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Victoria Walsh: la muchacha que se reía

hace 32 minutos
5 min de lectura


A cincuenta años de su muerte, María Victoria Walsh suele regresar a la memoria desde una terraza de Villa Luro, rodeada por tropas y armas. Tenía 26 años. Pero antes de aquella mañana había sido periodista, delegada sindical, militante, madre de una niña pequeña. Esta es la historia de esa mujer anterior a la fotografía final.


La casa estaba en Corro 105, Villa Luro, y el operativo comenzó en la mañana del 29 de septiembre de 1976. La zona fue cercada y sobre la vivienda avanzaron fuerzas militares muy superiores a las cinco personas que se encontraban adentro.

Una de ellas era María Victoria Walsh.

Había cumplido veintiséis años el día anterior.

Mucho después se conocería el relato de un conscripto que había participado del operativo. Recordaba a una muchacha que disparaba desde la terraza y se reía. El detalle llegó hasta Rodolfo Walsh, que lo incluyó en la reconstrucción de la muerte de su hija. Es una imagen difícil de olvidar y, acaso por eso mismo, terminó ocultando otras.

Porque Victoria Walsh no empezó a existir aquella mañana.

Había nacido en 1950, era la hija mayor de Rodolfo Walsh y Elina Tejerina y había llegado muy joven al periodismo. Trabajó en La Opinión, el diario dirigido por Jacobo Timerman, donde sus compañeros la eligieron delegada sindical. El dato permite saber algo que una fotografía no cuenta: con poco más de veinte años, Victoria no sólo escribía sobre una realidad que sucedía afuera de la redacción, sino que intervenía en los conflictos del lugar donde trabajaba.


Durante una disputa gremial tuvo que enfrentarse con la dirección del diario. Su padre recordaría aquella experiencia años después. Victoria terminó alejándose de la redacción, pero no de la política.

Por entonces ya militaba en Montoneros.

Allí la llamaban Hilda.

Llegó a desempeñarse como responsable de prensa sindical de la organización, una tarea en la que confluyeron dos aspectos de su vida que habían comenzado por caminos distintos: el periodismo y la militancia entre trabajadores.

También militó en una villa. Para una joven criada en un ambiente intelectual de clase media, el encuentro cotidiano con la pobreza extrema significó algo más que el descubrimiento de una estadística. Walsh recordaría que su hija volvió de aquella experiencia más austera, casi severa consigo misma. Había conocido una Argentina que desde las redacciones podía escribirse y desde una villa se tocaba.

No sabemos mucho más y sería un error completar los huecos.

Sabemos lo que hizo.

A comienzos de 1975 su compañero, Emiliano Costa, fue detenido. Victoria estaba embarazada y poco después nació la hija de ambos. Cuando el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 instaló la dictadura, Victoria tenía veinticinco años, una hija pequeña, el padre de la niña preso y una militancia que debía continuar en la clandestinidad.

La clandestinidad tiene una literatura heroica y una vida cotidiana bastante menos heroica: documentos falsos, casas prestadas, citas que duran pocos minutos, miedo a ser seguido, imposibilidad de llamar por teléfono, amigos cuyo destino se desconoce.

En esas condiciones veía a su padre.

Podían encontrarse una vez por semana o cada quince días. Caminaban. Algunas veces se sentaban en una plaza. Hablaban durante diez minutos y se separaban. Rodolfo y Victoria proyectaron alguna vez la posibilidad de tener una casa donde encontrarse sin aquellas precauciones, poder conversar durante horas o simplemente permanecer juntos.

No tuvieron tiempo.

El 28 de septiembre de 1976 Victoria cumplió veintiséis años. Estaba en la casa de la calle Corro junto con Alberto José Molina Benuzzi, Ignacio José Bertrán, Ismael Salame y José Carlos Coronel.

A la mañana siguiente llegaron las fuerzas militares.

La desproporción del operativo resulta reveladora incluso medio siglo después: tropas, armas pesadas, vehículos y el cerco de una zona urbana para reducir a cinco personas refugiadas en una vivienda. La acción estuvo vinculada a fuerzas del Primer Cuerpo del Ejército y al Grupo de Artillería de Defensa Antiaérea 101.

Hubo combate.

En algún momento Victoria llegó a la terraza.

De allí proviene el testimonio que Rodolfo Walsh recogería después. Un soldado conscripto recordaba a una mujer joven que combatía y se reía. No sabemos qué significaba aquella risa y conviene no explicarla. Sabemos que el soldado la recordó. Sabemos que se lo contó a otros. Sabemos que finalmente el relato llegó hasta el padre de la mujer que estaba en aquella terraza.

Los cinco militantes murieron.

Victoria dejó una hija.

Ese mismo día Rodolfo Walsh se encontraba reunido cuando escuchó por radio un comunicado militar. El apellido fue pronunciado incorrectamente y durante unos instantes no comprendió que estaban hablando de ella.

Después comprendió.

—Era mi hija.

La frase no necesitaba literatura.

Walsh hizo entonces lo que sabía hacer frente a una muerte: investigar. Buscó testimonios, reconstruyó el operativo, preguntó qué había ocurrido dentro de la casa y trató de establecer cómo habían sido las últimas horas de Victoria. Pero esta vez el investigador tenía que trabajar con un material para el que ningún oficio prepara a un hombre.

Primero escribió Carta a Vicki. Tres meses más tarde escribió Carta a mis amigos.

Las dos cartas terminarían convirtiéndose en textos fundamentales para conocer a Victoria, aunque contienen también una paradoja: contribuyeron a salvarla del olvido y al mismo tiempo fijaron para siempre su imagen como la hija de Rodolfo Walsh que murió en la calle Corro.

Hay que retroceder un poco para encontrar a la otra Victoria.

Está en la redacción de La Opinión, elegida delegada por sus compañeros. Está discutiendo un conflicto gremial con la empresa. Está trabajando en una villa. Está ocupándose de prensa sindical. Está embarazada mientras su compañero permanece detenido. Está criando una hija y cambiando de domicilio mientras las fuerzas de seguridad buscan militantes por toda la ciudad.

Ninguna de esas circunstancias convierte automáticamente a una persona en heroína. Tampoco hace falta.

Victoria perteneció a una organización armada cuyas decisiones, concepciones y errores forman parte de una discusión histórica que no debería clausurarse. Pero esa discusión tampoco modifica la naturaleza del aparato que comenzó a perseguirla: desde marzo de 1976 funcionaba en la Argentina un sistema estatal de secuestros clandestinos, centros de detención, tortura, asesinatos y desapariciones.

La historia de Victoria está dentro de esa historia.

Cincuenta años después, además, la calle Corro ya no pertenece únicamente a la memoria. Los hechos llegaron finalmente a los tribunales y antiguos integrantes de las fuerzas que participaron del operativo deben responder por lo ocurrido aquella mañana.

La demora también es un dato.

Entre el 29 de septiembre de 1976 y el juicio transcurrió casi medio siglo.

Rodolfo Walsh sobrevivió a su hija seis meses. El 25 de marzo de 1977, un día después de hacer circular su Carta abierta de un escritor a la Junta Militar, fue emboscado por un grupo de tareas de la ESMA. Su cuerpo continúa desaparecido.

Padre e hija quedaron entonces unidos de una manera que acaso ninguno de los dos hubiera elegido.

Por eso, para encontrar a Victoria, hay que separarla por un momento de Rodolfo.

Buscar a la periodista.

A la delegada.

A la joven que conoció una villa y volvió distinta.

A la madre que llevaba a su hija de una casa a otra.

A Hilda.

Después sí puede regresarse a Corro 105.

Hay soldados en la calle, vecinos detrás de las ventanas, vehículos militares y cinco personas dentro de una casa. En la terraza aparece una mujer de pelo corto. Uno de los conscriptos que está enfrente la mira y conserva durante años un detalle aparentemente absurdo.

La mujer se ríe.

El soldado sobrevivió para contarlo.

Walsh sobrevivió unos meses para escribirlo.

Y cincuenta años después todavía estamos tratando de saber quién era aquella muchacha.

 
 
 

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