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Cap. 8 — La vivienda obrera: entre la casa y el parque colectivo

hace 3 horas
12 min de lectura

“Un plan de gobierno no puede ser la fría enumeración de intenciones a cumplir ni de proyectos a realizar. Eso sería un plan carente de alma; sería un verdadero muerto, por bonito y bien armado que estuviese. Un plan de gobierno, para que tenga alma, debe tener una doctrina, ya que la doctrina nacional es la verdadera alma colectiva del pueblo”.

                                                                                                    Juan D. Perón




Cuando el peronismo llegó al gobierno en 1946, el problema de la vivienda popular no era nuevo. Buenos Aires y las principales ciudades argentinas llevaban décadas creciendo más rápido que su infraestructura. Conventillos, pensiones, hacinamiento y alquileres elevados convivían con una expansión periférica cada vez mayor.

El déficit habitacional al comienzo del período ha sido estimado en alrededor de 650.000 viviendas.

Pero durante los primeros gobiernos de Juan Domingo Perón se produjo un cambio que excedió la cantidad de viviendas construidas.

La casa comenzó a ser considerada parte de una política social más amplia.

No se trataba solamente de construir un techo.

Había que construir el barrio.

Y alrededor de ese barrio debían aparecer la escuela, la plaza, el club, los servicios sanitarios, las calles, los árboles, el transporte y los espacios destinados al encuentro colectivo.

La arquitectura se convertía así en una herramienta para materializar una idea política: el trabajador no debía limitarse a sobrevivir en la ciudad; tenía derecho a habitarla.


LA COMUNIDAD ORGANIZADA TAMBIÉN NECESITABA UNA ARQUITECTURA


En abril de 1949, durante el Congreso Nacional de Filosofía realizado en Mendoza, Juan Domingo Perón desarrolló las ideas que quedarían asociadas a La Comunidad Organizada.

Su planteo buscaba superar dos extremos: el individualismo que entiende al hombre como un ser aislado y una concepción colectivista en la cual el individuo termina subordinado completamente al Estado.

Entre ambos aparecía la comunidad.

El hombre se realizaba individualmente, pero lo hacía dentro de una sociedad formada por familias, instituciones, asociaciones y organizaciones libres.

Si trasladamos aquella concepción al territorio —sin pretender que cada barrio haya sido la traducción literal del pensamiento filosófico de Perón— aparece una coincidencia notable con buena parte de la política urbana del período.

La vivienda no podía pensarse aislada de la comunidad.

Una casa sin escuela, sin plaza, sin transporte, sin atención sanitaria y sin espacios de encuentro podía resolver parcialmente un problema habitacional.

Pero difícilmente podía construir comunidad.

La casa representaba al individuo y a la familia.

La plaza, la escuela, el club y los espacios comunes representaban el encuentro.

Y el barrio era el lugar donde ambas dimensiones podían convivir.

La Comunidad Organizada comenzaba así a tener una posible expresión física.



DOS FORMAS DE IMAGINAR LA VIVIENDA


Casa Tipo A: elevación, planta y esquema de financiación. El dibujo permite leer la vivienda como organización de la vida familiar.

Fuente: estudio sobre el primer barrio jardín de Tucumán, SciELO.



La arquitectura residencial del primer peronismo estuvo lejos de responder a un único modelo.

Dentro del propio Estado convivieron distintas maneras de pensar la vivienda popular.

Una de ellas estaba representada por la casa individual, generalmente asociada al chalet, al jardín y al barrio de baja densidad.

Era la imagen de la casa propia.

Dormitorios independientes, cocina, comedor, baño, patio o jardín constituían un universo doméstico muy diferente del conventillo y de la habitación alquilada que habían caracterizado buena parte de la experiencia habitacional de los trabajadores urbanos.

Pero simultáneamente apareció otro modelo.

La vivienda colectiva.

Bloques y monoblocks permitían concentrar una cantidad considerable de viviendas y, al mismo tiempo, liberar suelo para espacios verdes y equipamientos comunes.

No era simplemente una diferencia estética.

Detrás de cada modelo existía una discusión sobre la ciudad.

¿Debía crecer mediante casas individuales extendidas sobre el territorio?

¿O debía concentrarse en conjuntos colectivos rodeados por grandes superficies libres?

El peronismo experimentó con ambas respuestas.


LOS PERALES: UNA CIUDAD DENTRO DE LA CIUDAD



Plano del conjunto Los Perales, en Mataderos: bloques residenciales, equipamiento y espacios colectivos dentro de una concepción integral del barrio.

Fuente: Aquí Mataderos.


Uno de los ejemplos más representativos fue el barrio Los Perales, en Mataderos.

El conjunto comprendió alrededor de 1.000 viviendas organizadas en bloques dentro de una superficie aproximada de veinte hectáreas.

Estamos hablando, por lo tanto, de unas mil familias.

Si consideramos hogares de cuatro o cinco integrantes —una estimación y no un dato censal de ocupación inicial— podemos imaginar una población del orden de 4.000 a 5.000 habitantes.

La dimensión ya permite comprender que no se estaba proyectando simplemente un edificio.

Se estaba construyendo un fragmento de ciudad.

La disposición de los bloques modificaba la relación tradicional entre vivienda y calle.

Entre ellos aparecían jardines, senderos y espacios destinados a la vida comunitaria.

La vivienda dejaba de terminar en la puerta del departamento.

El espacio entre los edificios también pertenecía al proyecto.

Allí estaba una de las transformaciones arquitectónicas más interesantes del período: el parque comenzaba a funcionar como extensión de la vivienda popular.


DEL CONVENTILLO AL BAÑO PROPIO


Para comprender la dimensión de aquella transformación hay que observar las plantas.


Prototipo de vivienda estatal del primer peronismo en Mendoza. Perspectiva y planta muestran la separación de dormitorios, cocina, baño y estar-comedor.

Fuente: investigación académica publicada por Redalyc.


Una familia que accedía a una vivienda estatal encontraba habitaciones diferenciadas, ventilación, iluminación natural, cocina y baño propio.

Hoy pueden parecer condiciones elementales.

En la Argentina urbana de mediados del siglo XX no necesariamente lo eran.

La arquitectura introducía intimidad.

El dormitorio dejaba de ser simultáneamente comedor, lugar de trabajo y espacio para dormir.

La cocina adquiría un lugar específico.

El baño ingresaba definitivamente al interior de la vivienda.

Por eso las plantas arquitectónicas cuentan una historia política.

Permiten observar cómo el Estado imaginaba la vida cotidiana de quienes iban a ocupar aquellas casas.


EL CHALET PERONISTA


Si los monoblocks representaban una respuesta colectiva al crecimiento urbano, la casa individual adquirió una fuerza simbólica extraordinaria.

El denominado popularmente “chalet peronista” terminó convirtiéndose en una de las imágenes arquitectónicas más reconocibles del período.

Techos inclinados de tejas, paredes revocadas, pequeños jardines y una escala doméstica deliberadamente alejada de cualquier monumentalidad conformaban una arquitectura fácilmente identificable.

Pero su importancia no estaba solamente en la forma.

Estaba en lo que representaba.

La casa propia.

El Banco Hipotecario llegó a disponer de decenas de modelos normalizados. Existían distintas superficies y soluciones adaptables a las necesidades familiares.

La estandarización permitía reducir costos sin renunciar necesariamente a la calidad arquitectónica.

Era arquitectura repetible.

Pero no necesariamente arquitectura precaria.


EL BANCO HIPOTECARIO: CONVERTIR EL SALARIO EN UNA CASA


“Dicen que nosotros damos al crédito una función política. Y acaso sea la única verdad entre tantas acusaciones mentirosas, porque lo cierto es que tratamos de servir al pueblo. ¡Primero, porque es pueblo y segundo porque es peronista!”

Juan D. Perón 


Aquí aparece uno de los instrumentos fundamentales de la política habitacional peronista: el Banco Hipotecario Nacional.

Entre 1946 y 1955 el Banco otorgó 302.938 préstamos destinados a la casa propia.

La cifra merece una aclaración.

No significa que el Estado haya construido directamente 302.938 casas.

Dentro de esas operaciones existieron créditos para construcción, adquisición y otras modalidades hipotecarias.

Pero el dato permite comprender la escala de la intervención.

En 1946 se registraron 8.275 operaciones.

En 1948 fueron 38.224.

En 1949, 47.379.

En 1953 llegaron a 54.733.

Y en 1954 alcanzaron 62.590 operaciones.

El crédito hipotecario había dejado de ser una herramienta destinada fundamentalmente a quienes ya poseían patrimonio suficiente para transformarse en un instrumento de política social.


EL PLAN EVA PERÓN: CUANDO LA CUOTA SE MEDÍA CONTRA EL SALARIO


A comienzos de la década de 1950 apareció una de las experiencias más interesantes.

El Plan Eva Perón del Banco Hipotecario estuvo dirigido especialmente a obreros y empleados.

Las viviendas de esta operatoria debían tener, en general, hasta 70 metros cuadrados.

El crédito podía financiar el valor de la construcción y contemplaba además una proporción destinada a facilitar la adquisición del terreno.

La tasa era aproximadamente del 4 al 4,5% anual y el plazo podía extenderse hasta 40 años.

Pero había una condición todavía más reveladora.

La cuota no podía superar el 30% del salario del trabajador.

Las fuentes utilizadas para estudiar aquella operatoria toman como referencia un salario aproximado de $1.500 moneda nacional mensuales.

Esto significa que la cuota máxima teórica se ubicaba alrededor de:

$450 mensuales.

La cuenta es sencilla:

$1.500 de salario × 30% = $450.

No estamos comparando pesos de 1953 con pesos actuales.

Estamos haciendo algo mucho más útil históricamente:

comparando vivienda con salario.

El criterio era que después de pagar la casa al trabajador debía quedarle aproximadamente el 70% de sus ingresos para alimentar a su familia, vestirse, transportarse y desarrollar su vida cotidiana.

La vivienda debía pagarse con el salario.

Pero no debía devorarlo.


«…En esta tarea de mejoramiento de las condiciones de vida, en lo que se refiere a vivienda, está empeñada mi propia esposa. Es una labor que hay que realizar con tanto tacto para no ofrecer la sensación de que uno va en contra de las personas a las que se desea ayudar. Hay que hacerlo amablemente, con un poco de humanidad, más que como medida oficial tratando de auxiliarlos directamente, porque sí se lo hace de una forma burocrática no lograríamos el efecto que buscamos. Procuramos resarcir a esa pobre gente, un poco, de sus sufrimientos llevándola a habitar a lugares tranquilos, con cariño y humanidad».

                                                                                      Juan D. Perón


UNA CASA PAGADA DURANTE UNA VIDA


Los plazos largos eran esenciales para que ese mecanismo funcionara.

En distintos programas encontramos financiaciones de 25, 30 y hasta 40 años.

Por ejemplo, en el barrio Peralta Ramos Oeste de Mar del Plata, desarrollado mediante el Plan Eva Perón, se construyeron 430 viviendas unifamiliares, tipo chalet argentino, sobre unas 27 hectáreas.

La adquisición se realizaba mediante cuotas mensuales durante 25 o 30 años.

Cuatrocientas treinta casas significaban cuatrocientas treinta familias.

Con una hipótesis conservadora de cuatro personas por vivienda, hablamos de alrededor de 1.700 habitantes.

Nuevamente aparece la escala urbana.

No se financiaba solamente una casa.

Se contribuía a construir un barrio.


“Mis joyas no me pertenecen. La mayor parte fueron regalos de mi pueblo.

Pero aún las que recibí de mis amigos o de países extranjeros, o del General, quiero que vuelvan al pueblo.

No quiero que caigan jamás en manos de la oligarquía y por eso deseo que constituyan, en el Museo del Peronismo, un valor permanente que sólo podrá ser utilizado en beneficio directo del pueblo.

Que así como el oro respalda la moneda de algunos países, mis joyas sean el respaldo de un crédito permanente que abrirán los bancos del país en beneficio del pueblo, a fin de que se construyan viviendas para los trabajadores de mi Patria.”

Evita (Mi Mensaje)


NO EXISTIÓ UN ÚNICO PLAN


Hablar de “las viviendas de Perón” como si todas hubieran surgido de un mismo programa es un error.

La política habitacional fue mucho más compleja.

Existieron construcciones directas del Estado, barrios desarrollados por organismos nacionales y provinciales, intervenciones de la Fundación Eva Perón, operatorias del Banco Hipotecario Nacional, créditos individuales para quienes poseían terreno, créditos destinados a adquisición y construcción y los posteriores Planes Eva Perón.

También participaron cooperativas, sindicatos y empresas.

Durante el segundo gobierno comenzó incluso a modificarse el papel estatal.

El Estado buscaba progresivamente financiar, planificar y asistir técnicamente, mientras cooperativas, sindicatos, particulares y empresas asumían una participación creciente en la construcción.

La consigna comenzaba a ser:

el Estado no necesariamente debía construir cada casa.

Debía conseguir que cada vez más argentinos pudieran construirla.



300.000 CASAS


El Segundo Plan Quinquenal proyectó alrededor de 300.000 nuevas viviendas.

El objetivo no llegó a completar su ciclo porque el gobierno fue derrocado en septiembre de 1955.

Sin embargo, cuando todavía faltaban aproximadamente dos años para terminar el período previsto por el Plan, se habían financiado 179.779 viviendas.

También es significativo observar hacia dónde se dirigieron los créditos.

A partir de 1952 aproximadamente el 59% de los préstamos para casa propia otorgados durante todo el período 1946-1955 se concentró en los últimos años, con una orientación creciente hacia viviendas obreras de menor superficie y costo.

El objetivo era aumentar la cantidad de familias capaces de acceder al sistema.



LA FUNDACIÓN EVA PERÓN: LA DIGNIDAD TAMBIÉN SE CONSTRUYE

La Fundación Eva Perón incorporó otra dimensión.

Sus intervenciones no buscaban únicamente resolver déficits cuantitativos.

La arquitectura debía transmitir dignidad.

Esta concepción explica una característica que posteriormente sería muy discutida: las viviendas destinadas a trabajadores podían incorporar terminaciones, dimensiones y características que algunos críticos consideraban excesivas para una vivienda social.

La pregunta escondía una discusión ideológica.

¿Qué calidad de vivienda merecía un trabajador?

Para una concepción asistencial tradicional, la vivienda popular debía ser económica, mínima y suficiente.

La arquitectura promovida por el peronismo introducía otra posibilidad:

que la vivienda social no tuviera necesariamente que parecer pobre.



LA CASA Y EL BARRIO

Pero quizás el aspecto más importante de aquella experiencia no se encuentre dentro de las viviendas.


Vista aérea de Ciudad Evita. La vivienda se integra a una operación territorial de calles, forestación, servicios y equipamientos.

Fuente: El Nacional de Matanza.


Está afuera.

Los conjuntos incorporaban o proyectaban escuelas, comercios, espacios deportivos, centros sanitarios, plazas y lugares comunitarios.

La unidad de planificación dejaba de ser exclusivamente la casa.

Era el barrio.

Y aquí volvemos a La Comunidad Organizada.

Porque una comunidad no puede organizarse exclusivamente dentro de las cuatro paredes de una vivienda.

Necesita lugares de encuentro.

La vereda.

La plaza.

La escuela.

El club.

El comercio.

El parque.

La arquitectura doméstica formaba parte de una arquitectura territorial.



DE LA COMUNIDAD ORGANIZADA A LA CASA COMÚN

Más de seis décadas después, otro argentino plantearía una reflexión que, desde una tradición y un contexto completamente diferentes, permite establecer un paralelismo particularmente sugerente.

En 2015, Jorge Bergoglio, el papa Francisco, publicó la encíclica Laudato si'.

Su tema central era el cuidado de la Casa Común y la crisis ambiental.

Pero Francisco fue más allá de una mirada exclusivamente ecológica.

Habló de ciudades.

De barrios.

De vivienda.

De transporte.

De espacios verdes.

De pertenencia.

Y de la necesidad de entender que la calidad del ambiente humano también depende de las relaciones que una comunidad construye.

El paralelismo con la experiencia habitacional del primer peronismo resulta sugestivo.

No porque Laudato si' sea una continuación de la política arquitectónica peronista.

Tampoco porque aquella arquitectura de mediados del siglo XX pueda juzgarse mediante parámetros ambientales elaborados sesenta años después.

Eso sería históricamente incorrecto.

La coincidencia está en otro lugar.

En ambos casos aparece la idea de que el individuo no puede comprenderse separado de su ambiente y de su comunidad.

Perón hablaba de una Comunidad Organizada.

Francisco habla de una Casa Común.

Uno lo hacía desde una filosofía política desarrollada en la Argentina industrial de mediados del siglo XX.

El otro desde una reflexión social, ambiental y religiosa del siglo XXI.

Pero entre ambos aparece una pregunta sorprendentemente parecida:

¿puede existir una vida verdaderamente digna cuando el espacio que rodea al hombre es indigno?



EL PARQUE ENTRE LOS MONOBLOCKS

Esta comparación adquiere una dimensión específicamente arquitectónica.

Francisco advierte en Laudato si' sobre los problemas de las ciudades desordenadas, congestionadas y carentes de suficientes espacios verdes.

También reivindica los lugares comunes capaces de producir arraigo y sentimiento de pertenencia.

Volvamos entonces a Los Perales.

Miremos nuevamente el espacio entre los edificios.

El árbol.

El sendero.

El banco.

El lugar donde juegan los chicos.

La distancia entre un bloque y otro.

Aquello que aparentemente era simplemente “espacio libre” deja de serlo.

Es arquitectura.

Porque allí se produce una parte de la vida comunitaria.

Una ciudad no está formada solamente por edificios.

Está formada también por los espacios que dejamos entre ellos.



EL GRAN BUENOS AIRES: CASA, FÁBRICA Y TRANSPORTE

El crecimiento industrial transformó profundamente el territorio que rodeaba a la Capital Federal.

Avellaneda, Lanús, Quilmes, Berazategui, La Matanza, San Martín y otros partidos recibieron miles de trabajadores atraídos por las nuevas industrias.

La cuestión habitacional era inseparable de aquel proceso.

Fábrica, transporte y vivienda comenzaron a construir una nueva geografía metropolitana.

La vivienda debía estar relacionada con el lugar de trabajo.

El barrio necesitaba conectividad.

La escuela debía acompañar a las nuevas familias.

Los servicios tenían que llegar allí donde la ciudad se expandía.

Otra vez aparece la Comunidad Organizada.

Pero esta vez dibujada sobre el territorio.


1955: INTERRUMPIR Y CAMBIAR LOS NOMBRES

El golpe de Estado de septiembre de 1955 no produjo solamente la caída de un gobierno.

También intervino sobre su arquitectura.

La llamada Revolución Libertadora revisó las políticas del Banco Hipotecario, modificó organismos y sometió operaciones a nuevos controles.

Numerosos nombres vinculados a Perón y Eva Perón fueron eliminados de edificios, barrios e instituciones.

Algunos proyectos fueron interrumpidos.

Otros continuaron bajo nuevas administraciones o denominaciones.

La arquitectura permanecía.

Pero se intentaba borrar el significado político con el que había sido construida.

Porque un edificio puede cambiar de nombre.

Puede desaparecer una placa.

Puede modificarse una inauguración.

Pero resulta mucho más difícil eliminar del territorio una escuela, un hospital o miles de viviendas.

La arquitectura terminó funcionando, incluso involuntariamente, como una forma material de memoria.


CONSTRUIR UNA FORMA DE VIVIR

La política habitacional del primer peronismo tuvo contradicciones, diferentes organismos, modelos arquitectónicos enfrentados y proyectos que no siempre llegaron a completarse.

El déficit habitacional tampoco desapareció.

No existió una única “arquitectura peronista”.

Existieron muchas.

El chalet y el monoblock.

La casa individual y la vivienda colectiva.

El barrio jardín y el gran conjunto.

El crédito hipotecario y la construcción directa.

Pero detrás de aquellas diferencias puede encontrarse una pregunta común:

¿cómo debía vivir un trabajador?

La respuesta que ensayó aquel Estado fue arquitectónica, económica, social y profundamente política.

Una casa debía tener habitaciones, cocina y baño.

Pero alrededor de esa casa también debía existir una escuela.

Una plaza.

Un club.

Un hospital.

Un camino.

Un transporte.

Un árbol.

Un lugar donde los chicos pudieran jugar.

Un espacio donde encontrarse con los otros.

Porque quizás la transformación más profunda de aquella política habitacional haya sido comprender que construir viviendas no era solamente levantar paredes.

Era construir barrio.

Era construir ciudad.

Era organizar el territorio alrededor de la vida humana.

En 1949 Perón lo pensaba como Comunidad Organizada.

Más de sesenta años después, Francisco propondría pensar el planeta y nuestras ciudades como Casa Común.

Entre ambas ideas existe una distancia histórica enorme.

Pero también una pregunta que las atraviesa:

¿de qué sirve tener una casa si alrededor de ella resulta imposible construir comunidad?

1 comentario


mconfa
hace 2 horas

Excelente nota

Una nota que permite entender que para el peronismo la vivienda nunca fue solamente construir una casa. Fue pensar el barrio, la escuela, la plaza, el club, el transporte, los espacios verdes y, fundamentalmente, la comunidad.


La vivienda como derecho y como parte de un proyecto de vida digna. Una mirada que sigue teniendo enorme vigencia frente a los desafíos habitacionales de nuestro tiempo.

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