La revolución fusiladora y la resistencia peronista

El 16 de junio de 1955, la Marina y sectores del Ejército bombardearon la Plaza de Mayo matando a más de 300 civiles. Fue el preludio del golpe del 16 de septiembre. Perón, sitiado, firmó su renuncia y partió al exilio. Inmediatamente, el general Eduardo Lonardi asumió con la frase conciliadora: “ni vencedores ni vencidos”. Duró 56 días.
Su reemplazo, el general Pedro Eugenio Aramburu, implementó la proscripción total: disolvió el Partido Peronista, intervino los sindicatos, prohibió la utilización de símbolos (el escudo, la canción “Los muchachos peronistas”, la foto de Perón) y declaró ilegal la mera mención de su nombre.
La clase trabajadora argentina, que entre 1945 y 1955 había duplicado su participación en el ingreso nacional y obtenido derechos como el aguinaldo, las vacaciones pagas y la jornada de 8 horas, vio ese universo amenazado.
La resistencia no nació por nostalgia, sino por la defensa concreta de conquistas laborales y de un lugar en la sociedad que el peronismo les había garantizado.
El 16 de setiembre de 1955 el golpe gorila bautizado como Revolución Libertadora derrocó de la presidencia a Juan Domingo Perón.
Tras el asesinato en 1956 de más de 27 militantes peronistas luego del frustrado levantamiento del General Valle, los trabajadores la rebautizaron como la «revolución fusiladora».
La fusiladora llevó al poder a una junta encabezada por el General Eduardo Lonardi -que al poco tiempo será desplazado- el General Pedro Aramburu y el Almirante Isaac Rojas.
Perón capituló sin luchar, llamando a evitar un derramamiento de sangre. Los funcionarios peronistas y los burócratas sindicales de entonces siguieron los mismos pasos.
Los gorilas ejercieron su revanchismo asaltando sindicatos con los comandos civiles -entre los que se encontraban militantes comunistas- mientras las señoras «bien» de la Argentina burguesa festejaban volver a tener «sirvientas baratas».
El golpe fue promovido desde los EE.UU. y apoyado por la burguesía, la oligarquía terrateniente, la Iglesia Católica, la UCR, el Partido Socialista y el Partido Comunista, entre otros.
Su objetivo era permitir una mayor penetración imperialista, liquidar las conquistas de los obreros y a sus organizaciones de base.
Ante la capitulación del peronismo, la respuesta al golpe corrió por cuenta de los trabajadores. En algunas zonas como Rosario, Berisso y Ensenada la resistencia tardó casi dos semanas en ser liquidada.
Pero tiempo después una formidable oposición obrera -la «resistencia peronista»- enfrentará al régimen libertador impidiendo que se consolide la ofensiva patronal imperialista.
La resistencia peronista
Para comprender su evolución, dividimos este período en cuatro fases clave. Cada una modificó las tácticas, los protagonistas y los objetivos.
Primera Fase (1955-1958): La resistencia civil y los comandos clandestinos
Tras el golpe, la respuesta fue inmediata pero descoordinada. Nacieron los “Comandos de Resistencia” en fábricas y barrios. Las acciones incluían:
Sabotaje industrial: Cortes de luz, rotura de maquinarias, pintadas con consignas peronistas.
Huelgas salvajes: Sin aviso legal, como la ola de paros en los frigoríficos de Berisso y Avellaneda.
El “Plan de lucha” de la CGT: La Confederación General del Trabajo, intervenida, operaba desde la clandestinidad. El 22 de noviembre de 1956, el general Juan José Valle encabezó un levantamiento militar peronista (fusilado junto a otros civiles y militares en junio de 1956). Ese hecho radicalizó a la base: ya no había vuelta atrás.
Segunda Fase (1958-1962): La resistencia sindical y el “Plan de Lucha” de Vandor
En 1958 asume Arturo Frondizi (UCRI) con un discurso que prometía integrar al peronismo. Frondizi legalizó parcialmente la actividad sindical, pero mantuvo la proscripción electoral. Aquí emerge la figura de Augusto Timoteo Vandor, metalúrgico, líder de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM).
Vandor planteó un pragmatismo duro: “Para volver, hay que estar”. Propuso que los sindicatos presionaran sin romper el sistema. En 1959, lanzó un Plan de Lucha que incluyó ocupaciones de fábricas y una huelga de 37 días.
El resultado fue ambiguo: Frondizi dictó el “Plan Conintes” (Conmoción Interna del Estado), poniendo a los huelguistas bajo tribunales militares. La resistencia aprendió que el gobierno civil podía ser tan represivo como el militar.
Tercera Fase (1963-1969): El “Peronismo sin Perón” y el surgimiento de la nueva izquierda
El gobierno de Arturo Illia (UCRP) intentó una “desperonización educativa” y mantuvo la proscripción. Fue el momento de mayor fragmentación interna:
Los sindicalistas ortodoxos (Vandor, luego asesinado en 1969) negociaban con el poder de facto buscando un “peronismo sin Perón”.
Los “Comandos de la Juventud Peronista” (CJP): Nacen en 1965, liderados por estudiantes y obreros jóvenes que rechazaban el sindicalismo burocrático. Comienzan a vincularse con experiencias guerrilleras (como el Frente Revolucionario Peronista y luego las FAR – Fuerzas Armadas Revolucionarias).
La figura de Perón desde Madrid: Perón maniobró hábilmente. Desde el exilio, envió directivas contradictorias: a veces apoyaba a Vandor (para mantener el control sindical), otras bendecía a la juventud radicalizada (para presionar a la cúpula).
Más tarde, con el Cordobazo en 1969, la clase trabajadora logrará el retorno de un Perón dispuesto a salvar al poder burgués frente al auge obrero.
La experiencia política de los trabajadores con el peronismo llevará al enfrentamiento abierto en las huelgas de junio y julio de 1975 que deberá ser liquidado con el golpe genocida de 1976.
Paradójicamente la consumación de la entrega nacional y la liquidación de las conquistas obreras se hicieron bajo el gobierno peronista de Carlos Menem.
La lección es presente, hay que conquistar la independencia política de los trabajadores. La misma oligarquía con su patrón estratégico el imperialismo yanqui, ingles o sionista continua sojuzgando a la clase trabajadora con políticas de hambre y métodos represivos que van desde apalear jubilados y sectores en lucha hasta el silenciamiento de todo tipo de voces críticas y la estigmatización del periodismo.
La tarea de la hora es construir una herramienta política verdaderamente de los sectores populares que cuente con una independencia real de los proyectos oligárquicos que acechan sin cesar.
Un proyecto de liberación con una perspectiva nacional y popular.




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