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Alicia Raboy: la periodista que no debe quedar al pie de la historia

hace 11 horas
6 min de lectura

Trabajó en el diario Noticias, militó en Montoneros y fue secuestrada en Mendoza el 17 de junio de 1976. Tenía en brazos a su hija Ángela cuando intentó escapar del operativo en el que asesinaron a Paco Urondo. Desde entonces permanece desaparecida. Durante décadas su nombre quedó reducido a una frase: “la compañera de Paco”. Recuperar su historia exige sacarla de ese margen.

Hay una manera involuntaria de volver a desaparecer a una persona: nombrarla siempre en relación con otra.

Alicia Raboy fue durante décadas “la mujer que acompañaba a Paco Urondo”, “la madre de Ángela”, “la periodista secuestrada durante el operativo”. Las tres definiciones son verdaderas y las tres resultan insuficientes. Detrás de ellas queda una joven con una historia anterior al poeta, un trabajo periodístico, una militancia, una familia, amigos, elecciones y conflictos propios.

La dictadura hizo desaparecer su cuerpo. La memoria, cuando sólo la recordó como compañera de un hombre célebre, corrió el riesgo de desaparecer también su vida.

Alicia Cora Raboy creció en una familia judía vinculada con la Sociedad Hebraica Argentina. Las fotografías recuperadas la muestran adolescente, integrando el equipo de vóley del club, participando de ese universo de deportes, bailes, campamentos, amistades y celebraciones que décadas después su hija intentaría reconstruir.

Esa muchacha todavía no era la figura inmóvil de una fotografía en blanco y negro ni el nombre grabado en una placa. Tenía un lugar de pertenencia, una vida familiar y una comunidad que también sería atravesada por los conflictos políticos de los años sesenta y setenta.

Con el tiempo se acercó a la militancia revolucionaria. Integró Montoneros y trabajó como periodista en el diario Noticias, una experiencia breve y excepcional que reunió a escritores y periodistas como Miguel Bonasso, Juan Gelman, Rodolfo Walsh, Horacio Verbitsky y Francisco Urondo.

El diario apareció en noviembre de 1973 y buscó combinar la estructura de un medio popular con la mirada política del peronismo revolucionario. No era una publicación clandestina. Se vendía en los quioscos, informaba sobre policiales, espectáculos, sindicatos, política y vida cotidiana. En esa redacción, donde el periodismo convivía con la militancia y las urgencias de una organización política, trabajó Alicia.

Sin embargo, buena parte de sus notas se perdió o quedó sin firma. Reconstruir su tarea obliga a buscar rastros: recuerdos de compañeros, páginas dispersas, atribuciones, fotografías y ejemplares conservados de un diario que fue clausurado en agosto de 1974.

La dificultad para identificar su obra no significa que esa obra no haya existido. Significa que las condiciones en que escribieron muchas mujeres hicieron que sus trabajos quedaran absorbidos por las redacciones, las organizaciones y los nombres masculinos más visibles.

Alicia fue periodista antes de convertirse en una desaparecida.


Mendoza

A comienzos de 1976 se trasladó a Mendoza junto con Paco Urondo y la hija de ambos, Ángela, nacida menos de un año antes. La organización había destinado a Urondo a una regional duramente golpeada por la represión. El territorio estaba infiltrado, las comunicaciones eran inseguras y la estructura militante se deshacía bajo los secuestros.

Alicia llegó a esa provincia como militante y periodista, pero también como madre de una beba de pocos meses. La clandestinidad no suspendía la vida cotidiana: había que encontrar dónde dormir, cómo alimentar a la niña, con quién dejarla durante una reunión y qué hacer si aparecía una patrulla.

El 17 de junio viajaba en un Renault 6 junto con Paco, Ángela y Renée “la Turca” Ahualli. Se dirigían a una cita de control en Guaymallén. La cita era una trampa.

Cuando advirtieron el operativo intentaron escapar. El automóvil fue perseguido y recibió disparos. Urondo detuvo el vehículo y les dijo a las mujeres que corrieran. Renée huyó en una dirección. Alicia escapó en otra con Ángela en brazos.

Durante algunos minutos, toda la historia quedó concentrada en esa imagen: una mujer corriendo con su hija mientras detrás de ella los hombres de la patota asesinaban al padre.

No consiguió alejarse.

Los integrantes del operativo la capturaron y se apoderaron de la niña. Ambas fueron llevadas al Departamento de Informaciones de la Policía de Mendoza, conocido como D2. Ángela terminó en un orfanato y luego fue retirada por su abuela materna.

De Alicia no hubo más noticias.


El último rastro

No existe una tumba donde dejarle flores. No existe un certificado que establezca cuándo fue asesinada ni un cuerpo que permita determinar cómo ocurrió. Su recorrido se interrumpe dentro del aparato clandestino del Estado.

Esa interrupción no es falta de historia. Es la marca del crimen.

La desaparición forzada fue diseñada para producir exactamente ese vacío: borrar el momento de la muerte, ocultar a los responsables, impedir el duelo y mantener a las familias en una espera que no termina. El desaparecido no pertenece por completo al pasado, porque la ausencia continúa ocurriendo mientras no se conozca su destino.

Alicia fue vista por última vez bajo custodia de las fuerzas represivas. Desde ese momento, el Estado argentino es responsable de explicar qué hicieron con ella.

Durante años la investigación se concentró principalmente en el asesinato de Urondo. Había un cuerpo, una autopsia, una versión policial y testigos capaces de reconstruir el operativo. En el caso de Alicia quedaban menos huellas materiales. Hasta en la Justicia, la muerte comprobable del hombre amenazaba con desplazar la desaparición de la mujer.

Los juicios por delitos de lesa humanidad permitieron demostrar que Paco no había muerto por ingerir cianuro, sino como consecuencia de los golpes que recibió después de ser capturado. También establecieron que Alicia fue secuestrada durante el mismo operativo y que Ángela pasó por el D2 antes de ser abandonada en un orfanato.

Pero el destino final de Alicia continúa sin conocerse.


La hija que volvió a nombrarla

Ángela creció sin saber inmediatamente quiénes habían sido sus padres. Durante su infancia le dijeron que habían muerto en un accidente automovilístico. Conoció la verdad de manera fragmentaria y sólo a los dieciocho años pudo comenzar a comprender que era hija de un hombre asesinado y de una mujer desaparecida, y que ella misma había sido secuestrada cuando tenía once meses.

Su libro ¿Quién te creés que sos? no solamente reconstruye la vida de Paco. También busca a Alicia en fotografías, recuerdos familiares, documentos judiciales, sueños y silencios.

A través de esa búsqueda aparece otra imagen de su madre: la adolescente del equipo de vóley, la joven de la Sociedad Hebraica, la periodista del diario Noticias, la militante, la mujer enamorada, la madre que corrió con su hija en brazos.

Ángela recuperó legalmente los apellidos Urondo Raboy en 2012. El acto administrativo contenía una reparación más profunda: el nombre de Alicia regresaba unido al de su hija.

No era únicamente la recuperación de una identidad personal. Era una derrota pequeña, tardía y concreta para quienes habían intentado quebrar la transmisión entre generaciones.


Los rastros de una vida

De Alicia quedaron menos textos conocidos que de Paco, menos entrevistas, menos libros y menos fotografías publicadas. Esa desigualdad documental puede llevar a un error: suponer que tuvo una vida menos intensa o menos importante.

La ausencia de archivo no es la ausencia de una persona.

A veces es la consecuencia de las condiciones en que esa persona vivió y fue perseguida. El diario donde trabajaba fue clausurado. La organización a la que pertenecía fue diezmada. Sus compañeros fueron asesinados, desaparecidos o empujados al exilio. Sus papeles se perdieron durante la clandestinidad y su familia tuvo que reconstruir la historia muchos años después.

Por eso escribir sobre Alicia exige trabajar con fragmentos, pero también resistir la tentación de completar los vacíos con invenciones. No sabemos todo sobre ella. Sabemos lo suficiente para no reducirla a la mujer que corría al lado de un poeta.

Fue periodista cuando informar podía convertirse en una forma de militancia. Fue militante cuando la represión ilegal ya había comenzado a cerrar todos los caminos. Fue madre dentro de una clandestinidad que no ofrecía refugio. Fue secuestrada por agentes del Estado y continúa desaparecida.


Decir su nombre

Paco Urondo dejó poemas, cuentos, una novela, guiones y un libro fundamental sobre la Masacre de Trelew. Su obra permitió que su nombre atravesara el tiempo.

Alicia no tuvo esa protección.

Su permanencia dependió de la memoria de su hija, de sus familiares, de sus compañeros, de los organismos de derechos humanos y de los testigos que declararon ante la Justicia. Cada vez que se la menciona solamente como “la mujer de Paco”, una parte de su identidad vuelve a quedar bajo la sombra de otro nombre.

No se trata de separar sus historias. Se trata de reunirlas sin que una borre a la otra.

El 17 de junio de 1976 asesinaron a Francisco Urondo. Ese mismo día secuestraron a Alicia Cora Raboy y a su hija. Ángela sobrevivió y recuperó su identidad. Alicia continúa desaparecida.

Su historia no termina en el momento en que baja del automóvil ni en la carrera desesperada con la beba entre los brazos. Continúa en la redacción donde escribió, en las amigas que todavía pueden reconocerla, en las fotografías del equipo de vóley, en la hija que recuperó su apellido y en la pregunta que el Estado aún no ha respondido:


¿Dónde está Alicia Raboy?.

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