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Gira La Rueda en William Morris

4 sept
9 min de lectura

 

El tren no terminó de detenerse en la estación de Hurlingham cuando dos hombres trajeados aparecieron en el andén, mirando a su alrededor. No tenían la intención de subir, buscaban a alguien. Miraron hacia el lado de la locomotora y luego hacia los últimos vagones mientras se producía el recambio de pasajeros. Se escuchó la bocina de partida y el andén quedó casi desierto. En uno de los asientos, debajo de un farol, un joven leía las páginas de deportes del diario de la tarde cuando los dos hombres lo vieron, se le acercaron y lo saludaron. Tras intercambiar breves palabras, salieron por la boletería hacia la calle, donde los esperaba un Peugeot 404, con el cual se dirigieron a la estación más próxima: William Morris.

Era el 7 de septiembre de 1970. La noche se desplegó sobre el Gran Buenos Aires, faltaban diez minutos para las 20, las calles polvorientas del poblado estaban semidesiertas y en las casas linderas ya se habían encendido las lámparas, además de algunos pocos televisores. El invierno agonizaba pero hacía sentir su rigor.

Los jóvenes detuvieron el vehículo en la acera de la pizzería La Rueda, de Potosí y Moctezuma, a cien metros de la estación. Dos de ellos bajaron y, antes de entrar al comercio, observaron que en una esquina estaba estacionado un Fiat 1500, mientras que enfrente había una camioneta pick up y un Dodge, ambos con los ocupantes en el interior. Al ingresar al lugar el conductor del Fiat, un morocho alto y trajeado como los otros, se sumó a la comitiva. Se sentaron todos en una de las mesas del fondo. A pesar del saco, la corbata y los zapatos brillosos que el trío lucía en una pizzería de barrio, las dos mujeres y los cinco hombres que se encontraban en el lugar, no le prestaron mayor atención a la presencia del contingente. La televisión no solo absorbía el interés de los parroquianos sino también la de los dos mozos, por lo que el dueño del lugar se acercó a la mesa y levantó el pedido: tres cafés.

Germán, el más alto, no controlaba sus nervios y miraba el reloj todo el tiempo. En su cintura tenía dos pistolas Browning 9 mm. José Luis, el morocho, miraba con atención la puerta de entrada, que la tenía justo enfrente, mientras palpaba la pistola que llevaba en un costado de su cintura. A Tomás, el muchacho que leía en la estación, lo traicionaba la tonada cordobesa, pero el diálogo entre los tres fue breve. Era evidente que esperaban a alguien. Treinta minutos más tarde ingresó Alejandro, el conductor del Peugeot, que en su cintura tenía oculto un revolver, además de una ametralladora bajo el saco. Las granadas las había dejado en el asiento del auto.

 - ¿Nos vamos?-, pregunta Alejandro.

- Tenemos que esperar-, le respondió Germán.

En ese mismo instante ingresaron al lugar dos suboficiales de la policía Bonaerense, reconocibles por sus uniformes. En la calle había un patrullero con el cabo Mario Bravo como chofer y el oficial Armando Hass como responsable. Un llamado anónimo les advirtió de la presencia de un grupo de sujetos peligrosos. - Portan armas y tienen materiales explosivos en sus autos-, escuchó el oficial de guardia de la comisaría antes de dar la voz de alarma.

Ya en la pizzería los suboficiales Rodolfo Carusso y Roque Hernández se acercaron a José Sabadinno, dueño del local, y le preguntaron si era el autor del llamado. El comerciante, que conocía a los policías por ser habitual proveedor con sus pizzas, les sonrió con picardía recordándoles que él no tenía teléfono en el local.

- Nos dijeron que había unos tipos raros-, insistió uno de los policías mientras apoyaba su mano en la culata de la pistola que llevaba en la cintura.

 - Los únicos desconocidos son aquellos-, señaló el pizzero al trío de saco y corbata. Los dos uniformados salieron para dar la novedad al oficial Hass, quien les ordenó que pidieran documentos. Hernández, con su ametralladora, se quedó en la puerta observando la rutina, mientras Carusso caminaba lento hacia la mesa del fondo. Desde ese momento todo transcurrió como si fuera una película.

Germán se paró empuñando un arma cuando el policía estaba en el medio del local. Los disparos salieron despacio, algunos siguieron de largo y otros impactaron en distintas partes del cuerpo del suboficial, quien no se decidía a caer. José Luis, con mejor puntería, le disparó y le acertó el cuarto balazo, que por fin volteó al uniformado. Cuando Hernández aprestó su arma, Alejandro reaccionó más rápido y le descargó una andanada de balas con su ametralladora Uzi, dejándolo tendido en el umbral del local. El griterío de los presentes, los vidrios rotos, las mesas y sillas tiradas formaban parte del caos. Las mujeres, los mozos, el dueño y el cordobés Tomás se escudaron detrás del mostrador.

El oficial y el chofer intentaron dar apoyo a sus compañeros disparando desde el vehículo policial, pero Alejandro insistió con su ametralladora, buscando herir a quien fuera y no perdonó ni vidrios ni vajillas. Clemente Ríos, un policía de civil que pasaba casualmente por el lugar, se sumó a la refriega y algunas balas lo dejaron herido. José Luis, al verse acorralado dentro del local, aprovechó la confusión y se arrojó de cabeza contra el ventanal, rompió el vidrio con el envión y cayó de lleno a la vereda. El caos le permitió alejarse del lugar rengueando.

Mientras se alejaba oía que uno de sus compañeros seguía disparando, con la intención de acercarse a la única puerta y escapar.

Cuando Germán estaba a punto de salir a la calle, el suboficial Hernández, tirado en el piso con catorce balazos, realizó un movimiento que motivó a que Fernando le dispare. Un proyectil del cabo Bravo, desde la vereda, alcanzó la cabeza del prolijo hombre de saco, corbata y zapatos lustrados, quien parecía liderar el grupo. Antes de caer, otras balas lo alcanzaron para llevarlo más rápido hacia la senda de la muerte. Alejandro, que alcanzó la vereda, se acercó a su auto, sacó una de las granadas pero no logró arrojarla. Una ráfaga de la Itaka lo empujó contra un local vecino, mientras el artefacto explotó muy cerca de él.

En la confusión del tiroteo, que duró minutos, la camioneta Pick Up que conducía Manuel, quien debía dar apoyo al trío, se alejó del lugar, abandonando el vehículo en la vecina localidad de Haedo. La única mujer del grupo, Irma, encendió el Dodge y, muy despacio, para no llamar la atención, lo llevó a la estación, donde bajó y tomó el tren. Hugo por su parte se subió al Fiat 1500, para auxiliar a José Luis.

Cuando el fuego cesó sólo se oía los gemidos de los heridos, algunos de ellos agonizantes. Tomás fue detenido, no tenía armas, y su delito más grave fue portar documentos falsos a nombre de Ricardo Oroná.

El Progreso, el tradicional periódico de Hurlingham, tituló el 12 de septiembre de 1970: Reconocimiento, y como volanta agrega: Destacada actuación de la policía local. La crónica que salió en la tapa señala: Una vez más personal de la comisaría local logró esclarecer un problema en defensa de la comunidad y en mérito de haber dado muerte a dos peligrosos delincuentes como fueron Abel Medina (sic) y Gustavo Ramus, los que en una actuación delictiva y con todo desprecio por la vida, actuaban como célula terrorista logrando su propósito y dando una satisfacción a sus jefes como así también a los habitantes de Hurlingham, los abnegados policías supieron cumplir con su deber de guardianes del orden. Los nombre de los cuatro policías son dignos de destacar en estas páginas porque bien se lo han ganado y son: cabo 1° Roque Hernández, cabo 1° Carusso, cabo Luis Mario Bravo y el agente Clemente Ríos, quienes se merecen el reconocimiento de la población. 


Aramburazo

El 29 de mayo de 1970 la noticia del secuestro del general Pedro Eugenio Aramburu, oficial golpista que en 1955 derrocó al presidente Juan Domingo Perón, impactó a todo el país. Con el ascenso del golpista el peronismo sufrió persecuciones, proscripciones y fusilamientos, a la vez que empujaban al líder del movimiento al exilio. La resistencia peronista no solo se enfrentó a sus perseguidores, sino que luchó por la vuelta de Perón. Tres lustros después de la caída del líder del justicialismo, los hijos de los obreros que vivieron la revolución peronista fueron los que tomaron la posta. A ellos se sumaron los hijos de la clase media, quienes en el fervor revolucionario que se vive en todo el mundo a fines de los ´60, que ya venía con la revolución cubana y alcanza su cima con la muerte del Che en Bolivia y el Mayo Francés del ´68, y con hechos a nivel nacional como el Cordobazo, buscan un espacio para intentar la toma del poder.

La figura paradigmática del antiperonismo era Aramburu, que en el momento de su secuestro trabajaba para la caída del general Juan Carlos Onganía, otro militar golpista que en esos momentos gobernaba el país. Cuando se produjo el hecho muchos se imaginaron que todo formaba parte de la interna del partido militar, que regía los destinos del país. Unos dicen que fue un sector del Ejército, amparado por el ministerio del Interior a cargo del general Francisco Imaz, que lo secuestró para impedir que avanzara con el intento golpista.

Otros hacen correr el rumor de un autosecuestro, como para cuestionar el sistema de seguridad del gobierno nacional y erosionar en su credibilidad, mientras Aramburu se escondía para preparar la intentona golpista. Pero al darse a conocer el primer comunicado con la firma Montoneros, Comando Juan José Valle, la cosa cambió de tono. Traición a la patria es la acusación, juicio popular es lo que se anticipa y sentencia es lo que se promete. El 1° de junio el ex presidente fue ejecutado por los integrantes del comando.

 

Comunicado n°4 1° de junio de 1970 Al pueblo de la Nación.

 La conducción de los Montoneros comunica que hoy a las 7.00 horas fue ejecutado Pedro Eugenio Aramburu. Que Dios nuestro Señor se apiade de su alma. 

Montoneros 

 

El 16 de julio, es decir cuarenta y cinco días después del asesinato, se encontró el cadáver de Aramburu en una estancia cercana a la localidad de Timote. Por el caso se libró el pedido de captura de Fernando Luis Abal Medina (Germán, 23 años), Carlos Gustavo Ramus (Alejandro), Esther Norma Arrostito (Irma, 28 años), Mario Eduardo Firmenich (Manuel, 21 años) y Carlos Capuano Martínez. Algunos de ellos tenían su origen en la derecha católica, en el nacionalismo, la Acción Católica o Tacuara, a la vez que ninguno tenía raíces peronistas, como afirmaban los Montoneros en los comunicados. El asesinato conmocionó al país, aunque no todos lo repudiaron. Aramburu, había sembrado odios por el derrocamiento de Perón y los asesinatos durante su gobierno, y se entendía que su secuestro y muerte formaban parte de la cosecha.


 La Rueda

El 7 de septiembre, cuando caía la noche, parte de la cúpula de Montoneros llegó al bar La Rueda, a una cuadra de la estación William Morris. ¿Para qué fueron hasta allí? ¿Cuál era el objetivo de una reunión en un bar ubicado en un caserío del Gran Buenos Aires? ¿Por qué fueron a llamar la atención a un lugar donde eran desconocidos, vestidos de saco y corbata donde la vestimenta habitual de la barriada era el overol?

 “Seguramente estaban planeando alguna operación”, dijo a los autores un sociólogo, reconocido investigador de la resistencia peronista. Otros más audaces arriesgaron que el operativo podía tener como objetivo la antena de radio Belgrano, ubicada en la zona. Pero la hipótesis de Eugenio Méndez, periodista, apunta en otra dirección. “Fernando (Abal Medina) tenía que encontrarse con El Pagador, quien le daría el saldo del dinero que habían acordado por el ‘trabajo’ con Aramburu: 15 millones de pesos que, sumados a los cinco millones del anticipo, redondeaban los 20 millones”, dice en la página 111 del libro ‘Aramburu: El crimen imperfecto’. Como advertencia vale aclarar que Méndez se presenta como corresponsal de guerra durante el Operativo Independencia en Tucumán en un momento que se necesitaba autorización militar para desempeñarse en esa zona. Martín Andersen, en ‘Dossier secreto- el mito de la guerra sucia’ advierte que Méndez “fue vinculado por la prensa a los servicios de inteligencia militar”.

En un Peugeot 404 habían llegado a La Rueda Fernando Luis Abal Medina, Carlos Gustavo Ramus, Luis Enrique Rodeiro (Tomás, 27 años), a éste último, recién llegado de Córdoba, lo habían recogido de la estación de Hurlingham. En un Fiat 1500 iba José Sabino Navarro (negro), el único peronista histórico del grupo. En la camioneta pick up iba Mario Eduardo Firmenich. En el Dodge iba Esther Norma Arrostito y Norberto Rodolfo Crocco (Hugo, 28 años). “La hipótesis del ‘pagador’ es ridícula, no tenía sentido que fuera toda la conducción a recibir el dinero. ¿O es que todos desconfiaban de todos?”, cuestionaba la hipótesis el mismo sociólogo antes citado.

Méndez sostiene que el ‘Pagador’ fue el que avisó a la policía de la presencia del grupo en el bar, y la policía envía un patrullero a la zona. Luego se produce la balacera, con la muerte de Abal Medina y Ramus. Por la muerte de dichos guerrilleros en William Morris, la organización instituye el 7 de septiembre como día del Montonero.

 

 

Fragmento de Apuntes del Horror. Los años’70 en Hurlingham y su influencia en la vida nacional. Alfredo Sayus – Fabián Domínguez – Editorial La Acacia – Segunda Edición – 2026.

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