Cap. 9 - Universidades: construir el derecho a llegar
La Universidad Obrera Nacional, la Ciudad Universitaria de Tucumán y la infraestructura que quiso convertir el estudio superior en una posibilidad material
Hay edificios que se levantan para que una institución funcione y hay instituciones que obligan a levantar otra idea de país. La universidad del primer peronismo pertenece a esa segunda clase. No empezó con una fachada ni terminó cuando se detuvo una obra: comenzó cuando el hijo del obrero pudo imaginarse ingeniero sin pedir disculpas por el origen, y cuando el Estado tuvo que preguntarse dónde iba a sentarlo, cómo iba a alojarlo y con qué talleres iba a enseñarle lo que hasta entonces parecía reservado para otros.
La arquitectura universitaria de aquellos años no fue un catálogo uniforme. Fue una trama incompleta de leyes, aulas adaptadas, talleres en funcionamiento, residencias, caminos, viviendas y estructuras de hormigón abandonadas en la montaña. En esa trama hay realizaciones verdaderas y anuncios que no llegaron a ser ciudad. Confundir unas con otros agranda la propaganda y achica la historia. Separarlos permite ver algo más incómodo y más fértil: la dimensión de la apuesta y la dimensión de la pérdida.
La puerta antes que el edificio
En 1946 la universidad argentina conservaba todavía las marcas de una institución pensada para minorías. La Reforma de 1918 había conquistado autonomía, cogobierno y libertad académica, pero el ingreso y la permanencia seguían atravesados por una frontera económica. El Decreto 29.337, firmado el 22 de noviembre de 1949, suprimió los aranceles universitarios. La gratuidad no construyó por sí sola un aula, pero alteró el problema arquitectónico: si entraban quienes antes quedaban afuera, había que multiplicar lugares, horarios, servicios y escalas.
Las matrículas crecieron con fuerza durante el período. El dato decisivo no es sólo cuantitativo. Cambió el sujeto que debía caber en la universidad. Ya no bastaba con el estudiante sostenido por su familia y disponible durante todo el día. Aparecía el trabajador que estudiaba después de la fábrica, el joven del interior que necesitaba alojamiento, el técnico que requería máquinas además de pizarrones. Cada uno llevaba una demanda espacial concreta.
La Universidad Obrera: el aula al lado de la máquina
La Ley 13.229, sancionada en 1948, creó la Universidad Obrera Nacional. Abrió sus cursos en 1953 con facultades regionales en Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, Rosario y Santa Fe; luego se extendió a otras ciudades. En 1959 pasó a llamarse Universidad Tecnológica Nacional. La cronología parece administrativa, pero contiene una ruptura: por primera vez una universidad nacional organizaba su identidad alrededor del mundo del trabajo y de una red federal de sedes.
No debe atribuirse al primer peronismo cada edificio que actualmente ocupa la UTN. Muchas regionales comenzaron en inmuebles cedidos, adaptados o compartidos y sus sedes definitivas pertenecen a etapas posteriores. Lo construido, en este caso, fue primero una institución y una pedagogía espacial: clases nocturnas, laboratorios, gabinetes y talleres destinados a trabajadores que no abandonaban su empleo para estudiar.
La Universidad Obrera discutía con la vieja separación entre la mano y la cabeza. Un taller no era el sótano de la teoría: era el lugar donde la teoría debía responder. La mesa de dibujo, el torno, el laboratorio y el aula componían una misma secuencia. El edificio universitario dejaba de ser únicamente un recinto de transmisión y se acercaba a la fábrica, no para copiar su disciplina, sino para disputar quién podía dominar su conocimiento.
En esa decisión hubo también límites. El acceso inicial estaba orientado principalmente a egresados de la enseñanza técnica y trabajadores vinculados con la producción; la institución arrastró jerarquías de género y una concepción industrialista de su tiempo. Sin embargo, el nombre mismo —Universidad Obrera— hacía visible una presencia que la universidad tradicional había tratado como excepción. Después de 1955 se intervino la institución; el cambio de denominación de 1959 la integró plenamente al sistema universitario, pero borró del nombre la palabra que había explicado su nacimiento.
Tucumán: una universidad quiso ocupar la montaña
El proyecto más ambicioso no estaba en Buenos Aires. La Universidad Nacional de Tucumán imaginó en la sierra de San Javier una ciudad universitaria para alrededor de 30.000 habitantes. El equipo dirigido por Horacio Caminos, Eduardo Sacriste y Jorge Vivanco concibió dos áreas enlazadas: el núcleo alto, académico y residencial, y el sector de Horco Molle en el piedemonte. Entre ambos, caminos y un funicular debían vencer la distancia y la pendiente.

Figura 1. Plan general de la Ciudad Universitaria de Tucumán. El dibujo articula residencias, enseñanza, servicios, deporte y transporte sobre la sierra. Reproducción publicada por El Tucumano a partir de documentación de la Planoteca de la UNT.
La escala obliga a detenerse. No se proyectaba un conjunto de facultades dispersas, sino una comunidad: viviendas para docentes y estudiantes, comedores, servicios comunes, áreas deportivas, espacios académicos y redes de infraestructura. La arquitectura moderna ofrecía el lenguaje; el Estado aportaba la decisión de transformar el territorio. El paisaje no era telón de fondo. Era parte del programa: clima, orientación, topografía y vistas debían intervenir en la vida cotidiana del estudio.
Las obras comenzaron en 1948. Se ejecutaron caminos, instalaciones, treinta y tres viviendas y parte de la gran residencia masculina conocida luego como el “Block”. El hormigón quedó a la vista antes de recibir cerramientos, muebles o estudiantes. Desde 1949 hubo recortes y dificultades; el proyecto perdió impulso antes del golpe de 1955. La intervención posterior a la caída de Perón terminó de clausurar aquella continuidad institucional. Decirlo con precisión no disminuye la responsabilidad de la dictadura: muestra que los grandes proyectos también pueden ser heridos por desgaste antes de ser rematados por una decisión política.
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ura 2. La estructura inconclusa del “Block” en San Javier. Lo que debía alojar estudiantes quedó como testimonio material de una ciudad interrumpida. Foto reproducida por La Gaceta de Tucumán.
El esqueleto sigue allí. No es una ruina antigua: es una obra a la que le falta el futuro para el que fue calculada. Sus vigas miden la distancia entre proyectar y realizar; también la distancia entre una política pública y la duración necesaria para sostenerla. La ciudad universitaria tucumana fue parcialmente construida, pero nunca llegó a funcionar como la ciudad que prometía ser.
Alojar para que estudiar no fuera una visita
La ampliación universitaria tropezaba con una evidencia: abrir la inscripción no acercaba Tucumán a Buenos Aires ni pagaba una pensión. La Ciudad Estudiantil de la Fundación Eva Perón, en el Bajo Belgrano, respondió desde otro borde del sistema educativo. No era una universidad ni un campus autónomo; era una infraestructura residencial y formativa destinada a jóvenes varones del interior que cursaban en establecimientos externos.

Figura 3. Edificio de la Ciudad Estudiantil de la Fundación Eva Perón. Reproducción histórica difundida por la Fundación de Investigaciones Históricas Eva Perón
El conjunto reunía pabellones residenciales, comedor, salas de estudio, atención cotidiana y una extensa zona deportiva. Un ómnibus llevaba a los estudiantes a sus escuelas. El dato parece menor y es, en realidad, toda una política: entre el derecho escrito y el pupitre existían kilómetros, comidas, ropa limpia, descanso y tiempo. La arquitectura se hacía cargo de esa distancia.

Figura 4. Dormitorio, Cine/Teatro y Comedor de la Ciudad Estudiantil.
También había disciplina, supervisión y una pedagogía cívica explícita. Las salas que reproducían ámbitos de gobierno buscaban formar ciudadanos dentro de un universo organizado por adultos. La protección y el control convivían en los mismos pasillos. Una lectura crítica no necesita elegir entre negarlos o celebrarlos: la residencia resolvía condiciones materiales reales y, al mismo tiempo, proponía una forma determinada de convivencia.

Figura 5. Sector deportivo de la Ciudad Estudiantil. El programa excedía el alojamiento: incorporaba cuerpo, recreación y vida colectiva. Archivo reproducido por FIHEP.
Lo hecho, lo iniciado, lo perdido
Programa | Qué se realizó | Qué se proyectó | Qué no llegó a cumplirse |
Universidad Obrera Nacional | La institución abrió en 1953; funcionó como red federal con aulas, laboratorios y talleres, a menudo en sedes adaptadas. | Una universidad técnica nacional ligada a la producción y accesible a trabajadores. | No se materializó entonces una red homogénea de campus propios; muchas sedes definitivas son posteriores. |
Ciudad Universitaria de Tucumán | Caminos, redes, 33 viviendas y la estructura parcial de la residencia masculina, entre otras obras. | Una ciudad para unas 30.000 personas, con residencias, docencia, deporte, servicios y funicular. | El conjunto integral nunca entró en funcionamiento; el “Block” quedó inconcluso. |
Ciudad Estudiantil | Residencias, servicios de apoyo, transporte y equipamiento deportivo en Bajo Belgrano. | Sostener la permanencia de jóvenes del interior mediante una vida comunitaria organizada. | Su continuidad institucional fue quebrada tras 1955; no constituía por sí misma una universidad. |
El golpe también cambia el destino de los edificios
En septiembre de 1955 la autodenominada Revolución Libertadora no encontró solamente funcionarios y símbolos para remover. Encontró instituciones en marcha y obras cuya terminación dependía de una continuidad política. Intervino universidades, persiguió docentes y estudiantes identificados con el peronismo, desmontó organismos y resignificó establecimientos. Los edificios no fueron víctimas en sentido humano, pero conservaron las huellas de esa violencia: nombres reemplazados, programas dispersos, estructuras vacías, usos alterados.
La Universidad Obrera sobrevivió porque su necesidad era demasiado concreta para borrarla. La Ciudad Universitaria de Tucumán, en cambio, quedó detenida en la montaña. La Ciudad Estudiantil perdió el sistema institucional que daba sentido conjunto a sus dormitorios, comedores y campos deportivos. Una misma ruptura produjo destinos distintos: continuidad con otra identidad, abandono físico y desarticulación funcional.
La universidad como forma de la justicia social
El peronismo no inventó la universidad pública argentina ni la arquitectura moderna. Hizo otra cosa: las obligó a responder ante un sujeto social que hasta entonces aparecía demasiado poco en sus planos. La gratuidad abrió la puerta; la Universidad Obrera cambió el destinatario; Tucumán ensayó una ciudad entera; la residencia estudiantil mostró que permanecer requería techo, comida y transporte.
No todo se hizo. No todo lo iniciado pudo sostenerse. Y no todo fracaso puede atribuirse a una sola fecha. Pero el balance material es inseparable del conflicto político: allí donde se construyó, apareció una capacidad nueva; allí donde quedó el hormigón desnudo, quedó también la prueba de que alguna vez se calculó una universidad más grande que la existente.
Tal vez por eso el “Block” de San Javier incomoda todavía. No permite la comodidad de decir que fue apenas propaganda, porque está construido. Tampoco permite afirmar que la promesa se cumplió, porque está vacío. Entre esas dos verdades permanece la pregunta que la arquitectura le hace a la política: ¿para quién se reserva un lugar cuando se dibuja el país?
El primer peronismo respondió con una palabra que la universidad no estaba acostumbrada a pronunciar como nombre propio: obrera. Después vinieron la proscripción, los cambios de nombre y los proyectos cancelados. La palabra pudo borrarse de una fachada. El estudiante que había cruzado la puerta ya no podía ser borrado de la historia.




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