Cap. 4: La república de los niños
- Pablo Insua

- hace 20 horas
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Arquitectura, democracia y memoria de una ciudad pensada para la infancia.

A pocos kilómetros del centro de La Plata, en la localidad de Manuel B. Gonnet, existe una pequeña ciudad con palacios, Parlamento, Casa de Gobierno, banco, iglesia, estación ferroviaria, comercios, plazas y calles. Todo fue construido a una escala particular y con un propósito que iba mucho más allá del entretenimiento: que los niños pudieran conocer, mediante la experiencia, cómo funcionaban las instituciones de una sociedad democrática.
La República de los Niños es, al mismo tiempo, una extraordinaria obra arquitectónica, un proyecto pedagógico y uno de los testimonios materiales más singulares de las políticas públicas destinadas a la infancia desarrolladas durante el primer peronismo.
De un campo de golf a una ciudad para los niños
El predio había pertenecido al Swift Golf Club, vinculado al frigorífico Swift de la zona de Berisso. En 1949, durante la gobernación bonaerense del coronel Domingo Mercante, comenzó a desarrollarse allí el proyecto de la República de los Niños.
La iniciativa formaba parte de una concepción mucho más amplia sobre el lugar que debía ocupar la infancia dentro de las políticas sociales del Estado.
Las obras comenzaron en 1949 y se desarrollaron con extraordinaria rapidez. Alrededor de 1.600 trabajadores participaron de la construcción y llegaron a instalarse barracas dentro del propio predio para poder mantener el ritmo de los trabajos.
Dos años después, el 26 de noviembre de 1951, la República de los Niños fue oficialmente inaugurada. El acto fue encabezado por el presidente Juan Domingo Perón.
La obra ocupaba aproximadamente 53 hectáreas y combinaba espacios urbanos, rurales, deportivos y recreativos.
Pero su característica distintiva era otra: no se había construido solamente un parque de diversiones.
Se había construido una ciudad.
Los arquitectos de una ciudad imposible
El proyecto arquitectónico estuvo a cargo de Jorge Lima, Alberto Cuenca y Julio César Gallo.
Los arquitectos tomaron referencias deliberadamente diversas. En lugar de reproducir una única tradición arquitectónica, construyeron una suerte de recorrido imaginario por diferentes culturas y períodos históricos.
Entre sus fuentes de inspiración estuvieron los cuentos de Hans Christian Andersen y de los hermanos Grimm, además de las leyendas medievales recuperadas por Alfred Tennyson.
Por eso caminar por la República implica encontrarse sucesivamente con edificios que recuerdan castillos centroeuropeos, palacios orientales, construcciones normandas, edificios italianos y arquitecturas medievales.
La diversidad no constituye un accidente.
Forma parte de la propuesta.
El niño debía ingresar a un territorio diferente del mundo cotidiano.
Arquitectura a escala infantil
Uno de los mayores valores del conjunto reside en que los edificios no fueron concebidos simplemente como decorados.
Muchos poseen interiores completamente desarrollados y una extraordinaria cantidad de elementos especialmente diseñados para el proyecto.
Según recordó posteriormente el arquitecto Jorge Lima, alrededor del 60 por ciento de los elementos utilizados fueron realizados especialmente en el lugar.
Se fabricaron herrajes, lámparas de hierro forjado, muebles, bloques coloreados que imitaban piedra, piezas cerámicas, revestimientos y hasta elementos destinados específicamente a las cúpulas de algunos edificios.
Eso explica parte de la enorme riqueza material que todavía puede observarse.
El paisaje también había sido cuidadosamente trabajado. El antiguo campo de golf había dejado ondulaciones artificiales y extensas superficies verdes. Sobre esa base se incorporaron nuevas forestaciones y se organizó un lago central con una isla.
La arquitectura y el paisaje debían funcionar como una unidad.
Una vuelta al mundo en pocas cuadras
El Centro Cívico constituye el corazón arquitectónico y simbólico de la República.
Allí se encuentran representadas las principales instituciones de un Estado.
La Casa de Gobierno posee torres y cubiertas de formas fantásticas que recuerdan los palacios de los cuentos europeos.
El Banco Infantil tomó como referencia elementos del Palacio Ducal de Venecia.
El Palacio de Cultura presenta influencias orientales y particularmente referencias al Taj Mahal.
La Legislatura remite a la arquitectura parlamentaria británica y contiene los recintos destinados a las cámaras legislativas infantiles.
La capilla dedicada a la Virgen de Lourdes combina grandes techos de influencia normanda, galerías laterales, torres y campanarios.
El resultado constituye uno de los conjuntos de arquitectura historicista y escenográfica más particulares realizados en la Argentina durante el siglo XX.
Pero la monumentalidad tiene una peculiaridad fundamental: está subordinada a la mirada infantil.
Aprender democracia jugando
La arquitectura tenía una función pedagógica.
La República pretendía reproducir, de manera comprensible para un niño, las instituciones fundamentales de una sociedad organizada.
Había Poder Ejecutivo.
Había Parlamento.
Había Justicia.
Había banco.
Había correo.
Había medios de comunicación.
Había espacios comerciales y culturales.
Los niños podían conocer las instituciones, elegir representantes y participar de experiencias vinculadas al funcionamiento de la democracia.
Por eso el nombre República no era simplemente una denominación pintoresca.
Era prácticamente el programa pedagógico del lugar.
La idea consistía en transformar conceptos abstractos —ciudadanía, representación, derechos, obligaciones, instituciones— en una experiencia concreta.
Después de 1955
La historia del predio acompañaría, de una manera sorprendentemente directa, las interrupciones democráticas de la Argentina.
Después del golpe de Estado de septiembre de 1955 que derrocó al gobierno de Juan Domingo Perón, el lugar atravesó un proceso de deterioro y abandono.
La intervención sobre su identidad llegó incluso al nombre.
En 1963 pasó a denominarse Ciudad de los Niños, eliminando la palabra “República”.
El cambio puede parecer menor, pero resulta particularmente significativo en un proyecto cuyo fundamento original había sido precisamente enseñar a los niños el funcionamiento de una república democrática.
En diferentes momentos posteriores existieron intentos de recuperación y nuevas actividades culturales. En 1968, por ejemplo, comenzó a funcionar el Museo Internacional de los Muñecos.
Con el retorno democrático de 1973 volvió a adquirir una fuerte dimensión política y simbólica.
Pero esa recuperación sería nuevamente interrumpida.
La República durante la última dictadura
La dictadura cívico-militar iniciada el 24 de marzo de 1976 produjo otro cambio decisivo en la historia institucional del predio.
En 1979, mediante el Decreto-Ley 1.294, la administración de la República de los Niños fue transferida a la Municipalidad de La Plata.
La medida contemplaba además la posibilidad de avanzar sobre una explotación privada del complejo.
Durante ese período su explotación fue adjudicada a Zanón Hermanos, empresa vinculada al conocido parque de diversiones porteño Italpark.
Parte de los edificios del Centro Cívico dejaron entonces de cumplir plenamente la función pedagógica para la cual habían sido concebidos y fueron utilizados para tareas administrativas relacionadas con la concesión.
La paradoja histórica resulta difícil de ignorar.
Un espacio creado para que los niños aprendieran el funcionamiento de las instituciones democráticas quedó durante una dictadura sometido a una administración que alteraba precisamente aquella concepción original.
La democracia vuelve a la República
La recuperación democrática de 1983 abrió una nueva etapa.
El Concejo Deliberante de La Plata impulsó la recuperación del predio y durante los años siguientes comenzaron diferentes trabajos destinados a devolverle su sentido educativo.
En 1985 fue designado director Guillermo Chielli.
Durante su gestión se realizaron mejoras y se creó un Departamento Pedagógico-Cultural, desde donde volvió a impulsarse un programa de democracia infantil.
De alguna manera, la recuperación del edificio acompañaba la recuperación institucional del país.
La República volvía a enseñar democracia cuando la Argentina volvía a vivir en democracia.
De parque infantil a patrimonio nacional
Con el paso del tiempo comenzó también una nueva valoración de la República.
Ya no solamente como espacio recreativo sino como patrimonio arquitectónico, histórico y cultural.
El 27 de diciembre de 2001, mediante la Ley Nacional 25.550, el conjunto fue declarado Monumento Histórico Nacional.
La declaración reconoció definitivamente un valor que excedía ampliamente su utilización como parque.
Durante las décadas siguientes se desarrollaron diferentes programas de conservación y restauración. En 2008, por ejemplo, la Provincia de Buenos Aires firmó un convenio con la Universidad Nacional de General San Martín destinado a investigar históricamente el conjunto y avanzar en su restauración.
La conservación presenta un desafío particular.
No se trata de preservar un edificio aislado.
Son decenas de construcciones, espacios verdes, caminos, esculturas, equipamientos, instalaciones y elementos ornamentales distribuidos sobre más de cincuenta hectáreas.
Y además se trata de un patrimonio vivo: miles de personas continúan utilizando el lugar.
Una obra que logró sobrevivir
Más de siete décadas después de su inauguración, la República de los Niños continúa funcionando en Gonnet bajo administración de la Municipalidad de La Plata.
Sobrevivió al derrocamiento del gobierno que la había creado, a períodos de abandono, cambios de nombre, dictaduras, concesiones privadas, controversias administrativas y sucesivos proyectos de recuperación.
Algunos edificios y elementos del conjunto han requerido —y continúan requiriendo— trabajos de mantenimiento y restauración, algo inevitable en un complejo de semejante escala y antigüedad.
Pero el trazado fundamental permanece.
Y también permanece una parte importante de aquella arquitectura extraordinariamente detallada construida entre 1949 y 1951.
Mucho más que un parque
Existe una conocida historia según la cual Walt Disney habría visitado la República de los Niños y posteriormente habría tomado ideas de ella para Disneyland.
La historia se repite desde hace décadas y forma parte de la mitología del lugar. Sin embargo, no existe documentación histórica concluyente que permita afirmar como hecho comprobado que Disney haya visitado el predio o que Disneyland haya surgido a partir de aquella visita.
La República no necesita esa leyenda para demostrar su importancia.
Su verdadero valor es suficientemente extraordinario.
Fue concebida antes de la inauguración de Disneyland, que abrió sus puertas en California en 1955, y constituye uno de los ejemplos tempranos más notables de construcción integral de un mundo urbano destinado específicamente a la infancia.
Pero además poseía una diferencia conceptual fundamental.
No se trataba solamente de ingresar a un mundo de fantasía.
Se trataba de ingresar a una sociedad.
Una pequeña ciudad para una idea enorme
Quizás allí se encuentre la característica más notable de la República de los Niños.
Detrás de sus castillos, torres, palacios, puentes y pequeñas calles existía una idea profundamente moderna: considerar al niño como ciudadano.
El Estado podía explicarse jugando.
La democracia podía aprenderse ocupando una banca.
La cultura podía tener su palacio.
El gobierno podía abrir sus puertas.
Una ciudad podía adaptarse al tamaño de sus habitantes más pequeños sin reducir la importancia de aquello que pretendía enseñarles.
Por eso la República de los Niños debe ser observada simultáneamente como obra arquitectónica, patrimonio del primer peronismo, experiencia pedagógica y documento material de la historia política argentina.
Su propia trayectoria parece resumir parte de esa historia.
Nació durante un gobierno democrático con la intención de enseñar ciudadanía. Fue transformada después de golpes de Estado. Perdió incluso durante un tiempo la palabra “República”. Atravesó la última dictadura bajo un régimen de concesión y volvió a recuperar su dimensión pedagógica con el regreso democrático.
Setenta y cinco años después de iniciada aquella experiencia, sus pequeños edificios continúan en pie.
Y probablemente esa sea su mayor singularidad: una ciudad construida a escala de los niños que terminó convirtiéndose en un enorme testimonio de la historia argentina



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