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Piero: la voz que le cantó a la vida y conoció el dolor más profundo

hace 20 horas
4 min de lectura


Hay canciones que sobreviven a sus autores y otras que terminan contando, sin que nadie lo haya previsto, la propia historia de quien las escribió. Piero le cantó a los padres, a los hijos, a los trabajadores, a los pueblos y a los que se quedaron sin voz. Su vida, atravesada por el compromiso social, el exilio y las pérdidas personales, parece escrita entre las estrofas de sus propias canciones.

Pietro Antonio Franco de Benedictis nació el 19 de abril de 1945 en Galípoli, Italia. Era todavía un niño cuando su familia emigró a la Argentina, ese país que terminaría convirtiéndose en su patria afectiva, artística y política.

Su infancia transcurrió en Banfield, en el sur del Gran Buenos Aires. Allí comenzó a construir una identidad que mezclaba la nostalgia de los inmigrantes con las experiencias de una Argentina obrera, de barrios, fábricas, clubes y mesas familiares.

Con el tiempo, aquella mirada sobre la vida cotidiana se convertiría en el rasgo más reconocible de su obra.

Piero nunca necesitó recurrir a personajes extraordinarios para escribir sus canciones. Le alcanzaba con observar a un padre envejeciendo, a un niño descubriendo el mundo, a un trabajador regresando a su casa o a una sociedad que parecía acostumbrarse a las injusticias.

En 1969 alcanzó una enorme popularidad con Mi viejo, compuesta junto a José Tcherkaski. La canción se convirtió en uno de los retratos más conmovedores de la relación entre padres e hijos dentro de la música popular argentina.

Pero sería un error reducir su trayectoria a aquella melodía.

Porque detrás del cantante que emocionaba a las familias había también un hombre que empezaba a preguntarse por las desigualdades de su tiempo.


La canción como una forma de compromiso

Durante los años setenta, Piero fue incorporando a su repertorio una mirada cada vez más crítica sobre la realidad social y política.

Canciones como Para el pueblo lo que es del pueblo, Llegando, llegaste y Que se vayan ellos expresaban una sensibilidad vinculada con las luchas populares latinoamericanas.

Su música comenzó a circular por universidades, sindicatos, encuentros juveniles y espacios culturales donde cantar también significaba tomar posición.

No era un militante que ocasionalmente cantaba. Era un artista que había comprendido que una canción podía acompañar una lucha, denunciar una injusticia o conservar una esperanza.

Aquella elección tuvo consecuencias.

La violencia política de los años setenta y, posteriormente, la dictadura militar instalada en marzo de 1976 hicieron que su obra resultara incómoda para el poder. Piero atravesó el exilio y desarrolló parte de su actividad artística fuera de la Argentina.

Como tantos otros artistas latinoamericanos, conoció la experiencia de tener que alejarse del país al que pertenecía.

Sin embargo, sus canciones continuaron circulando.

La censura podía impedir una presentación, retirar un disco de circulación o silenciar una voz en los medios. Lo que no podía hacer era borrar una canción de la memoria de quienes ya la habían aprendido.


El hombre que cantaba a los hijos

Hay una dimensión particularmente conmovedora en la obra de Piero: su relación con la infancia.

Sinfonía inconclusa en la mar y otras composiciones destinadas a los chicos revelan a un artista capaz de mirar el mundo desde la imaginación infantil.

Pero su preocupación por los niños no quedó limitada a las canciones.

A lo largo de su vida participó en iniciativas educativas, culturales y comunitarias, convencido de que la infancia necesitaba oportunidades concretas y no solamente declaraciones de buenas intenciones.

Para Piero, la música podía ser también una herramienta de encuentro y transformación social.

Y acaso por eso resulta especialmente doloroso detenerse en una de las experiencias más difíciles de su vida.


La pérdida de un hijo

Piero también tuvo que atravesar una tragedia que ninguna canción alcanza a explicar: la muerte de un hijo.

Es una experiencia que modifica para siempre la relación de una persona con el tiempo, con los recuerdos y con su propia historia.

En el caso de un artista cuya obra había celebrado tantas veces los vínculos familiares, esa pérdida adquiere una resonancia particularmente profunda.

Conviene, sin embargo, distinguir lo que se conoce públicamente de aquello que pertenece a su intimidad. No corresponde atribuirle palabras, sentimientos específicos ni circunstancias sobre esa muerte sin contar con testimonios verificables.

La paradoja humana permanece: el hombre que durante décadas ayudó a millones de personas a expresar el amor por sus padres y sus hijos también debió enfrentarse a una de las formas más desgarradoras de la ausencia.


Un artista que nunca dejó de mirar a los demás

La trayectoria de Piero no puede comprenderse solamente a partir de sus discos vendidos, sus recitales o sus canciones más conocidas.

Hay en su obra una continuidad que atraviesa distintas épocas: la preocupación por los seres humanos comunes.

Sus personajes no suelen ser héroes monumentales. Son hombres y mujeres que trabajan, envejecen, esperan, aman y sufren.

Quizás allí resida una de las razones de su permanencia.

Mientras buena parte de la industria musical persigue novedades destinadas a durar unas pocas semanas, las canciones de Piero continúan transmitiéndose entre generaciones.

Mi viejo sigue sonando cuando un hijo recuerda a su padre. Para el pueblo lo que es del pueblo conserva su lugar en la memoria de las luchas sociales. Sus canciones infantiles permanecen asociadas a los primeros descubrimientos de miles de chicos.

No es poca cosa.


Lo que queda de una voz

Piero pertenece a una generación de artistas que entendió que la cultura no estaba separada de la historia.

Que cantar sobre el amor no impedía denunciar una injusticia. Que defender la alegría no significaba desconocer el sufrimiento. Que una canción podía ser íntima y colectiva al mismo tiempo.

A sus 81 años, su historia reúne el recorrido del niño inmigrante, el muchacho de Banfield, el artista popular, el cantor comprometido, el exiliado y el padre atravesado por una pérdida irreparable.

Hay algo profundamente humano en esa convivencia entre la ternura y la rebeldía.

Piero cantó durante décadas sobre aquello que los hombres intentan conservar: los afectos, la dignidad, la memoria y la esperanza.

Y quizás esa sea su mayor contribución.

Porque hay voces que se escuchan mientras dura una canción.

Y hay otras que permanecen mucho después de que la música termina.

La de Piero pertenece a estas últimas.

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