Enriqueta Muñiz: la mujer que investigó junto a Walsh

Tenía apenas 22 años cuando Rodolfo Walsh llegó a la editorial Hachette con una historia imposible: un hombre había sobrevivido a un fusilamiento clandestino. Desde aquel momento, Enriqueta Muñiz lo acompañó en la investigación que terminaría convirtiéndose en Operación Masacre. Buscó testigos, protegió documentos, tomó notas, habló con esposas y madres, recorrió barrios y estaciones y dejó escrito, casi día por día, cómo se construyó una de las investigaciones fundamentales del periodismo argentino. Durante demasiado tiempo su nombre quedó detrás del de Walsh. Sus cuadernos permiten contar otra historia.
Hay historias que empiezan con un disparo y otras que empiezan cuando alguien decide preguntar quién disparó.
La de Enriqueta Muñiz pertenece a las segundas.
En diciembre de 1956, Rodolfo Walsh tenía entre sus manos una historia que parecía desafiar las reglas elementales de la lógica. Había encontrado a Juan Carlos Livraga, uno de los hombres llevados la noche del 9 de junio a un basural de José León Suárez para ser fusilados clandestinamente después del levantamiento encabezado por los generales Juan José Valle y Raúl Tanco.
El hombre estaba vivo.
Walsh comprendió que allí había algo.
Pero todavía no había un libro.
No había Operación Masacre.
Había papeles, nombres, miedo, sobrevivientes escondidos y un Estado que tenía demasiadas razones para que nadie siguiera preguntando.
Y entonces apareció Enriqueta.
Una muchacha de veintidós años
Enriqueta Muñiz había nacido en Madrid el 23 de junio de 1934. Había pasado parte de su infancia en Europa y llegado adolescente a la Argentina. Cuando comenzó aquella investigación tenía apenas 22 años y trabajaba en el ambiente editorial.
El 20 de diciembre de 1956 Walsh llegó a Hachette buscando colaboración. Llevaba consigo documentación relacionada con Juan Carlos Livraga. Ese día, mientras Walsh transcribía otro documento, Enriqueta comenzó a trabajar sobre la denuncia del sobreviviente.
Puede parecer un detalle.
No lo es.
Ese gesto sencillo —sentarse frente a unas hojas y empezar a ordenar los hechos— marca su entrada en una investigación que pronto dejaría de ser una aventura periodística para convertirse en algo bastante más peligroso.
Muñiz no se quedó esperando en una redacción.
Salió a buscar la historia.
Dos periodistas detrás de los sobrevivientes
Walsh y Muñiz recorrieron Florida, Boulogne, Villa Ballester, José León Suárez y otros lugares del conurbano bonaerense siguiendo nombres y domicilios, golpeando puertas, comprobando versiones y tratando de reconstruir minuto a minuto lo ocurrido aquella noche.
Había que encontrar a los hombres que habían sobrevivido.
Pero también había que lograr que hablaran.
Y hablar, en 1956, podía costar caro.
La dictadura de Pedro Eugenio Aramburu había fusilado militares y civiles después del levantamiento de junio. Algunos de los sobrevivientes permanecían escondidos. Las familias desconfiaban. Nadie podía garantizar que detrás de una pregunta no estuviera esperando la policía.
En ese territorio trabajaron Walsh y Muñiz.
Mientras Walsh interrogaba muchas veces a los hombres, Enriqueta hacía algo que terminaría siendo fundamental: hablaba con las mujeres.
Con las madres.
Con las esposas.
Con quienes habían visto salir a aquellos hombres de sus casas y habían esperado durante horas sin saber si regresarían.
Esas conversaciones aportaban fechas, horarios, detalles domésticos aparentemente insignificantes que permitían verificar o corregir los testimonios.
El periodismo empezaba a reconstruir aquello que el poder pretendía borrar.
Enriqueta anotaba
Hay algo más.
Mientras investigaban, Enriqueta escribía.
Guardaba nombres, movimientos, impresiones, encuentros, temores. Registraba el desarrollo de la pesquisa en dos cuadernos.
No sabía que estaba construyendo un documento histórico.
Tal vez simplemente necesitaba que nada se perdiera.
Allí quedó registrado el nacimiento de Operación Masacre desde adentro: las pistas verdaderas y las falsas, las visitas, los documentos, las dificultades para publicar y también el miedo.
Porque tuvieron miedo.
Y eso vuelve todavía más importante lo que hicieron.
El valor periodístico no consiste en desconocer el peligro.
Consiste en conocerlo y seguir preguntando.
La investigación que nadie quería publicar
Encontrar la verdad fue difícil.
Publicarla tampoco resultó sencillo.
Walsh intentó interesar a distintos medios en la historia de los fusilamientos clandestinos. No encontró inmediatamente las puertas abiertas que podría imaginar quien mira aquellos acontecimientos desde el presente.
Porque la investigación no denunciaba un crimen perdido en la noche.
Denunciaba al poder.
Los fusilamientos habían ocurrido bajo un gobierno que se presentaba como restaurador de la legalidad después del derrocamiento de Juan Domingo Perón en septiembre de 1955.
La investigación demostraba algo mucho más incómodo: algunos de aquellos hombres habían sido detenidos antes de que entrara en vigencia la ley marcial utilizada posteriormente para justificar las ejecuciones.
Entonces la pregunta dejaba de ser literaria.
¿Quién había ordenado matarlos?
Y detrás aparecía otra.
¿Quién estaba dispuesto a contarlo?
“Se juega entera”
Walsh nunca ocultó la participación de Enriqueta.
En el prólogo de Operación Masacre dejó una frase que sobrevivió a las décadas:
“Desde el principio está conmigo una muchacha que es periodista, se llama Enriqueta Muñiz, se juega entera.”
Después agregó que era difícil hacerle justicia en pocas líneas.
Tal vez tenía razón.
Porque durante mucho tiempo fueron precisamente unas pocas líneas las que quedaron.
El nombre de Walsh creció hasta ocupar el lugar que legítimamente tiene en la historia del periodismo y la literatura argentina.
El de Enriqueta quedó mucho más atrás.
No porque Walsh lo hubiera escondido.
Sino porque la historia suele tener esa costumbre: cuando una obra necesita un autor, simplifica todo lo que ocurrió alrededor.
Y Operación Masacre terminó siendo “el libro de Walsh”.
Lo es.
Pero detrás de aquel libro hubo una investigación.
Y en aquella investigación estaba Enriqueta Muñiz.
Antes del libro estuvo la calle
Esta distinción importa.
Porque Operación Masacre no nació únicamente frente a una máquina de escribir.
Antes hubo trenes.
Colectivos.
Calles de tierra.
Puertas que no se abrían.
Familias aterrorizadas.
Papeles escondidos.
Direcciones anotadas.
Versiones contradictorias.
Horas de conversación.
Una mujer de veintidós años caminando junto a Walsh por el conurbano bonaerense buscando hombres que oficialmente casi no existían.
El método que después sería asociado para siempre con Walsh se estaba construyendo allí: confrontar testimonios, buscar documentos, regresar sobre una declaración, comprobar horarios, reconstruir recorridos.
La literatura vendría después.
Primero estaba la investigación.
Y allí estaba Enriqueta.
Los cuadernos que esperaron sesenta años
Muñiz conservó aquellos dos cuadernos durante décadas.
También guardó cartas y otros documentos relacionados con Walsh y con la investigación.
Murió en Buenos Aires el 18 de noviembre de 2013.
Seis años después, en 2019, aquellos materiales fueron publicados en Historia de una investigación. Operación Masacre de Rodolfo Walsh: una revolución de periodismo (y amor).
Entonces ocurrió algo extraordinario.
La historia pudo verse desde el otro lado.
Ya conocíamos al escritor reconstruyendo la masacre.
Ahora podíamos mirar a los investigadores mientras investigaban.
Y entre las páginas aparecía aquella muchacha.
Enriqueta esperando.
Enriqueta preguntando.
Enriqueta tomando notas.
Enriqueta siguiendo una pista.
Enriqueta desconfiando de otra.
Enriqueta guardando un papel que algún día serviría para demostrar algo.
La cocina de Operación Masacre había sobrevivido.
Una vida después de Walsh
Su historia, sin embargo, no terminó allí.
Enriqueta Muñiz desarrolló una extensa carrera vinculada al periodismo, la edición y la literatura. Trabajó como periodista cultural, crítica cinematográfica, traductora y editora; pasó por publicaciones como La Prensa, La Nación, Vea y Lea, Siete Días y El Hogar, entre otras, y escribió literatura infantil, ciencia ficción y trabajos históricos.
También integró la Academia Nacional de Periodismo.
Pero hay algo inevitable en su biografía.
Una y otra vez aparece aquella muchacha de 22 años.
Quizás porque pocas personas pueden decir que estuvieron presentes cuando comenzó a escribirse una obra que cambiaría para siempre la manera de entender el periodismo argentino.
La mujer que estaba allí
Durante muchos años contamos Operación Masacre empezando por una frase.
“Hay un fusilado que vive.”
Es una frase perfecta.
Tiene misterio, violencia y revelación.
Pero quizás podamos agregar otra imagen.
Un hombre llega con unos papeles a una editorial.
Una muchacha los recibe.
Empiezan a leer.
Todavía ninguno de los dos sabe exactamente hasta dónde conduce esa historia.
Afuera gobierna una dictadura.
Hay sobrevivientes escondidos.
Hay muertos que todavía no tienen justicia.
Hay familias que tienen miedo.
Y hay dos periodistas que empiezan a preguntar.
Uno se llama Rodolfo Walsh.
La otra se llama Enriqueta Muñiz.
Recordarla no disminuye a Walsh.
Hace exactamente lo contrario.
Nos permite comprender mejor cómo trabajaba Walsh y cómo nació aquella forma de periodismo que no esperaba comunicados oficiales, que desconfiaba de los expedientes cuando contradecían a los hechos y que entendía que detrás de cada versión del poder había personas concretas capaces de contar otra historia.
Sesenta años después aparecieron los cuadernos.
Estaban allí los nombres, los viajes, las pistas, los miedos.
Estaba Walsh.
Y estaba ella.
Enriqueta Muñiz.
La periodista que se jugó entera.
Y que ya no debería volver a quedar al pie de la historia.




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