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Crónica de un día feliz

hace 17 horas
7 min de lectura


Qué bueno que hoy es sábado, que no hay colegio, que falta un mes para terminar primer grado, que hoy seguramente vayamos a una plaza a jugar con algunos compañeros, o que tal vez venga alguno a casa…aunque mi casa es muy chiquita, son solo tres ambientes. En uno duermen mis padres, en otro mis hermanos Alvaro y Jacinto y en el living comedor duermo yo. Nos tuvimos que mudar porque Coquito (así le dicen a papá) se quedó sin trabajo, lo echaron. Él dice que fue porque no quiso participar en una estafa y que por eso perdió su puesto, que era un puesto importante: Gerente de ventas de Rastrojeros Diesel (son camionetas muy lindas y celestes) Acá en casa odiamos a Onganía que lo dejó sin trabajo a mi papá. Con otro presidente esto no pasaba, dice Coquito.

Antes, nosotros vivíamos en una casa grande, con jardín, con mi pato Rodrigo, que mi abuelo Tata me había regalado y que le puso mi nombre y que me dijo que era de Racing como todos en casa. Con Rodrigo no se podía jugar mucho, porque no se dejaba agarrar, pero era divertido correrlo. Una vez vino mi tío “el asesino hijo de puta”, porque quería hacer un asado en el jardín y a él le encantaba prender el fuego. Y yo lo ayudaba. Mientras tiraba kerosene y tomaba un trago de vino, agarró a Rodrigo del cuello y lo mató: No lloró ni nada, le estiró el cuello, solo fue un ruido, un track, pero lo mató. Y lo puso en la parrilla. Yo estaba ayudándole con la leña y cuando vi eso, cuando vi que lo ponía en la parrilla, lo empujé vestido a la pileta de lona, y se le rompió el vaso de vino que tenía en la mano y se golpeó la nuca y quedó todo empapado, y cuando llegó Coquito y vio lo que pasaba se puso muy nervioso y lo sacó de la pileta a trompadas y así como estaba, todo mojado, se lo llevó hasta la puerta de la casa. No me arrepiento de haberle hecho eso “al asesino hijo de puta” así lo llama mi hermano Álvaro, que siempre le tuvo bronca por oligarca y por gorila, así dice mi hermano Álvaro.  El día del asesinato de mi Pato mamá se quedó muy mal, porque no pensó que mi tío podía hacer eso, lo dejó pasar para que prepare el asado y no se sabe cómo ni por qué ella se distrajo y mi Pato fue descuartizado en la parrilla. Mamá lloraba y yo no me podía mover, temblaba parado al lado de las brasas, sin mirarlas. Cuando papá lo sacaba a golpes de la casa, mi tío gritaba: “Yo pensé que como ahora se mudan no iban a querer llevar al Pato a un departamento, si están terminantemente prohibidos esos animales” Me fui para mi cuarto. No quise saber más nada.

Ahora no vivimos más allá, por suerte, me trae feos recuerdos y además donde vivimos ahora estoy mucho más cerca del colegio y aunque todavía no me dejan ir solo caminando, yo sé que no falta mucho para eso.

A papá se lo escucha cantando canciones en la ducha, desde hace un rato ya. ¡¡¡Claro!!! Me había olvidado de que hoy no vamos a la plaza porque está el partido del siglo. Mamá se fue a comprar algo para el té, dijo. Jacinto duerme y Álvaro es el único que se pudo ir a Uruguay a ver el partido. Lo llevó un amigo con sus padres. Tuvo mucha suerte. En cambio, papá y yo no pudimos ir por culpa de Onganía.

Hoy no se juega cualquier partido. Hoy si gana Racing será el primer equipo argentino en ganar un título mundial, le guste a quien le guste. No es fácil el partido. Ellos nos ganaron uno a cero en Escocia y nosotros le ganamos dos a uno en nuestra cancha. Ahora se define en Uruguay, en el estadio Centenario de Montevideo, así lo llaman.

Papá sale eufórico del baño y dice: Pebete, hoy te vamos a usar el cuarto, vienen varios amigos a ver el partido y vamos a poner la televisión acá (señala la mesita que está al lado de la mesa del comedor y es el lugar donde se ponen las revistas y eso) Vamos a traer sillas de los cuartos y de la cocina. En un rato caen todos. Sos feliz, hijo? – Sí sí, claro. -Muy feliz? – Muy, mucho.

Jacinto sigue durmiendo, no le gusta el fútbol, además es mudo, entonces grita los goles solo levantando los brazos, y eso es aburrido, pobre. Nunca entendí por qué se quedó mudo. Una vez le pregunté a mamá y me dijo que nació así: Mudo, como Bernardo, el que es amigo del Zorro. Jacinto ya tiene 16 años. Está en cuarto año del colegio. Dice que va a estudiar psicología. Papá siempre le dice: Pero ¿cómo vas a hacer para hacerle las devoluciones a los pacientes? y Jacinto explica que va a poner un pizarrón en su consultorio y va a escribir y que él es veloz con eso. Coquito le dice muy abrumado y dramático: pero cuando la gente se entere no van a querer ir con vos a tratarse. Jacinto siempre termina haciéndolo un gesto obsceno y se va. Papá y Jacinto no se llevan bien.

Mi placar es el mismo placar de mis hermanos…así que entro sin hacer ruido a buscar la camiseta celeste y blanca a rayas. Jacinto ni se inmuta. Qué palabra rara inmuta. No me gusta, pero la pienso igual, porque se me viene a la cabeza.

Aletea vuelve con dos docenas de facturas, pero no había bombas de dulce de leche. Una lástima. Papá le dice que no sabe si van a alcanzar. Aletea le contesta que lo que no alcanzó es la plata. Coquito le dice por qué no pediste fiado. Aletea: - Porque me da vergüenza pedir fiadas las facturas. Si fuese pan vaya y pase.

Aletea le dicen a mamá. Le pusieron así mis primos, porque dicen que siempre está en el aire, en las nubes. A ella le parece divertido el sobrenombre, aunque no está del todo de acuerdo porque ella trabaja en una escuela del estado de Tesorera doble turno, cocina, hace las cosas de la casa y nos ayuda a mí y a mis hermanos con las cosas del colegio. Es buena Aletea.

Empiezan a llegar los invitados. Todos varones de traje y algunos con sombreros, como si fueran a la oficina o a una celebración religiosa o a un casamiento. No son todos de Racing. Ya me lo advirtió papá que me dijo que hoy muchos argentinos hinchan por Racing porque, justamente, es el equipo argentino y representa a nuestro país ante el mundo.

Toca el timbre el portero. Atiendo y me dice: ¡Pibe! ¿Cuantos más van a venir? ¡¡Es la hora de la siesta!! No sé, respondo. Veinticinco mil, creo. Papa grita: ¡¡No!! ¡Esos son los que fueron a Montevideo! Cuando corto escucho al portero que dice: pelotudito.

Este portero no me cae bien. Es de River y cree que se las sabe todas. Papá me dijo que está con bronca porque ellos el año pasado no llegaron a la final porque perdieron la final de la Libertadores con Peñarol, y que por eso les dicen gallinas.

Al final hay como treinta tipos en mi cuarto comedor. Las sillas no alcanzan. El televisor está encendido y pasan la publicidad de Gilette todo el tiempo, y una de Ginebra Bols. Algunos discuten medio a los gritos. Otros apoyados contra las paredes. Aletea saca un par de cuadros porque le da miedo que se rompa alguno. Coquito camina de un lado para el otro. Ya faltan poquitos minutos para que empiece el partido. En el balcón hay un par que están fumando. Los dos con las manos derechas dentro del pantalón y en la izquierda el cigarrillo. Pobres. Ojalá que no se agarren tuberculosis. Jacinto sigue durmiendo. Mamá lo va a despertar, pero él prefiere seguir durmiendo. Así dice Aletea.

Empezó el partido. Yo me siento con las piernas cruzadas en el piso, muy cerquita de la tele. Atrás Coquito sentado en la silla de pana del cuarto de mis hermanos. Cada tanto se le escapa una patada en el medio de mi espalda. Me pide disculpas. Son los nervios, me dice. Los jugadores están nerviosos también, sobre todo Basile… El relator me pone nervioso. Si lo estoy viendo no necesito nadie que me explique nada, pero nadie piensa como yo y dejan que el periodista grite y opine y grite y se enoje o grite y se alegre. Es tan molesto que me tapo los oídos. Por suerte nadie me mira.

Termina el primer tiempo. 0 a 0. Algunos hacen cola en el único baño que tenemos. Si estuviésemos en mi otra casa, sería distinto. Allá había dos baños y sino, ante una emergencia se hacía pis en el jardín.

Me duele el cuello, entonces me acuesto en el piso hasta que empiece el segundo tiempo. Siento que tiembla el parqué …Se escuchan voces y televisores de otros departamentos. Me da un poco de miedo todo esto. Y me da envidia que Jacinto duerma.

Empieza el segundo tiempo y Coquito me sube a la falda, en su pierna derecha. Siento que galopo en el caballo del Llanero solitario.

Trato de concentrarme y veo y escucho al relator que dice Rulli, abierto Maschio a la izquierda; Cárdenaaaaaaaaaaaaaaaaas. Goooooooooool!! Goool Ar gen ti no!!! Mi viejo me levanta por el aire y no me ataja. Caigo de cabeza contra el piso. Me patean sin querer el estómago, la espalda, la nuca. Todos abrazados, algunos lloran, Aletea sale de su dormitorio horrorizada por los gritos, Jacinto se despierta y sale en pijama a ver qué pasa. Mi viejo me levanta: -¡¡Golazo pibe, golazo del Chango Cárdenas!! Lo miro desconcertado y me grita: ¡¡Si, lleva nuestro apellido!!

Jacinto se cambia en un segundo y se suma al festejo. Yo estoy medio mareado. Me da vueltas el techo y el piso. Empiezo a escuchar bocinazos y gente que sale a gritar en los balcones. Voy al balcón a tomar aire y miro para abajo y está el portero con los brazos como si fuera una jarra. Estamos en el segundo piso. Me saco la zapatilla. Nadie me mira. Me meto más adentro del balcón y cuando todos se abrazan porque terminó el partido, tiro mi zapatilla y veo que le cae justo en el hombro al pelotudo del portero. Justo viene mi viejo me levanta en andas y todos salimos a la calle, bajamos las escaleras. Papá me llevaba a upa. Todos gritamos: Y ya lo ve, y ya lo ve, es el equipo de José, Así mil veces. Yo el único José que conozco es el kiosquero al que le manoteo las pastillas refresco cuando se da vuelta a buscar algo. Mi viejo me dice: José Pizutti, el director técnico del primer campeón mundial. Nos subimos al rastrojero. Jacinto también. Qué alegría debe tener Álvaro que está en la cancha festejando. Mi viejo me pregunta: ¿Sos feliz? Muchísimo pa


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