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Cacho El Kadri: la obstinación de no mirar para otro lado

hace 21 horas
5 min de lectura

Envar “Cacho” El Kadri tenía catorce años cuando un golpe de Estado derrocó a Juan Domingo Perón. A esa edad uno debería estar preocupado por otras cosas, pero la Argentina de 1955 tenía la costumbre de acelerar los aprendizajes. Después del golpe vinieron la intervención de los sindicatos, las persecuciones, el decreto 4161, la prohibición de nombrar a Perón y a Evita y, finalmente, los fusilamientos.

Cacho aprendió política ahí.

Había nacido en Río Cuarto el 1º de mayo de 1941, hijo de Khaled El Kadri, inmigrante libanés, y de Ester Amelia Manna, descendiente de italianos. El peronismo formaba parte del paisaje familiar y también de ese país que había conocido durante su infancia. Pero fue después de septiembre de 1955 cuando aquella identidad adquirió otro significado. Ya no se trataba solamente de ser peronista. Había que decidir qué hacer cuando serlo estaba prohibido.

El Kadri estudiaba entonces en el Liceo Militar General San Martín. Cuando llegó la orden de desprenderse de los libros relacionados con el gobierno depuesto, se negó a hacerlo. Puede parecer un episodio menor frente a todo lo que vendría después, pero contiene algo de su carácter. Cacho podía cambiar de opinión —y cambiaría varias veces a lo largo de su vida—, lo que nunca le resultó sencillo fue obedecer.


Escribir Perón

A fines de los cincuenta se incorporó a aquella primera Juventud Peronista nacida bajo la proscripción. Conviene recordar qué significaba militar entonces. El movimiento que pocos años antes había gobernado el país estaba prohibido, Perón permanecía en el exilio y hasta pronunciar públicamente determinados nombres podía constituir una infracción.

La resistencia se hacía como se podía. Una pintada, un volante, una reunión clandestina, una huelga. El Kadri participó de las luchas obreras de aquellos años y estuvo cerca de la resistencia de los trabajadores del frigorífico Lisandro de la Torre en 1959.

En 1960 cayó preso bajo el Plan CONINTES de Arturo Frondizi. Tenía diecinueve años.

Pasaría por distintas cárceles hasta recuperar la libertad con la amnistía de 1963. La experiencia no lo moderó. Ocurrió más bien lo contrario.

Hay que hacer un esfuerzo para mirar aquellos años sin los anteojos del presente. Durante buena parte de la juventud de El Kadri, el peronismo —la fuerza política mayoritaria del país— no pudo participar normalmente de las elecciones. Hubo gobiernos civiles condicionados por las Fuerzas Armadas, planteos militares, golpes de Estado y dirigentes sindicales y políticos encarcelados. En 1966 otro golpe derrocó a Arturo Illia e instaló la dictadura de Juan Carlos Onganía.

En ese mundo comenzó a crecer una idea que atravesaría a buena parte de una generación: si el poder cerraba sistemáticamente el camino electoral, quizá había que buscar otro.


Taco Ralo

En 1968 esa idea llevó a El Kadri hasta Tucumán.

Las Fuerzas Armadas Peronistas intentaron establecer un foco rural en Taco Ralo. La experiencia terminó prácticamente antes de comenzar. El grupo fue descubierto, sus integrantes detenidos y Cacho volvió a prisión.

Después vendría el mito de Taco Ralo. Pero antes del mito hubo un fracaso.

Y El Kadri nunca intentó ocultarlo.

Aquellos jóvenes miraban la Revolución Cubana, la guerra de Vietnam, la experiencia del Che Guevara y una América Latina recorrida por dictaduras militares. Creyeron que la revolución era posible y que las armas podían abrir el camino que la política mantenía cerrado.

Se puede discutir aquella decisión. El propio Cacho la discutiría después.

Lo que resulta bastante más difícil es separarla del país en que fue tomada.

Permaneció encarcelado hasta 1973. Cuando salió llevaba cinco años preso.

El 25 de mayo de ese año Héctor Cámpora asumió la Presidencia y una multitud rodeó las cárceles exigiendo la liberación de los presos políticos. Cacho volvió a caminar por la calle en una Argentina que parecía haber cambiado para siempre.

Duraría poco.


Las armas y la política

Esta parte de su vida quizá sea la más incómoda y por eso mismo una de las que vale la pena contar.

El Kadri había participado de la lucha armada, pero comenzó a desconfiar de aquello en lo que podía convertirse. Las organizaciones revolucionarias discutían su relación con Perón, con el movimiento obrero, con las masas y, sobre todo, con la violencia.

Las FAP se fracturaron. Cacho rechazó asesinatos políticos reivindicados por sectores de la organización y participó en la conformación de las FAP 17 de Octubre.

No renegó de su historia. Tampoco quedó prisionero de ella.

Muchos años después seguiría preguntándose qué habían hecho bien y qué habían hecho mal. Esa discusión aparecería también en Diálogos en el exilio, escrito junto con Jorge Rulli.

Hay una frase fácil para explicar los años setenta: decir que todos estaban locos. Tiene un inconveniente: no explica nada.

El Kadri buscó otra respuesta.

Empezó a comprender que una organización revolucionaria podía hablar en nombre del pueblo y, al mismo tiempo, ir alejándose de él. Que las armas podían ser concebidas como un instrumento y terminar transformándose en una política. Y que una organización convencida de interpretar siempre correctamente la historia corría el riesgo de dejar de escucharla.

No fue una conversión repentina ni una iluminación. Fue un proceso. Probablemente contradictorio, como suelen ser los procesos verdaderos.


Otra vez perseguido

En 1975 tuvo que abandonar la Argentina. La Triple A lo había amenazado.

Pasó por Beirut y por España hasta instalarse finalmente en París.

El antiguo guerrillero de Taco Ralo terminó trabajando como sereno en el Théâtre du Soleil de Ariane Mnouchkine. Parece uno de esos datos inventados para mejorar una biografía, pero ocurrió.

Mientras en la Argentina la dictadura secuestraba, torturaba y hacía desaparecer personas, El Kadri participó desde Europa en las denuncias contra el terrorismo de Estado.

Seguía haciendo política, aunque ya no de la misma manera.

Con la recuperación democrática volvió al país. Se vinculó cada vez más con el mundo de la cultura y participó en proyectos cinematográficos relacionados con Fernando “Pino” Solanas, entre ellos Tangos, el exilio de Gardel, Sur y El viaje.

Quizá no haya tanta distancia como parece entre una cosa y la otra.

Durante su juventud había querido cambiar la realidad. Después comprendió que contarla también era una manera de intervenir sobre ella.


De Taco Ralo a Tilcara

El 19 de julio de 1998 Cacho estaba en Tilcara, Jujuy.

Acompañaba al pianista Miguel Ángel Estrella en la Embajada Musical Andina, una experiencia que llevaba música a pueblos y comunidades de la región.

Allí murió.

Tenía 57 años.

Hay una tentación inevitable de buscar una metáfora: el muchacho de Taco Ralo terminando sus días junto a un piano en Tilcara. El fusil y la música. La revolución y la cultura.

Tal vez no haga falta.

La vida de Cacho El Kadri fue bastante más interesante que cualquier metáfora.

Fue peronista cuando el peronismo estaba prohibido. Conoció muy joven la cárcel. Creyó en la lucha armada y asumió las consecuencias de esa decisión. Más tarde discutió aquella experiencia sin acomodar su pasado para hacerlo coincidir con el presente. Conoció el exilio, denunció a la dictadura y regresó para seguir participando desde la cultura.

No fue un héroe de bronce.

Por suerte.

Los hombres de bronce no dudan, no se equivocan y nunca tienen que explicar nada. Los hombres de carne y hueso sí.

Cacho se equivocó, acertó, peleó, estuvo preso, se exilió, discutió con sus compañeros y también consigo mismo. Cambió de herramientas sin cambiar demasiado aquello que lo había empujado a la política cuando era casi un chico.

Tal vez por eso su historia no termine de entrar cómodamente en ninguna de las versiones simplificadas de los años setenta.

Y quizás ahí esté lo que vale la pena rescatar.

Envar El Kadri pasó buena parte de su vida tratando de cambiar un país que muchas veces respondió persiguiéndolo, encarcelándolo o empujándolo al exilio.

Nunca consiguió, sin embargo, adquirir una habilidad bastante argentina:

mirar para otro lado.

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