Comprendí entonces que nuestra pequeña realidad familiar era una excepción construida sobre una sociedad llena de sufrimiento.
También llegué a pensar que esas personas eran privadas de sus derechos mediante la violencia y que, finalmente, detrás del poder siempre aparecía la fuerza.
Yo odiaba la violencia. Y todavía la odiaba cuando las circunstancias me llevaron a ejercerla.
En 1966, cuando los militares tomaron directamente el poder mediante la fuerza, llegué a la conclusión de que las vías pacíficas habían quedado cerradas.
Pensaba que el sistema que producía hambre, dolor y humillación se sostenía finalmente mediante la violencia. Y llegué a creer que para terminar con aquella violencia estructural había que destruir el sistema que la necesitaba para sobrevivir.
Veía además que cuando el peronismo amenazaba con ganar electoralmente era proscripto y que, cuando conseguía imponerse, las elecciones podían ser anuladas. Interpretábamos los fraudes, proscripciones y golpes militares como mecanismos destinados a impedir que las mayorías peronistas alcanzaran el poder.
La fuerza daba impunidad a quienes gobernaban. Reprimían, torturaban y encarcelaban sin responder ante nadie.
Pensaban que el miedo inmovilizaría a sus adversarios.
En 1966 comencé entonces a participar en lo que llamábamos acción directa.
Hasta ese momento mi experiencia de violencia política se había limitado a manifestaciones, ocupaciones de edificios públicos y algunos enfrentamientos con la policía.
Entre 1966 y 1969 acumulamos experiencia en las luchas callejeras de estudiantes y trabajadores cordobeses.
Aprendimos a organizarnos, a organizar a otros, a elegir objetivos y a actuar en momentos que pudieran impulsar movilizaciones mayores.
Todo aquello desembocó en mayo de 1969.
“Este ciclo culminó con la insurrección de Mayo de 1969.”
Pero también descubrimos allí un límite.
Llegamos a la conclusión de que un levantamiento espontáneo o insuficientemente preparado no podía derrotar a un adversario poderoso y organizado.
Creíamos que solamente una preparación prolongada, una experiencia acumulada y organizaciones populares sólidas permitirían afrontar enfrentamientos mayores.
Por entonces vivíamos en la vieja casa de San Fernando.
Seguramente recordarán aquella casa, la perra Trilce y a tantos “tíos” que iban a visitarnos. Algunos todavía utilizaban sus verdaderos nombres; otros comenzaban a utilizar nombres clandestinos.
Con esos compañeros nos fuimos incorporando a:
“una nueva forma de lucha: la guerrilla urbana”.
Varios murieron. Otros fueron torturados y encarcelados. Otros continuábamos clandestinos y armados.
Desde 1969 comencé a comprender que mi vida con ustedes y la lucha armada clandestina terminarían siendo incompatibles.
Conseguí mantener ambas cosas, con enormes dificultades, hasta mediados de 1971.
Fueron dos años hermosos y, al mismo tiempo, terriblemente duros para Mamá y para mí.
Ella conocía parte de mis secretos y todas mis preocupaciones. Nos queríamos y respetábamos profundamente. Ambos éramos revolucionarios, pero ella no podía acompañarme en la forma de lucha que yo había elegido.
Su militancia utilizaba otros medios.
Fue una gran compañera para mí y una madre extraordinaria para ustedes.
Llegamos incluso a discutir qué debería hacerse si yo moría o desaparecía en la clandestinidad. Con mucho dolor tomamos anticipadamente las decisiones que creíamos más sensatas.
Cuando finalmente llegó el momento, ambos cumplimos lo acordado.
Los años inmediatamente anteriores a mi desaparición fueron muy difíciles. La militancia clandestina y la vida legal resultaban cada vez más incompatibles.
Cada vez tenía menos tiempo para ustedes y para Mamá.
Por eso aprendí a valorar cada minuto como si pudiera ser el último.
Mi mayor felicidad era abrazarlos, levantarlos, jugar con ustedes y enseñarles las primeras cosas del mundo.
Quizás ustedes no recuerden aquellos momentos. Yo los tengo presentes como si hubieran sucedido ayer.
Recuerdo los primeros pasos del nene, sus travesuras y aquella vez que rompió un enorme vidrio con una maza de madera que acababan de regalarle.
También recuerdo cómo intenté enseñarle el peligro de la estufa haciendo que la tocara mientras se calentaba lentamente. Después de descubrir qué era el calor sobre la piel, mantenía una prudente distancia.
Flaquita, seguramente vos recordarás mi cara.
Me gustaría saber que no olvidaste mi aspecto.
No tenían fotografías mías porque yo mismo había hecho destruirlas. Después aquello perdió sentido porque la policía consiguió fotos nuevas y traté de hacerte llegar alguna para que siempre supieras cómo era tu papá.
Sé cuánto te dolió mi desaparición.
Sufriste sin comprender por qué. Y sé que para un chico su padre es algo fundamental.
Pensar que durante aquellos primeros meses preguntabas por mí me producía un vacío terrible. Era el mismo dolor que había sentido aquella primera noche en que no pude volver a casa y comprendí que probablemente nunca podría hacerlo.
Desde entonces, cada vez que pasaba cerca de donde ustedes vivían, sentía simultáneamente el deseo desesperado de verlos y abrazarlos y el miedo de ponerlos en peligro.
Recuerdo nuestras salidas al parque y cómo te gustaba mostrarme orgullosa ante tus compañeros del jardín.
Yo también estaba orgulloso de vos. Siempre me pareciste hermosa e inteligente. Me gustaban especialmente tu desconfianza, tu racionalidad y tu capacidad crítica. Espero que conserves esas cualidades.
Después de separarme de ustedes viví clandestinamente, permanentemente armado y muchas veces perseguido por la policía y los servicios de inteligencia.
Recorrí el país. Viví en muchas ciudades y en muchas casas.
En pocos meses podían ocurrir más cosas que durante años de una vida tranquila.
El peligro constante me enseñó a valorar cada instante, a observar el mundo y a descubrirlo nuevamente.
“La revolución nos convierte en niños.”
Vencer el miedo, rebelarse contra la injusticia y negarse a someterse ante los poderosos adquirieron para mí un profundo significado moral.
La práctica revolucionaria también me enseñó cuánto ignoramos todavía acerca de los hombres y del mundo.
Desde que nos separamos en julio de 1971 los vi solamente una vez. Incluso hoy no sé si fue correcto hacerlo, porque aquel encuentro implicaba riesgos para ustedes, para Mamá y para mí.
Ese día hablé con ella.
Me preocupó verla triste y sola.
Le expliqué que estaba viviendo con otra compañera y ahora quiero explicárselo también a ustedes.
Mientras viví con Mamá nunca me interesó otra mujer. Ella fue una compañera magnífica y nuestra relación no exigía ningún esfuerzo para mantener la fidelidad.
Durante nuestros últimos años juntos conocí a una compañera con quien trabajé tanto en actividades legales como clandestinas.
Nuestra relación se volvió muy profunda, aunque mientras nuestras vidas anteriores continuaron ninguno de los dos pensó en convertirla en una relación de pareja.
Después llegó mi clandestinidad y, poco más tarde, la de ella.
Aquello significó una ruptura definitiva con nuestras vidas anteriores y decidimos continuar juntos, también como pareja.
Esa compañera fue posteriormente detenida, brutalmente torturada y encarcelada.
Su comportamiento durante aquella situación me pareció ejemplar.
Sigo profundamente unido a ella y estoy seguro de que ustedes comprenderán, igual que Mamá, que eso no disminuye en absoluto lo que ustedes tres significan para mí.
Bueno, queridos hijos: después de haberles contado todo esto me siento más tranquilo.
Si me toca morir antes de volver a verlos, quiero que sepan que intentaré hacerlo con dignidad y que espero que jamás tengan que avergonzarse de mí.
Pienso hacerle llegar esta carta a Mamá para que ella decida cuándo deben leerla.
Quiéranla mucho, porque se lo merece.
Yo la quiero y la respeto profundamente y lamento todo el dolor que pude haberle causado.
Me haría feliz saber que comparte esta etapa de su vida con una buena persona, alguien que sea también un verdadero compañero y comparta aquellos ideales que consideramos fundamentales.
Los abrazo y los beso con todo el dolor de un padre que nunca los olvida, pero que continúa convencido de las decisiones que tomó.
“Ya saben: LIBRES O MUERTOS, JAMÁS ESCLAVOS....”
Vuestro Papá
ROQUÉ, Juan Julio (nombres de guerra: Iván, Lino, Mateo, Martín) (Córdoba, Pcia. de Córdoba, Argentina, 22/6/1940 – Haedo, Pcia. de Buenos Aires, Argentina, 29/5/1977).
Maestro y pedagogo, fundador de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), dirigente nacional de Montoneros.
Su madre se llamaba Amalia Norberta Ousset. Tuvo un hermano mayor, Aníbal, y otro menor, Daniel Alberto, maestro.
Cursó la primaria en la Escuela General San Martín de Los Surgentes, Provincia de Córdoba e ingresó al Colegio Nacional de Monserrat en 1954, egresando con el título de bachiller humanista en 1960. Ese año se inscribió en la licenciatura en Pedagogía y Psicopedagogía de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), de donde egresó en 1967 como Licenciado en Ciencias de la Educación con especialización en Sociología y como Profesor de Pedagogía. Era Jefe de Trabajos Prácticos o Ayudante de la Cátedra de Sociología de la Educación y trabajaba en el Instituto de Investigaciones Pedagógicas Córdoba, donde se desempeñó como ayudante alumno de María Saleme.
A la infancia, al consejo de sus abuelos y a las discusiones apasionadas durante las comidas remontaba la memoria de Roqué sus primeras inquietudes por comprender la verdad de las cosas y el descubrimiento del dolor ajeno entre sus compañeritos pobres. A los 14 años de edad comienza a participar políticamente en agrupaciones estudiantiles del colegio secundario, militancia que luego prolongaría en la universidad, pasando por un espectro que iba desde “liberal, anarquista y también intelectual izquierdista”. Obligado a hacer el servicio militar —actividad que entonces le repugnaba sin sospechar que llegaría a ser guerrillero—, conoce por esos años a Azucena Rodríguez, maestra de la escuela parroquial San Francisco de Asís de Córdoba, quien sería la madre de sus dos primeros hijos: María Inés e Iván Rafael.
Participa de las luchas estudiantiles contra la dictadura del Gral. Juan C. Onganía que tienen lugar en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) desde 1966, donde cursa la carrera de Ciencias de la Educación. Cuando en mayo de 1969 estalla el Cordobazo ya es dirigente del “Comando de Resistencia Santiago Pampillón”, grupo de choque en la lucha callejera y de masas. Era un estudioso del marxismo y de la epistemología. Ejercería luego como profesor y rector del Instituto Córdoba de Investigaciones Pedagógicas, convencido del rol de la educación en la transformación de las conciencias.
Íntimo amigo de Carlos Olmedo, fue uno de los fundadores de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) hacia 1969-1970, participando en varias de sus operaciones militares y de propaganda, como el copamiento de la ciudad de Garín (30 de julio de 1970). Luego de sufrir un intento de secuestro, en junio de 1971 decide abandonar su trabajo docente y pasar a la clandestinidad. Deja la casa que compartía con su mujer e hijos, con el fin de preservarlos a pesar de la tristeza, y recorre el país como parte de su actividad revolucionaria armada.
Poco después tendría bajo su responsabilidad la única operación conjunta que desarrollaron las FAR y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) el 10 de abril de 1972 en Rosario, Pcia. de Santa Fe, cuando es ejecutado el jefe del II Cuerpo del Ejército, Gral. Juan Carlos Sánchez, creador del Servicio Antisubversivo de esa ciudad y acusado de la desaparición del militante del PRT Luis Pujals en septiembre de 1971.
Su visión política no se agotaba en el enfrentamiento directo con la dictadura. Lanzado el Gran Acuerdo Nacional (GAN) por el Gral. Alejandro A. Lanusse y ante las posiciones adoptadas por Juan D. Perón, orientó a las FAR hacia un cambio de estrategia en el sentido de aprovechar las eventuales conquistas que prometía una salida electoral. Fue así que impulsó la multiplicación del activismo de su organización en los frentes de masas, lo que luego redundaría en un crecimiento cuantitativo de envergadura para el grupo guerrillero de origen. De ahí que se involucra activamente en las campañas por el “Luche y Vuelve” y en la contienda electoral que lleva a Héctor J. Cámpora a la presidencia en mayo de 1973.
Detenido con otros compañeros de su organización en febrero de 1973, sale de la Cárcel de Villa Devoto el 25 de mayo de 1973, con el primer acto de gobierno del flamante Presidente peronista. También era liberada su compañera Gabriela “Mecha” Yofre, con quien tendrá un hijo: Martín Miguel. Está a la cabeza (en ómnibus) de las columnas de la JP y las organizaciones armadas peronistas que llegan a Ezeiza el 20 de junio de 1973 para recibir a Perón en su retorno definitivo al país, y que son baleadas desde los palcos del acto por la derecha de ese movimiento.
Durante la fusión de las FAR y Montoneros, que se hizo pública el 12 de octubre de 1973, se consolida su rol de liderazgo, siendo reconocido como uno de los oficiales superiores y tiempo después integra la Conducción Nacional de la organización unificada. Según testimonios recogidos por el periodista Ceferino Reato pero nunca documentados ni confirmados por la justicia, el 25 de septiembre de 1973, unos días antes de que se hiciera pública la fusión, Roqué habría liderado el comando de las FAR que terminó con el asesinato del dirigente sindical José Ignacio Rucci. Montoneros, que no habría participado del operativo, habría asumido su responsabilidad política dos años después incluyendo el asesinato de Rucci dentro de los actos de justicia popular
(“Justicia popular”, en: Evita Montonera nº 5, Buenos Aires, 1975, p. 18).



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