Paco Urondo: la palabra que decidió no quedarse al margen

Fue poeta, periodista, guionista, funcionario cultural y militante revolucionario. Entrevistó en la cárcel de Devoto a los sobrevivientes de la Masacre de Trelew y convirtió aquellos testimonios en La patria fusilada. En junio de 1976 fue enviado a Mendoza, donde una patota policial lo emboscó y lo mató de un culatazo. Durante décadas se repitió que había ingerido cianuro. La Justicia demostró que también esa versión era mentira.
Francisco Urondo había comprendido que las palabras podían ser muchas cosas: refugio, celebración, oficio, documento, arma, coartada. Podían embellecer la realidad o ayudar a descubrirla; podían ponerse al servicio de los poderosos o mezclarse con las voces de aquellos que nunca llegaban a los libros. Eligió esto último y terminó pagando por esa elección, aunque sería demasiado simple decir que murió solamente por escribir, porque también militó, tomó partido y decidió participar de una época en la que la política había dejado de ser para muchos una opinión para convertirse en una forma de vida.
Nació en Santa Fe el 10 de enero de 1930. Antes de integrar las Fuerzas Armadas Revolucionarias y Montoneros fue poeta, dramaturgo, cuentista, novelista, periodista, guionista de cine y televisión, promotor cultural y docente universitario. Dirigió organismos culturales, colaboró con algunas de las publicaciones más importantes del país y participó de una generación que se propuso eliminar la distancia entre la literatura y la vida cotidiana.
No escribía desde una torre. Sus poemas incorporaban conversaciones, calles, nombres propios, derrotas amorosas, reuniones políticas y noticias de los diarios. La poesía no era para él un territorio limpio, separado del conflicto, sino un lugar donde el conflicto podía hablar con una precisión que la retórica partidaria muchas veces perdía.
No abandonó la literatura cuando comenzó a militar. Tampoco utilizó la militancia como sustituto de la literatura. Intentó que ambas cosas convivieran, aun cuando esa convivencia se volviera difícil, contradictoria y finalmente mortal.
El poeta en la cárcel
En 1973 Urondo estaba detenido en la cárcel de Devoto. Allí coincidió con María Antonia Berger, Alberto Miguel Camps y Ricardo René Haidar, los tres sobrevivientes de la Masacre de Trelew.
El 22 de agosto de 1972, diecinueve presos políticos que se habían fugado del penal de Rawson fueron recapturados y trasladados a la Base Aeronaval Almirante Zar. Dieciséis fueron fusilados. Tres sobrevivieron para contar lo ocurrido.
Urondo los entrevistó dentro de la cárcel.
No necesitó inventar escenas ni agregar heroísmo. Escuchó, ordenó preguntas y permitió que las voces reconstruyeran la masacre. El resultado fue La patria fusilada, uno de los grandes textos testimoniales argentinos. Allí el periodista no se coloca por encima de quienes hablan. Su tarea consiste en obtener la precisión que el poder intenta borrar: quién estaba en cada lugar, qué dijeron los oficiales, cuándo comenzaron los disparos, quién cayó primero, quién continuó respirando.
La dictadura de Alejandro Agustín Lanusse había presentado los fusilamientos como el resultado de un intento de fuga. Los sobrevivientes demostraron que se trató de una ejecución planificada. Urondo convirtió esos testimonios en una prueba contra la versión oficial.
Había encontrado una forma de literatura en la cual la belleza no consistía en adornar los hechos, sino en impedir que fueran deformados.
La decisión de entrar en la historia
Paco había comenzado a militar en las Fuerzas Armadas Revolucionarias y, después de la fusión de esa organización con Montoneros, ocupó responsabilidades dentro de la nueva estructura. Su compromiso no fue el entusiasmo pasajero de un escritor fascinado por la épica. Implicó clandestinidad, cárcel, disciplina, separaciones y riesgos que conocía.
Esa elección puede y debe ser discutida. La lucha armada, la conducción de las organizaciones revolucionarias y los errores políticos de los años setenta forman parte de una historia que no necesita ser convertida en estampita. Urondo no fue solamente una víctima sin decisiones propias. Fue un militante que asumió la violencia política como parte de una estrategia revolucionaria.
Pero ninguna discusión sobre esas decisiones modifica un hecho fundamental: el Estado no tenía derecho a secuestrarlo, torturarlo ni matarlo. Mucho menos a desaparecer a su compañera y construir después una versión falsa sobre su muerte.
A comienzos de 1976 fue trasladado a Mendoza junto con Alicia Raboy, periodista y militante, con quien tenía una hija de once meses llamada Ángela. El destino era peligroso. La estructura de Montoneros en la provincia estaba seriamente golpeada y las fuerzas represivas habían penetrado parte de la organización.
Rodolfo Walsh consideró que enviarlo allí había sido un error grave de la conducción. Urondo era conocido, tenía dificultades para pasar inadvertido y llegaba a un territorio donde las posibilidades de supervivencia se reducían cada día. La disciplina vertical convirtió esas objeciones en silencio y el traslado se cumplió.
A veces una organización puede exigir de sus integrantes una obediencia que termina pareciéndose demasiado a una condena.
La emboscada
El 17 de junio de 1976 Paco viajaba en un Renault 6 junto con Alicia Raboy, su hija Ángela y Renée “la Turca” Ahualli. Se dirigían a una cita de control en Guaymallén cuando fueron interceptados por fuerzas policiales subordinadas al aparato represivo militar.
El automóvil recibió disparos. Urondo detuvo el vehículo y les dijo a sus compañeras que escaparan porque él había tomado la pastilla de cianuro. Durante muchos años se creyó que había muerto de esa manera, sacrificándose para permitir la fuga de las demás.
Renée Ahualli consiguió escapar.
Alicia corrió con su hija en brazos. Antes de ser capturada alcanzó a dejar a la beba en un lugar donde pudiera ser encontrada. Ángela sobrevivió. Alicia fue secuestrada y continúa desaparecida.
Paco quedó junto al automóvil, rodeado por los hombres de la patota.
No murió por el cianuro. Tampoco cayó durante un enfrentamiento. La autopsia no encontró signos compatibles con envenenamiento ni heridas de bala mortales. Tenía el cráneo hundido por los golpes.
Lo mataron con la culata de un arma.
La diferencia no es menor. Durante décadas, la historia del cianuro convirtió su muerte en una decisión individual, casi en el último gesto de un militante que elegía cómo morir. La investigación judicial devolvió la responsabilidad a quienes correspondía: Urondo fue capturado con vida y asesinado por agentes del Estado.
Hasta su último instante quisieron quitarle una palabra. Dijeron suicidio para no decir asesinato.
Alicia, la ausencia detrás del nombre
La figura de Paco suele ocupar el centro del relato y dejar a Alicia Raboy en un margen. Pero ella también era periodista, militante, compañera y madre. Trabajó en el diario Noticias y participó de la misma experiencia política que Urondo. Su desaparición no es un detalle dentro de la muerte del poeta, sino otro crimen.
A Paco lo mataron y ocultaron durante años las circunstancias. A Alicia la arrancaron incluso del derecho a una tumba.
La supervivencia de Ángela agrega una imagen insoportable: una niña de once meses separada de su madre en medio de una persecución, mientras alrededor suyo se ejecutaba un operativo planificado por el Estado. La historia familiar quedó dividida entre una hija que pudo ser recuperada, una madre desaparecida y un padre cuyo asesinato tardó décadas en ser llamado por su nombre.
La verdad que regresa
En 2011, durante el juicio por delitos de lesa humanidad realizado en Mendoza, el médico forense Roberto Bringer declaró que la muerte de Urondo se produjo por el hundimiento del cráneo causado por violentos golpes. La reconstrucción judicial desmontó definitivamente la versión del suicidio.
Los responsables de aquel operativo fueron juzgados y condenados.
La Justicia llegó treinta y cinco años después, cuando muchos testigos habían muerto y buena parte de las pruebas había sido destruida. Llegó tarde para Paco, para Alicia y para sus hijos. Pero llegó a tiempo para modificar la memoria pública: ya no puede afirmarse honestamente que Urondo murió en combate ni que decidió suicidarse.
Fue asesinado.
La frase tiene la sequedad de un dato y el peso de una época.
El lugar de la palabra
Paco Urondo creyó que escribir no consistía en mirar el sufrimiento desde una distancia prudente. Esa convicción lo acercó a los sobrevivientes de Trelew, a los presos políticos, a las luchas populares y también a una organización cuya estrategia y conducción pueden ser sometidas a crítica.
No fue un hombre sin contradicciones. Fue padre y clandestino; poeta y combatiente; intelectual y militante sometido a una disciplina que llegó a enviarlo a un territorio donde casi no tenía posibilidades de sobrevivir. Quiso unir la palabra y la acción, y en ese intento dejó heridas en quienes amaba y una obra que continúa interrogando a quienes la leen.
Su vida no necesita una absolución literaria. Tampoco admite la falsificación que intentó convertir su asesinato en suicidio ni la comodidad de reducirlo a una etiqueta.
Porque Urondo no fue solamente el poeta que tomó las armas ni el militante que escribía poemas. Fue el hombre que escuchó a los sobrevivientes de Trelew cuando el poder necesitaba que callaran; el periodista que comprendió que un testimonio podía perforar una versión oficial; el escritor que buscó la verdad en las palabras comunes y el militante que aceptó llevar sus decisiones hasta un límite del que ya no habría regreso.
Lo mataron el 17 de junio de 1976. Alicia Raboy continúa desaparecida. Durante años dijeron que Paco había elegido morir.
La autopsia, los testimonios y la Justicia establecieron otra cosa.
Cuando las versiones oficiales terminaron de derrumbarse, debajo de ellas quedó la verdad que su propia obra había perseguido: a Paco Urondo no lo venció una palabra equivocada ni una pastilla de cianuro.
Lo asesinó el Estado.
Podes conocer la historia de su hija expropiada en la Categoría "HIJOS".



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