Cap. 7: Carrillo y los hospitales: construir la posibilidad de cuidar.
- Pablo Insua

- hace 2 días
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Un hospital empieza a existir antes de que se levante su primera pared: comienza cuando una sociedad decide que atenderse no puede depender únicamente del dinero, del lugar de nacimiento o de la caridad. Durante el peronismo, esa decisión produjo edificios, redes sanitarias y proyectos de una extraordinaria ambición. Algunos siguen cuidando. Otros cambiaron de destino. Y otros, como los hospitales de Amancio Williams y el futuro Albergue Warnes, quedaron como testimonios de lo que pudo haber sido.
Una política sanitaria también es una forma de construir
Para comprender un hospital no alcanza con mirar su fachada. Hay que imaginar a una madre que llega con un niño enfermo, a una persona que no puede caminar, al equipo de enfermería que recorre las salas durante la noche. Hay que preguntarse cuánto se tarda en llegar, dónde se espera, cómo se trasladan los pacientes, qué ve alguien desde su cama y qué sucede cuando el edificio necesita crecer.
Es allí donde la arquitectura deja de ser una cuestión de apariencia y se convierte en una condición del cuidado.
Ramón Carrillo condujo la Secretaría de Salud Pública desde 1946 y fue el primer titular del ministerio creado en 1949. Su gestión concluyó en 1954: abarcó la primera presidencia de Juan Domingo Perón y parte de la segunda. La síntesis histórica de Abel Luis Agüero, publicada por la Academia Nacional de Medicina, señala que durante ese período las camas hospitalarias pasaron de 66.300 a 132.000. La diferencia equivale a un aumento aproximado del 99,1 %, calculado sobre esos valores.
La cifra permite apreciar la magnitud de la expansión, pero no debe confundirse con un número de edificios nuevos. Una ampliación agrega camas; una reconversión también puede hacerlo. Un hospital terminado, además, puede permanecer sin habilitar.
Por eso, el balance arquitectónico necesita algo más que una estadística: nombres, ubicaciones, fechas, programas y destinos.
Tampoco corresponde atribuir toda la producción a una única oficina. Intervinieron organismos nacionales y provinciales, la Fundación Eva Perón y otras instituciones. Las investigaciones sobre Córdoba muestran, por ejemplo, una construcción del sistema sanitario con antecedentes y actores provinciales que no pueden reducirse a una administración nacional homogénea.
Carrillo fue el conductor sanitario, no el arquitecto individual de todos esos edificios. Reconocer su papel exige también reconocer el trabajo de proyectistas, ingenieros, técnicos, médicos, enfermeras y trabajadores de la construcción.
Del pabellón al hospital organizado como un conjunto
La arquitectura hospitalaria debía resolver una tensión: separar actividades incompatibles y, al mismo tiempo, mantenerlas suficientemente próximas.
Una consulta externa, una sala de internación, una cocina, un quirófano y un lavadero pertenecen al mismo hospital, pero no necesitan los mismos accesos ni los mismos recorridos. La cercanía mal organizada puede producir interferencias; la separación excesiva obliga a caminar y trasladar pacientes innecesariamente.
Carrillo abordó expresamente estas cuestiones. Su Teoría del Hospital dedicó un volumen a la arquitectura y otro a la administración. Luis Alberto Müller reconstruye sus criterios de normalización, organización de la internación y funcionamiento, junto con preferencias por desarrollos horizontales y directivas estéticas favorables al lenguaje colonial. Sin embargo, dentro del programa también tuvieron lugar propuestas modernas, realizadas por profesionales externos.
No existió, por lo tanto, una única apariencia hospitalaria peronista.
Un edificio con tejas y galerías podía responder a una organización funcional moderna. Otro, de volúmenes compactos y varios pisos, podía concentrar servicios para reducir distancias. Y una propuesta experimental podía llevar la modernidad hasta la invención de una cubierta desconocida.
La pregunta arquitectónica más fértil no es cuál de esos lenguajes era el auténtico, sino qué problema resolvía cada uno y para quién lo hacía.
Los hospitales que llegaron a abrir sus puertas
Presidente Perón, Avellaneda: la escala de una institución pública

El Policlínico Presidente Perón, situado en Sarandí, fue inaugurado el 24 de febrero de 1951. La Comisión Nacional de Monumentos lo vincula con la red hospitalaria de la Fundación Eva Perón y describe un conjunto de cinco cuerpos de cinco pisos, con capacidad para 600 camas, distribuidas en habitaciones de una, dos, cuatro y seis personas.
La distribución en habitaciones de distinta ocupación resulta importante: la internación no se reducía a una única sala colectiva indiferenciada.

Desde una lectura arquitectónica, el conjunto expresa la voluntad de reunir una gran capacidad asistencial dentro de una institución reconocible. Pero esa concentración también exige una organización rigurosa de ascensores, escaleras y conexiones entre cuerpos: el tamaño, por sí mismo, no garantiza una atención eficiente.
En noviembre de 1951 Eva Perón fue atendida allí y emitió su voto desde el hospital. Esa habitación incorporó una dimensión política y patrimonial a un edificio cuya función principal siguió siendo sanitaria.
Evita, Lanús: el confort como parte de la asistencia

El Hospital Evita de Lanús fue inaugurado el 30 de agosto de 1952, ya durante la segunda presidencia de Perón.
La historia municipal describe un edificio de cinco plantas, revestimientos de mármol de Carrara y travertino, salas de espera amuebladas, biblioteca, sala de lectura, cine y espacios recreativos para pacientes que podían desplazarse. También registra decoraciones infantiles en las áreas pediátricas.

Ese programa permite una lectura que excede la discusión sobre el lujo: una internación prolongada no suspende las necesidades culturales, afectivas y sociales de una persona.
La biblioteca o el espacio de encuentro no reemplazan al tratamiento. Reconocen que el paciente sigue siendo alguien que lee, conversa, se aburre, espera y necesita compañía.
Después del golpe, el establecimiento pasó a llamarse Gregorio Aráoz Alfaro. La Municipalidad sostiene, además, que se destruyeron elementos considerados lujosos; es una afirmación de esa memoria institucional, no un inventario material detallado. El nombre Evita fue restituido en 1988.
Aquí, la disputa política alcanzó tanto la identificación del hospital como el significado de sus espacios interiores.
Eva Perón, San Martín: la importancia de reconstruir los nombres

El Policlínico Eva Perón de San Martín abrió el 22 de abril de 1954. Su historia institucional lo identifica como un establecimiento de alta complejidad y formación profesional.
Su trayectoria obliga a corregir una simplificación frecuente.
Según el registro del Centro de Documentación Pensar en Salud, de la Universidad Nacional de Lanús, las denominaciones fueron Hospital Eva Perón, entre 1954 y 1956; Policlínico de San Martín, entre 1956 y 1979; y Hospital Interzonal Profesor Dr. Mariano R. Castex, entre 1979 y 1989. No corresponde adjudicar automáticamente el nombre Castex al golpe de 1955.
La precisión importa porque el edificio puede permanecer mientras cambia su identidad pública. El nombre orienta, pero también cuenta una historia: recuerda a unos actores y vuelve menos visibles a otros.
Hospital para menores Eva Perón, La Plata: construir para la infancia

El actual Hospital Ricardo Gutiérrez, ubicado en el Barrio Hipódromo de La Plata, fue inaugurado el 6 de agosto de 1954 como Hospital para menores Eva Perón.
El 31 de enero de 1956, mediante la resolución ministerial 00052, recibió el nombre de Hospital Zonal General de Agudos Dr. Ricardo Gutiérrez.
Su programa original permite plantear una cuestión arquitectónica fundamental: un hospital infantil no es simplemente un hospital de adultos con camas pequeñas.
Los acompañantes, las distintas edades, el juego, la vigilancia y la relación entre habitación y espera modifican el problema del proyecto. Esa es una lectura de las exigencias del programa pediátrico; no debe confundirse con una descripción de ambientes originales que no hayan sido comprobados en planos.
En este caso, la documentación confirma con precisión el cambio de denominación. No demuestra, por sí sola, una interrupción de la asistencia ni la demolición de sectores.
Catamarca: distinguir la ceremonia de la atención efectiva

El Hospital de Niños de Catamarca constituye otro caso significativo. Su historia institucional registra el comienzo de la atención el 17 de octubre de 1950, con ocho consultorios externos, dos odontológicos, farmacia, laboratorio y 125 camas de internación.
Conviene utilizar esa fecha de funcionamiento y advertir que las reseñas publicadas presentan discrepancias sobre la inauguración ceremonial.
La combinación de consultorios, diagnóstico e internación muestra que un hospital pediátrico no se define únicamente por sus camas: necesita articular la atención cotidiana con los casos que requieren permanencia.
La misma historia institucional registra cesantías y la eliminación del nombre Presidente Perón después del golpe. Es otro ejemplo de una transformación que afectó a personas e identidad institucional, además de a la administración.
Una red que también necesitaba establecimientos de menor escala
El mapa no se agota en los grandes policlínicos metropolitanos.
En San Vicente, el hospital posteriormente denominado Ramón Carrillo fue inaugurado el 19 de octubre de 1949, con la presencia de Perón y Eva Perón.

En Cruz del Eje, Córdoba, la información oficial provincial reconoce el 4 de junio de 1947 como fecha de fundación del Hospital Aurelio Crespo. Esa fecha institucional no basta, por sí sola, para atribuir al gobierno de entonces todos los antecedentes del proyecto o de su construcción.

Estos establecimientos recuerdan una condición elemental del derecho a la salud: un gran hospital lejano no sustituye necesariamente una atención cercana.
Desde la arquitectura y el territorio, la escala pequeña no es una versión incompleta de la grande. Puede resolver otra necesidad: recibir, diagnosticar, asistir y derivar sin exigir que cualquier problema comience con un viaje a una capital.
Los edificios cuyo nacimiento atravesó varios gobiernos
Granadero Baigorria: construido no significa habilitado

El Hospital Escuela Eva Perón, en Granadero Baigorria, Santa Fe, obliga a distinguir la terminación física de la puesta en funcionamiento.
Una investigación alojada en el repositorio de la Universidad Nacional de Rosario señala que el establecimiento se encontraba entre las plantas físicas terminadas pero todavía no inauguradas en 1955. Su funcionamiento se concretó en 1961, con la transferencia a la Facultad de Ciencias Médicas de Rosario.
Por ello, resulta más preciso hablar de una obra del período peronista cuya habilitación plena fue posterior, antes que sumar indistintamente fechas de construcción, prehabilitación y apertura.
La demora tiene una traducción concreta: capital invertido y capacidad potencial que todavía no se convierten en atención.
Mar del Plata: seis años ante una puerta cerrada

El Hospital Regional de Mar del Plata, actual Oscar Alende, comenzó con la colocación de su piedra fundamental el 25 de abril de 1948. La historia institucional sitúa el desarrollo principal de los trabajos desde mediados de 1950.
Cuando ocurrió el golpe de septiembre de 1955, las obras estaban muy avanzadas. Sin embargo, el establecimiento permaneció cerrado hasta 1961. Fue inaugurado el 22 de diciembre de ese año, durante la gobernación de Oscar Alende, dentro de la experiencia bonaerense de reforma hospitalaria.
Este caso permite hablar de una discontinuidad comprobable sin adjudicar a la dictadura de 1955 todas las decisiones de los años siguientes: la demora atravesó más de una administración.
Arquitectónicamente, muestra la distancia entre disponer de una estructura y disponer de un hospital. El edificio necesita equipamiento, personal, presupuesto y una organización capaz de ponerlo en servicio.
El Posadas: conservar el edificio y cambiar su razón de ser

El origen del Hospital Posadas estuvo asociado a la Fundación Eva Perón y a un programa para atender afecciones pulmonares, especialmente tuberculosis. Su arquitectura incorporó espacios abiertos y balcones para la exposición al sol.
Pero nunca funcionó con ese destino original.
En 1958 fue inaugurado como Instituto Nacional de la Salud, orientado a investigación. En 1968 se decidió organizar un hospital general; la apertura asistencial fue progresiva desde 1971, y en 1972 se inauguró como Policlínico Profesor Alejandro Posadas.
Aquí no desapareció toda la obra: cambió su programa.
Los balcones permiten leer esa transformación. Una decisión médica del proyecto inicial quedó inscrita en la forma del edificio, incluso cuando la institución empezó a utilizarlo de otra manera.
El Posadas no debe contarse como hospital asistencial inaugurado por Perón en 1955, ni en su tercer mandato. Sí pertenece a la historia de una infraestructura concebida durante el peronismo y transformada posteriormente.
Horco Molle: una ciudad sanitaria que encontró otro destino

La Ciudad Hospital de Tucumán, proyectada por Federico Traine, llevó el problema a escala territorial. El convenio entre Salud Pública y la Universidad Nacional de Tucumán destinó 300 hectáreas en Horco Molle a un conjunto con hospitales, formación de enfermería, viviendas y servicios.

El programa contemplaba un núcleo de 360 camas y dos establecimientos especializados de 1.424 camas cada uno: eran capacidades proyectadas, no camas habilitadas.
Según la reconstrucción del Instituto de Ecología Regional, las obras comenzaron en 1952–1953; se detuvieron en 1958 y quedaron interrumpidas en 1959. Se construyeron, entre otras partes, 36 viviendas y el pabellón de servicios conocido como Las Cúpulas. En 1960 los inmuebles fueron cedidos a la universidad.

Tampoco aquí corresponde fechar toda la paralización en septiembre de 1955.
El caso muestra otra posibilidad del patrimonio moderno: sobrevivir mediante usos diferentes. Pero reutilizar un pabellón no equivale a haber completado la ciudad sanitaria imaginada.
Amancio Williams: tres hospitales bajo un cielo construido
Un encargo concreto, una respuesta extraordinaria

En 1948, Amancio Williams recibió el encargo de proyectar hospitales para Curuzú Cuatiá, Esquina y Mburucuyá, en Corrientes. El archivo registra el desarrollo del conjunto entre 1948 y 1953 y lo identifica expresamente como no construido.
El trabajo comprendía la selección de terrenos y la elaboración del programa sobre bases ministeriales. Se buscaba desarrollar los edificios en planta baja, evitando depender de medios mecánicos de circulación vertical.
No se trataba de dibujar un monumento abstracto. Había que responder a calor, lluvias, distancias y dificultades de comunicación.
La documentación de 1955 explicaba que la localización debía ampliar el alcance asistencial, pero que los caminos y la disponibilidad de servicios imponían restricciones. La arquitectura debía actuar dentro de esas condiciones, no suponer que desaparecerían.
Dos techos, dos tareas diferentes

La propuesta separaba funciones que habitualmente se reúnen en una sola cubierta.
Un techo bajo cerraba los ambientes de atención. Por encima, una gran cubierta elevada protegía del sol y de la lluvia, dejando circular aire entre ambos niveles.
Williams desarrolló para ese techo superior sus bóvedas cáscara: piezas de hormigón armado de doble curvatura, apoyadas en columnas centrales. El agua se evacuaba por el interior de esas columnas.
Müller relaciona esta solución con la observación de las galerías tradicionales de la región: la innovación no consistía en ignorar la arquitectura local, sino en transformar su experiencia de la sombra mediante otra técnica.
La expresión “cáscara” ayuda a comprender la lógica resistente: la forma curva participa de la estabilidad. No es simplemente una losa plana a la que se le dio una silueta llamativa.
En estos hospitales, la cubierta adquiría una dimensión ambiental. Su belleza dependía también de lo que pretendía hacer: construir protección.
La planta: organizar antes que decorar
Una planta representa el edificio mediante un corte horizontal. Permite comprender dónde están los ambientes y cómo se conectan.
Curuzú Cuatiá y Esquina compartían una solución básica, adaptada a sus terrenos. Mburucuyá presentaba diferencias de tamaño y disposición, pero pertenecía a la misma familia proyectual.
El interés no era repetir una fachada, sino trabajar con sectores funcionales que pudieran combinarse: una lógica capaz de producir edificios relacionados sin exigir que todos fueran idénticos.

Plano de anteproyecto. Interesa porque mediante colores se definen claramente los «paquetes funcionales» que serán adaptados y repetidos sistemáticamente en los tres hospitales. También porque en la vista de fachada aparece una versión de «techos altos» en forma de pirámides, luego descartada y sustituida por las «bóvedas cáscara».
Para leer esos planos conviene seguir recorridos concretos: desde la entrada a la consulta; desde la internación al tratamiento; desde el ingreso de suministros a los servicios.
Ese ejercicio permite distinguir una composición visualmente ordenada de una organización realmente útil. En un hospital, cada conexión tiene consecuencias sobre tiempos, esfuerzo y orientación.
El corte: el espacio entre los techos también es arquitectura

Un corte muestra el edificio seccionado verticalmente. En Williams resulta indispensable porque revela la distancia entre los recintos inferiores y la cubierta protectora.
Ese vacío no es un espacio residual. Es parte de la estrategia climática.
La lectura arquitectónica permite reconocer dos escalas simultáneas: la del cuerpo, que utiliza una habitación o un consultorio, y la de la gran estructura, que protege un conjunto de actividades.
También obliga a formular preguntas críticas: cómo se mantendrían los desagües; cómo envejecerían las superficies; cómo se resolverían las reparaciones; qué sucedería ante una ampliación.
Como los hospitales no se construyeron, no puede presentarse su confort como un rendimiento medido. Se trata de una intención de proyecto cuidadosamente estudiada, no de una experiencia hospitalaria comprobada.
Las vistas: una imagen pública nacida de la estructura
Una vista muestra una elevación exterior; una perspectiva permite aproximarse a la experiencia tridimensional.
En los dibujos del conjunto, las cubiertas repetidas construyen un perfil continuo y reconocible. La identidad pública no depende únicamente de una inscripción o de un escudo: surge de la propia solución arquitectónica.
Bajo esa protección se preveían también espacios de permanencia y recreación. La internación incorporaba unidades básicas de tres camas y dispositivos de división destinados a permitir agrupamientos diferentes.
Es una idea potente: el hospital no debía ser solamente el lugar donde se aplicaba una técnica médica, sino un entorno capaz de admitir distintas formas de estar.
La pregunta crítica permanece abierta. ¿Hasta qué punto esa flexibilidad habría facilitado el trabajo cotidiano? Los planos permiten analizarla, pero no reemplazan la experiencia que nunca llegó a producirse.
Por qué quedaron sin construir
Los hospitales de Williams no fueron edificios levantados y luego abandonados. La interrupción ocurrió antes de su materialización.
Müller vincula su destino con los límites presupuestarios y las disputas institucionales del área sanitaria durante los primeros años cincuenta. El debilitamiento de Carrillo y su salida en 1954 formaron parte de ese proceso.
El golpe de 1955 no encontró tres hospitales de Williams en construcción. Encontró proyectos que ya no habían conseguido realizarse.
La distinción no disminuye la ruptura política posterior. La vuelve más precisa.
Incluso después del derrocamiento hubo reivindicaciones profesionales de su valor: Müller recuerda una publicación de Jorge Goldemberg que volvió a proponer su construcción.
Después de 1955: intervenir también es cambiar el sentido
La dictadura autodenominada Revolución Libertadora actuó sobre las instituciones del peronismo en varios planos.
La investigación de Guido Giorgi documenta la voluntad de liquidar la Fundación Eva Perón y la creación, en octubre de 1955, del Instituto Nacional de Acción Social. La transformación incluyó la reorganización de bienes e instituciones y prácticas de destrucción asociadas a la desperonización.
En marzo de 1956, el decreto 4161 prohibió símbolos, imágenes y expresiones de identificación peronista. Ese marco ayuda a comprender por qué los nombres y las marcas de origen de los edificios se convirtieron en objetivos políticos.
Pero no existió un resultado edilicio único.
Caso | Transformación documentada |
Evita de Lanús | Cambio de nombre; la memoria municipal registra destrucción de elementos interiores |
Eva Perón de San Martín | Sustitución de la denominación original; Castex corresponde a una etapa posterior |
Hospital para menores Eva Perón, La Plata | Cambio de nombre por resolución de enero de 1956 |
Regional de Mar del Plata | Permaneció sin abrir hasta diciembre de 1961 |
Posadas | El programa pulmonar original fue sustituido por investigación |
Granadero Baigorria | La habilitación plena quedó diferida hasta 1961 |
Warnes | El hospital no se completó; la transferencia municipal de 1957 tampoco produjo su apertura |
Hospitales de Williams | Ya habían quedado sin materializar antes del golpe |
Fuentes: historias institucionales y estudios enlazados en cada apartado.
Borrar un nombre, dejar sin habilitar una obra y cambiar un programa no son acciones equivalentes. Sin embargo, todas pueden alterar la relación entre una sociedad y su infraestructura.
Una pared puede conservarse y perder su función. Un hospital puede seguir atendiendo mientras se intenta borrar quién lo impulsó. Una estructura puede quedar en pie y volverse inútil para el propósito que justificó su construcción.
La política actúa también sobre esos tiempos intermedios.
Warnes: el hospital que nunca llegó a ser hospital
El proyecto de 1951

El futuro Albergue Warnes nació de un proyecto hospitalario pediátrico impulsado en 1951, durante la primera presidencia de Perón.
Se localizó en terrenos de la familia Etchevarne, frente al Hospital Alvear, en La Paternal. La reconstrucción de Juan Carlos Maucor describe un predio de aproximadamente 19 hectáreas, cuatro edificios de nueve pisos y unos 94.000 metros cuadrados construidos al interrumpirse los trabajos. Estas dimensiones deben leerse como datos de esa reconstrucción histórica, no como una medición realizada sobre un expediente ejecutivo completo.
La aspiración de convertirlo en uno de los mayores hospitales infantiles de la región formaba parte de la ambición del programa. No demuestra que esa condición se hubiera alcanzado: nunca llegó a funcionar.
Tampoco es responsable completar los vacíos con una autoría individual, una cifra de camas o una distribución de especialidades que no estén respaldadas por documentación identificable.
Qué puede leerse arquitectónicamente
Las fotografías permiten reconocer una construcción de gran escala, con repetición de niveles y una estructura de hormigón armado destinada a sostener un programa intensivo.
La lógica era distinta de la horizontalidad de Williams. Aquí la concentración en altura habría exigido ascensores operativos, abastecimiento permanente y una organización precisa de servicios.
Ese contraste importa. No había una única respuesta material a la expansión de la asistencia: una ciudad podía recibir un complejo concentrado, mientras un proyecto regional buscaba extenderse bajo una gran cubierta.
Pero en Warnes la estructura quedó privada de aquello que debía volverla utilizable.
Un edificio hospitalario no es la suma de columnas y losas. Sin instalaciones, cerramientos, circulación segura, equipamiento y mantenimiento, el volumen construido conserva su presencia urbana, pero no puede cumplir su misión sanitaria.

La suspensión y una segunda oportunidad que no se concretó
Las historias consultadas sitúan la paralización después del golpe de 1955. Se repite que faltaba aproximadamente un año para concluir, aunque sin certificados de avance y cronogramas no puede precisarse cuánto restaba realmente para una apertura operativa.
En 1957, el Poder Ejecutivo transfirió el predio sin cargo a la Municipalidad de Buenos Aires para habilitar un centro sanitario. Esa finalidad tampoco se concretó.
La transferencia demuestra que existió una formulación administrativa para otro destino sanitario. Su incumplimiento revela, a la vez, que transferir una obra no equivale a terminarla.
La suspensión inicial pertenece a la ruptura de 1955. La prolongación del abandono compromete una secuencia mucho más extensa de gobiernos y decisiones.
Del edificio inconcluso al lugar donde vivir
Las estructuras comenzaron a alojar familias sin vivienda. Así se consolidó el nombre con el que el conjunto quedó en la memoria porteña: Albergue Warnes.
La reconstrucción escolar y barrial registra 2.436 personas agrupadas en 646 familias, aunque también utiliza cantidades redondeadas al describir el realojamiento. No conviene combinar esos números con otras estimaciones periodísticas como si todos correspondieran al mismo relevamiento y fecha.
Desde la arquitectura, esa ocupación puede comprenderse como una adaptación forzada: personas que debían producir intimidad, descanso y vida doméstica dentro de una estructura concebida para otra función y sin condiciones suficientes.
No fue una solución habitacional adecuada. Pero reducir a sus habitantes a una imagen de peligrosidad también borra su trabajo cotidiano, sus organizaciones y su necesidad de vivienda.
El fracaso del hospital no debe convertirse en una condena moral de quienes encontraron allí un techo.
La propiedad, el traslado y la demolición
La falta de cumplimiento de la finalidad de la expropiación alimentó el reclamo de los antiguos propietarios. Las reconstrucciones consultadas sitúan en 1975 la resolución judicial que ordenó devolver el inmueble.
El 7 de diciembre de 1990 comenzó el traslado de los habitantes al nuevo barrio Ramón Carrillo, en Villa Soldati. La coincidencia del nombre resulta elocuente: las familias del hospital inconcluso fueron realojadas en un conjunto que homenajeaba al sanitarista asociado con aquella política pública.
El 16 de marzo de 1991, durante la intendencia de Carlos Grosso, los edificios fueron demolidos mediante implosión. La operación fue registrada por cámaras y presenciada por una multitud. La película Warnes, de Narcisa Hirsch, dejó un testimonio de ese acontecimiento.
Es importante decirlo con claridad: el golpe de 1955 no demolió Warnes. Interrumpió el proyecto hospitalario; la demolición ocurrió treinta y seis años después.

Lo que desapareció con los edificios
Las imágenes de la implosión muestran un acontecimiento físico: una estructura pierde estabilidad y cae.
La interpretación histórica es más compleja. Desaparecía una obra sanitaria nunca habilitada, pero también un lugar donde muchas personas habían construido vínculos y una vida cotidiana.
Afirmar que debía demolerse o que podía recuperarse exige conocer diagnósticos estructurales, costos, alternativas y decisiones de ese momento. Sin esos documentos, no corresponde presentar una conclusión técnica definitiva.
Sí puede señalarse una pérdida: con la desaparición del edificio se volvió más difícil leer directamente, en sus materiales, la distancia entre la ambición inicial y su desenlace.
Qué significa construir la posibilidad de cuidar
La arquitectura hospitalaria del peronismo no puede explicarse solamente como una colección de edificios monumentales. Tampoco como una sucesión de promesas incumplidas.
Hubo instituciones que abrieron y sostuvieron atención durante generaciones. Hubo capacidades creadas que tardaron años en utilizarse. Hubo programas sustituidos y proyectos que no superaron el papel.
Avellaneda y Lanús permiten discutir la dignidad de los espacios destinados a quienes necesitaban asistencia. El Posadas muestra cómo una forma arquitectónica puede sobrevivir a su programa inicial. Mar del Plata y Baigorria recuerdan que terminar una estructura no garantiza abrir sus puertas. Williams plantea la posibilidad de que el clima, la técnica y la vida cotidiana formen parte de una misma respuesta. Warnes expone el costo de una interrupción prolongada.
De ese recorrido surge una conclusión arquitectónica y política: el derecho a la salud necesita construcciones, pero también continuidad.
Necesita que alguien proyecte una sala y que otro la mantenga. Que la puerta exista y que pueda abrirse. Que la cama esté instalada y que haya quien cuide a la persona que la ocupa.
Construir un hospital es levantar un edificio. Construir la posibilidad de cuidar es conseguir que todo eso permanezca unido.



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