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Murió

23 jul
8 min de lectura

Por: Rodrigo Cárdenas



Mi primaria era por la tarde. Colegio católico. De varones. Medio pelo. Colegio de expulsados de otros colegios. Colegio de poco premio y mucho castigo. Sobre todo, castigos corporales

 A los curas les encantaba que incurramos en faltas, desordenes o palabras fuera de lugar para tomarnos de la oreja con una violencia que no se correspondía con la falta…sosteniendo la postura hasta que ambos no resistíamos más el apretón y el dolor que causaba, Disfrutaban de eso. De todos modos, no era todo así.

El colegio estaba dividido en curas de la acción católica (los que te apretaban la oreja) y los curas que les decían “comunistas” y que te dejaban jugar a la pelota fuera de la hora de clase, en el patio, y no se metían con tu cuerpo.

El kiosquero de enfrente del colegio siempre me decía: Ojo con lo curas comunistas, siempre te van a querer sacar algo.

La que me llevaba siempre al colegio era mi mamá. Eran solo dos cuadras, pero había que cruzar la avenida Pueyrredón y yo solo tenía siete años.

Mis hermanos Horacio y Alvaro iban al secundario por la mañana y siempre nos cruzábamos en la puerta. Unos para entrar, otros para salir

Ese mediodía terminé de ver “Los tres chiflados” y salimos disparados para el colegio. Estaba todo calculado como para no perderme nada del capítulo. Ya tenía el guardapolvo gris y el portafolios en la mano. Mi mamá llamaba el ascensor y no bien escuchaba la clásica musiquita de fin del programa yo corría, cerraba la puerta sin hacer mucho ruido (un pedido reiterado de mis padres) y me metía en el cubículo que nos llevaba a planta baja.

Pasábamos por la tintorería y la dueña (una mujer de unos 50) me saludaba con un “Vamos Racing todavía” (Nunca entendí el todavía. ¿Todavía qué? Si no estábamos perdiendo ni nada de eso, ni siquiera jugando…porque era lunes… 13 hs …luego pasábamos por la esquina del Hospital Alemán…del lado de la morgue. Era inevitable no mirar para ver si pescaba algo…algo que me genere palpitaciones…como para tener alguna anécdota para mis compañeros, pero nunca sucedió.

Al llegar al colegio vimos que había mucha más gente que lo habitual. En eso vemos salir a mi hermano Laucha (así le decían a Alvaro por la velocidad y la imprevisibilidad que le imprimía a su paso jugando a la pelota. Muy escurridizo) Venía corriendo como en una maratón…Mamá se sorprendió y Laucha ,mientras nos cruzaba, gritaba: ¡¡Murió!! ¡¡Murió!!

Mamá quedó perpleja. Automáticamente pensé en mi hermano Horacio…Estaría muerto, pobre. Al llegar a la puerta, en las escalinatas “El tarta” (sacerdote de la acción católica) nos contó en castellano, pero con su acento francés proveniente de su Lourdes natal, con una seriedad parecida a la previa del castigo en la oreja, que el colegio dictaba asueto por la muerte del presidente de la República…y que no habría dictado de clases. ¡¡Murió Padre!! Dije al borde de las lágrimas. Mi mamá en su estilo “No hagamos conventillo”  me aclaró que no, que mi papá estaba bien. Me tomó del hombro y se sumó Horacio que también se tomó, pero del brazo izquierdo de Aletea.

Así le decían a mi madre. Su hermana Delfina le había puesto ese sobrenombre porque decía que mamá andaba siempre por las nubes, en un vuelo ingenuamente feliz…y que nunca bajaba a tierra mientras hacía tintinar sus alas.

Llegamos a casa y prender la tv fue el primer movimiento…y allí estaba la nueva presidenta de todos los argentinos: Estela Isabel Martínez de Perón.

Mientras escuchaba esa voz que me resultaba indigerible…no por el transito del cerebro a la voz hablada, sino la específica voz hablada. Su timbre.

Me sentía shokeado. No había pasado un año desde que mi viejo me había informado que el General era mi padre, el padre de la Patria, que me estaban diciendo por televisión que había dejado de existir.

Me quedé esperando en el sillón del living a mi padre biológico…quería saber cómo estaba, que me cuente que pensaba de este acontecimiento.

Luego otro señor tomó la palabra y dijo que el asueto nacional iba a ser hasta el jueves por noche, por lo cual no iba a ir a la escuela hasta el viernes. Una recompensa merecida ante semejante sufrimiento.

Mi viejo llegó recién a las siete de la tarde…me vio acurrucado en el sillón, y me abrazó. Fue un abrazo largo. Sentí miedo a dejar de respirar o que se me quebrara la espalda. Estaba muy emocionado, y papá apretaba mucho…pero alcanzó a decirme: No te preocupes hijo, tu padre no ha muerto…vive en nosotros, en el alma de su pueblo. Se acercó mamá, aleteando, y le ofreció un café a Coquito (así le decían a Papa) El sobrenombre se lo puso mi abuelo paterno porque mi viejo era fanático del coco con dulce de leche,

Hoy estoy para un whisky mejor. Una respuesta que habré escuchado unas quinientas veces, por semana…desde el mismísimo día que nací. Estoy exagerando, tal fue desde antes.

Por suerte mamá no me mandó a hacer la tarea. Hasta el viernes había tiempo.

En ese mismo sillón esperábamos la llegada de Laucha…A mamá se la veía un poco más ansiosa…algo la incomodaba.

Papá prendió radio colonia y la dejó encendida en un volumen considerablemente alto. Aletea y yo nos hacíamos gestos para entendernos. Y Horacio estaba como si nada pasara porque era sordomudo. Nunca entendí que había pasado, pero él (el mayor de los hermanos) había nacido sordomudo y pese a las cargadas de sus compañeros, era un excelente alumno, con notas brillantes y un comportamiento ejemplar. Nunca supe como sorteó el tema de los orales…Horacio pasaba su tiempo tirando patadas de karate…llegó a ser tercer dan de taekwondo. Mientras escuchábamos al locutor Ariel Delgado que informaba reiteradamente la muerte de Padre, con su tradicional: “Hay más informaciones para este boletín…” Horacio desplegaba su talento pasando cerca de las lámparas, los floreros e incluso nuestras cabezas. Se mostraba poderoso y nosotros, ya acostumbrados a su forma de jugar, habíamos perdido el miedo a que su empeine toque nuestro rostro.

Finalmente llegó Laucha, muy acelerado…saludó formalmente e intentó ir a su cuarto. Mi papá lo detuvo con un comentario punzante y se trenzaron en un diálogo.

Papá: ¿Estás contento?

Laucha: ¿Qué?

Papá: Si están contentos, te pregunto…

Laucha: ¿Sos pelotudo vos?

Papá: Yo pregunto, nomás…como al último acto en la Plaza no fueron…tal vez era porque, según ustedes los trató mal y los echó de la plaza.

Laucha: No nos echó nada. Nosotros nos fuimos…

Papá: ¿Y mañana van a ir al velorio o siguen ofendidos?

Laucha: ¿Tenemos que pedir permiso?

Papá: Tengan cuidado, yo sé lo que les digo…Hay gente muy enojada por lo que pasó. ¿Van a ir encolumnados? ¿Con banderas?

Laucha: SÍ sí…con una que diga: Lopez Rega asesino…Iglesia católica cómplice

Papá: ¡Con la iglesia no te metas! gritó

Laucha lo miró con bronca y algo de resignación y se fue para el cuarto

Mamá bajó la radio, cerró una de las ventanas y dijo: Los vecinos no tienen por qué enterarse de nuestras cosas…Se escucha todo.

El silencio fue un respiro, hasta que se me ocurrió preguntarle a papá si iba a ir al velorio. Me respondió que era como preguntar si el agua era mojada. Pero claro pebete. Todo el pueblo estará en su despedida.

Yo me ilusioné, pero duró poco. Aletea dijo que los menores no iban a los velorios.

Al rato cenamos todos. Los cinco. Un silencio que fue interrumpido por mi viejo diciendo: ¿Se dan cuenta? ¿Se dan cuenta que el velorio está en cada hogar, cada casa’? El País está de luto.

Tras cartón llamó mi abuelo paterno, una persona mesiánicamente antiperonista. Mi vieja le pasó el teléfono a mi viejo. Mi viejo tomó el tubo, lo ubicó junto a su oreja y escuchó. No emitió sonido y colgó con una única frase: Eso lo veremos.

Laucha le pregunto qué había dicho y mi viejo reprodujo sus palabras, casi exactas. “¿Te das cuenta Coquito? Nos destruyó como ciudadanos de esta nación y hoy se muere en el momento que no tenía que morirse…con esta situación económica. Y luego agregó: Por suerte hijo, con esto se termina el Peronismo. Muerto el perro…Ahí respondió mi viejo y ahí cortaron ambos.

La noche fue larga…casi no dormí y tenía una imagen recurrente: el rastrojero celeste de mi viejo…los asientos…la parte de atrás…Venía la imagen, me dormía y me despertaba al rato con la misma imagen. Así varias veces. A eso de las once de la mañana mientras Horacio aún dormía…escuché que Laucha y papá hablaban. Papá lo convenció de alcanzarlo hasta cerca del congreso, donde iba a realizarse el velorio de Padre. Mamá tomaba el té y veía una telenovela que la daban por la mañana…y no era nacional. Cuando lo vi a mi viejo ya poniéndose el saco y agarrando su paraguas…fui hasta mi cuarto…tomé una frazada y le dije a mamá: voy a lo de Federico a jugar un rato. Llevo la frazada porque nos vamos a esconder. Federico era mi vecino de planta baja. Laucha me vio salir y me alcanzó a gritar: Chau pendex…que te diviertas.

Bajé acelerado por las escaleras…y logré salir a la calle. Mi viejo dejaba el auto, siempre, enfrente de casa…donde había un paredón de una fábrica. Me subí a la parte de atrás del rastrojero y me cubrí con la frazada. Trataba de no hacer ni el más mínimo movimiento e intentaba no respirar. Sabía que mi papá y Laucha vendrían enseguida…Nunca pensé que llegarían tan rápido…y así fue. Se subieron por la parte de adelante, como correspondía y encendieron el motor y nos fuimos los tres al Congreso. Mantuve mi cuerpo tieso hasta más no poder. En eso empiezo a escuchar una muchedumbre que caminaba en silencio y también algunos llantos. Laucha se bajó del rastrojero y me descubrió. Yo le pedí con mi mano que hiciese silencio. Laucha sonrió…y me hizo el gesto para que me quedara tranquilo. Fue hasta la ventanilla, le dijo algo a mi viejo y se fue. Yo pensé: Cagué. Ahora se baja mi viejo y me caga a trompadas.  Habremos hecho dos cuadras mas y empezó a llover finamente y a mi solo me cubría la frazada. Y en eso el auto estaciona. No me animaba a asomarme. Escucho la puerta que se abre…mi viejo se arrima a la parte de atrás y me da el paraguas mirándome entre enojado y sonriente. ¿Qué haces ahí?  Me quedé sin palabras, pero alcancé a decirle: Vine a despedir a padre. Mi viejo me levantó en el aire, tomó el paraguas, lo abrió. Me bajó y me tomó de su mano...Caminamos bajo esa lluvia…la gente estaba muy triste y mojada. Todo era silencio de lágrimas…En un momento veo las escalinatas del Congreso y le preguntó a papá qué era eso. Adonde está el cajón donde yace el cuerpo de nuestro Padre de la Patria, me contestó. Empecé a tirar la mano de papá hacia atrás y le dije que no quería ir, que no quería, que me daba miedo, que no quería ver un muerto y menos a Padre, que me dejara ir, que me dejara ir. Papá se acercó a un teléfono publico y lo llamó a Horacio para que me vaya a buscar. Atendió Aletea que estaba desesperada porque mi vecino Federico había tocado el timbre preguntando por mí. Mientras me aferré a la pierna de papá, los llantos iban en aumento…incluso empezaron a cantar una marcha…Papá cantaba emocionado.

Llegó Horacio. Me tomó de la mano fuerte, muy fuerte y nos fuimos para casa. Nunca sacó la vista del frente, jamás bajó la cabeza…Me sentía seguro, pero con mucho miedo a la paliza. Al llegar a casa mamá me recibió angustiada y me abrazó. Me preguntaba por qué había hecho eso. No sabía que decirle…Lo único que me salió fue: Perdoname mamá…no se dónde quedo la frazada.

1 y 2 de Julio de 1974

 

1 comentario


Excelente ..Cómo siempre lo hace Rodrigo Cardenas te transporta al lugar y momento que relata,transmite los sentimientos y te deja pensando que estaba haciendo uno ese día tan triste.Gracias !!

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