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El cuarto de Tata

16 jul
8 min de lectura

Por: Rodrigo Cárdenas



Salimos apuradísimos de casa. Mi viejo insistía con que quería seguir durmiendo la siesta. Mamá le decía que solo íbamos un ratito, y esa discusión se sostuvo durante las tres cuadras que nos separaban de la casa de mis abuelos maternos.

Había venido mi primo Hernán, de Mercedes, a visitarnos. En realidad, un poco a jugar conmigo y otro poco porque su familia necesitaba sacárselo de encima. Mis tíos mercedinos, por parte de papá, sufrían mucho las aventuras de Hernancito, que era incontrolable, intenso, valiente y porfiado, y al que era difícil sacar del mundo de la calle. Entonces resolvían mandarlo a visitar parientes dos fines de semana al mes, por lo menos. Era mi ídolo. Tenía trece años; me llevaba dos.

Fueron tres cuadras eternas. No vimos ningún auto, ningún negocio abierto, ninguna persona en la calle. Solo se escuchaban voces que venían de los departamentos. Como muchos domingos, pero peor. Ya eran las tres y cinco de la tarde y el silencio era tenso, muy tenso, como el momento previo a un trueno.

Con Hernán veníamos adelante y le llevábamos más de media cuadra a mis viejos. En la esquina de Austria y Arenales, Hernán se acostó sobre el pavimento, desafiando a la soledad y a la suerte. Pese a los gestos insistentes para que lo acompañara, no me animé. Mi viejo vino corriendo a los gritos:

—¿Qué hacés, chantapufi? ¿Te querés matar? ¿Nos querés matar? ¿Yo después qué le digo a tu viejo? ¿Que te dejaste pisar por un auto?

Hernán no esperaba esa reacción y se levantó impertérrito. Mamá nos alcanzó y tocamos el timbre, mientras ella mascullaba:

—Qué barbaridad, qué barbaridad.

Yo no podía más de risa. Hernán me codeaba con vehemencia, ofuscado.

Se escuchó la voz de mi abuela Mamina, que nos dijo que subiéramos. Los cuatro entramos al ascensor. Tercer piso.

Nos abrió mi hermano Joaquín. Su cara reproducía el sentir de todos los que estaban allí. Nadie dijo nada, pero obviamente nos insinuaban con sus miradas el tremendo error que estábamos cometiendo al llegar cuando ya habían transcurrido doce minutos de la final de la Copa del Mundo. Nuestra final. La de los veinticinco millones. La de "todos los argentinos".

Mi abuelo nos recibió desde su amable y antiquísimo sillón, de un par de siglos atrás, con la cabeza levemente levantada y la pipa en la mano izquierda. Frente al televisor estaban mis seis tíos —tres hombres y tres mujeres— y doce primos: diez varones y dos mujeres. Solo faltaba mi hermano Laucha.

Durante el transcurso del partido, mamá tomaba uno de sus rutinarios tés, muy ajena al acontecimiento, casi de espaldas al televisor. Mi viejo se iba sirviendo con asiduidad el buen whisky que ofrecía la casa de mis abuelos.

Hernán era cero futbolero y yo, si bien siempre fui bastante hincha, no podía concentrarme. Algo me angustiaba. Algo no me dejaba en paz.

Cuando Kempes hizo el primer gol, explotaron los balcones de alegría y, con Hernán, en medio de abrazos y brazos extendidos, nos fuimos al cuarto de Tata a jugar a la payana. Hernán había traído dados y, de a poco, la angustia se fue disipando. Me volvió el entusiasmo de estar junto a mi primo.

Obviamente me ganó varias veces. Como siempre.

Hernán era campeón de payana en todo el oeste de la provincia de Buenos Aires. Ganó partidas emblemáticas en Luján, Moreno, General Rodríguez y Chivilcoy. El título lo obtuvo en su Mercedes natal, ganándole la semifinal a Osvaldo Principi y la final a Felipe Pigna, que también eran chicos mercedinos.

Nos dimos cuenta de que había terminado el primer tiempo porque se escucharon voces eléctricas y chillonas, las puertas de los dos baños cerrarse con cierto apuro, vajillas y platos que se chocaban, y el abrir y cerrar de la heladera.

Mamá vino a preguntarnos si estábamos bien. Nos vio sonriendo y se fue a la cocina.

En eso sonó el teléfono, que estaba allí mismo, sobre la mesa de luz de Tata. Mamina pidió desde lejos que atendiéramos. Levanté el tubo y, del otro lado, hubo un silencio extraño. Pregunté varias veces quién estaba allí. No escuché nada. Cuando estaba a punto de cortar, sentí que alguien respiraba, como si hubiese aguantado la respiración durante todos esos segundos. Y cortó.

Mamá volvió y le dije que era un número equivocado.

—¿Estás seguro, Rodri?

—Segurísimo, ma.

Empezó el segundo tiempo y todo continuaba en el living: el Mundial, los gritos, las risas y los televisores a todo lo que daban.

Hernán empezó, de a poco, a revisar las cosas del cuarto y cada tanto me miraba cómplice. Un placard, la cómoda, una mesa de luz y luego la otra. Se sentó en la cama.

Yo no podía dejar de pensar en esa llamada. ¿Y si era algún militar para asustarnos? ¿Y si era Laucha, que nos quería hablar, pero no lo dejaban? Me daba miedo que volviera a sonar.

Hasta que escuché la voz del pelotudo de mi primo Ignacio, que venía desde el living. Una especie de torturador de la vida cotidiana. Un tipo que siempre intentaba que la pasaras mal, criticando todo y a todos, haciendo bullying a propios y extraños.

—¡¡Cómo nos empataron estos mierdas!! ¡¡Holandeses maricones!!

Lo expresó con esa inmunda boca de labios finos.

Ahí se produjo un silencio llamativo, por lo que me fui para el living. Mi viejo le estaba diciendo al estúpido que, al menos, los maricones que vos decís son el único país, junto con Francia, que está tratando de que salga a la luz el tema de los desaparecidos en Argentina.

Nadie dijo nada.

Me volví al cuarto. Cuando entré vi que Hernán no estaba.

«Habrá ido al baño», pensé.

Me senté en la cama y no podía sacar la vista del teléfono.

En eso vi movimiento dentro del placard. Me sobresalté. Me dieron ganas de hacer caca. Mi primo salió de ahí metiéndose la mano en el bolsillo. Cerró con rapidez la puerta, se sentó a mi izquierda, me hizo un gesto cómplice, me guiñó un ojo y apoyó el dedo índice, en posición vertical, sobre los labios.

Era la primera vez que me tocaba participar de un robo.

«Atroz» no alcanza a describir con exactitud el miedo que sentía en ese cuarto.

De pronto se escucharon los alaridos por el segundo gol de Kempes y, poco después, el tercero, que acabaría con el partido. Llegaron los bocinazos y toda mi familia salió al balcón a festejar. Mamá iría por su tercer tecito y papá por su sexto whisky.

Hernán salió al balcón a observar la muchedumbre.

Papá, mamá, mi abuelo Tata y yo nos quedamos en el living.

Ninguno dijo una palabra.

Tata se fue despacito para el cuarto. Antes de perderse por el pasillo alcanzó a decir:

—Qué país de locos.

Y entró en su habitación.

Intempestivamente, todos salieron para la calle, menos mi viejo, mi hermano Joaquín —el mayor, que no decía ni una palabra porque, entre otras cosas, había nacido mudo—, y yo. A Joaquín se lo notaba shockeado, pero firme.

A mí me atormentaba imaginar lo mal que se estarían sintiendo mis viejos ante tanta algarabía, pero no quería mirarlos.

Tata estaba en su cuarto, acompañado por Mamina y por un buen café.

Mientras los bocinazos, los gritos de alegría y la característica marcha del Mundial 78 sonaban en distintas versiones y en volúmenes difíciles de soportar, Mamina vino al living un poco confundida, un poquito pálida y abstraída.

Se acercó a mamá con gesto confidencial y, casi al oído, le susurró:

—Tu padre no respira y tiene los ojos cerrados.

—¿Qué?

—No sé qué le pasa. Le hablo y no me responde.

Con mi viejo y Joaquín salimos disparados para el cuarto.

Todos rodeamos la cama.

Tata estaba en paz.

Joaquín intentó reanimarlo.

Nada.

Mamá bajó la cabeza.

Nada.

Mi viejo lo zamarreaba mientras decía:

—Yo lo había visto mal... A alguien se lo dije. Pero la puta madre... Justo hoy le pasa esto.

Nada.

Mamina acotó:

—¿Quieren un tecito? Tengo scones.

No supimos qué responder.

Me tocó a mí bajar a darle la noticia a los demás.

Joaquín marcó el teléfono del médico y se lo pasó a papá, que, a su vez, iba gestionando el traslado desde Lázaro Costa. Lo velaríamos allí mismo, como se acostumbraba en esa época.

Bajé y, cuando mis primos y mis tíos me vieron, enseguida preguntaron qué había pasado.

Solo les dije:

—Falleció el Radicha.

En casa a Tata le decíamos el Radicha.

Mi viejo no tenía mucha simpatía por los radicales, a quienes calificaba de diferentes maneras: ladrones de guante blanco, inútiles, vendepatrias, hipócritas, ateos y muy pelotudos.

De todos modos, a Tata lo quería. Lo respetaba, además, por ser un honorable juez de la Nación.

Tata era querible. Era buen tipo, honesto, ético, gran contador de cuentos terroríficos para niños y el mejor fabulador de historias que tuve el privilegio de conocer.

Un hombre que, más allá de su rigidez y de su alta alcurnia, estaba profundamente conmovido por la desaparición de Laucha y que, gracias a su relación con el mundo de la Justicia, hizo lo imposible por saber dónde lo habían llevado.

Nunca hizo alarde de eso. Ni de nada.

Todos sabíamos que estaba investigando, lejos de las Madres, tomando un atajo diferente, un camino paralelo. Pero nadie hablaba de eso.

La familia, casi en su totalidad, subió a pasos agigantados por la escalera.

Yo volví tranquilo. Ya lo había visto. De alguna manera, ya me había despedido.

En el living, Hernán y yo hicimos silencio y bajamos el volumen del televisor, mientras del cuarto de Tata salían los gritos desesperados, el llanto y los abrazos que uno podía imaginar.

Al rato llegó el médico y nos dijo que había muerto de un infarto masivo.

Fue mi debut. Mi inauguración como observador de un ser humano sin vida.

Los festejos continuaron sin ton ni son. El cajón de Lazaro Costa tardó ocho horas en llegar, pese a que la distancia entre la casa de mis abuelos y la funeraria era de once cuadras. Los festejos no permitían que el tránsito fluyera. Así el tiempo se hizo tedioso, insoportable…y el bullicio que acompañaba lastimoso. Con Hernán nos fuimos a casa antes que llegue el cajón. Mamá nos dio las llaves. La cantidad de gente que ahora caminaba por esas tres cuadras no tenía precedentes. El alcohol y las risas representaban mayoritariamente esas horas de festejo. Cuando llegamos a casa, en la puerta del edificio había un sinfín de vecinos festejando, revoleando sus banderitas. Cuando entramos al depto nos saludaban como si hubiesen llegado Pasarella y Fillol. Hernán se sentó rápidamente, me pidió que hiciese lo mismo y con mucha parsimonia abrió la cajita que se había robado y la desilusión fue total. No había plata. No había joyas. Solo una hoja de cuaderno doblada en cuatro. Reconocí la maravillosa letra de Tata. Era una especie de cartita. Se la arrebaté de la mano.

“Querida hija Alicia, adorada Aletea: en el caso que encuentres este escrito se supone que ya no estaré con vida. Te quiero contar que, dentro de mis posibilidades y contactos, moví cielo y tierra para saber el destino de Alvarito. Lo que supe, y no quise contarte hasta no tener mayor certeza es que fue detenido por la Marina y trasladado a la Escuela Mecánica de la Armada. No logré gestionar más que eso. Ojalá que esta información pueda servirte en el futuro y deseo de todo corazón que mi nieto querido recupere su libertad y pueda tener una vida feliz. Te quiero con el alma. Tu papá”

Nos quedamos en silencio un par de minutos hasta que Hernán sacó el cubilete y dijo: "Vamos por la revancha. No seas cagón".

25 de junio de 1978

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