top of page

10 de diciembre


 



En la puerta del zoológico nos miramos a los ojos. Ni una palabra. Era la primera vez que nos mirábamos. Entonces Patricia me tomó las manos y me contó lo que yo ni por asomo sospechaba. Sus actitudes, sus movimientos, nunca me hicieron suponer esa verdad que le hacía temblar la voz, mientras nuestras miradas permanecían juntas. Quedé mudo. Me saqué una de sus manos de encima con la mayor delicadeza. La otra la apreté más fuerte con ánimo de no soltarla nunca más. Ella lloró un poco. Yo también.

Charly García retumbaba en el aire atravesando la felicidad que veías en la cara de la gente. Bastó un pequeño menear de mi cabeza hacia adelante para que Patricia y yo saliéramos corriendo, sin destino aparente. Corrimos diecinueve cuadras sin parar: gritando, riéndonos a carcajadas, ahuyentando cualquier onda negativa que se pudiera cruzar. Teníamos casi veinte años y sentíamos que volábamos por la avenida Las Heras, que cruzábamos las calles casi sin mirar, que nada nos asustaba, que esquivábamos árboles, postes, puestos de flores, de diarios, sin ninguna dificultad, siempre de la mano. Pasamos la avenida Pueyrredón con la lengua afuera y decidimos al mismo tiempo aminorar la corrida. Hicimos dos cuadras más, al trote. En la esquina de Azcuénaga y Las Heras nos detuvimos, nos volvimos a mirar unos segundos y nos dimos un abrazo largo, transpirado, perpetuo. Sentí el corazón de Patricia junto al mío. Me hubiese quedado toda la vida en esa esquina.

Separamos un poquito nuestros cuerpos y doblamos despacito hacia la izquierda, sin palabras, aunque un montón de espasmos y estertores de risas y onomatopeyas siguieron proyectándose en el aire. Buscábamos un lugar donde festejar y llorar al mismo tiempo: la triste coincidencia de nuestras vidas, y un día inolvidable para el país. Eso fue lo que festejamos en el amable hotel alojamiento al que entramos algo avergonzados, y en silencio contenido.

 

Patricia y yo habíamos compartido el conservatorio de teatro el último año de la dictadura militar: en el mismo turno, con los mismos profesores, en el mismo bar, en las asambleas de alumnos, en las fiestas, en las muestras de fin de año. Hasta teníamos algunos amigos en común; sin embargo, nunca nos habíamos dirigido la palabra, apenas conocíamos el registro de nuestras voces, ninguno se había interesado por el otro, en ningún aspecto. Eso sí: estábamos en diferentes divisiones y eso era una diferencia taxativa para aquellos jóvenes que fuimos nosotros: los estudiantes de teatro de una carrera terciaria en los albores de la democracia. Nuestra división era un puñado importante de singulares futuros actores, con exceso de egocentrismo y, fundamentalmente, individualistas. Ella en cambio pertenecía a la división comprometida, solidaria y que había logrado en poco tiempo una envidiable comunión grupal.  Ella noviaba con el galán del lugar y yo andaba enamorándome y desenamorándome: nada era demasiado profundo y mucho menos alcanzaba el lugar de la constancia amorosa, que tanto me habían inculcado en mi familia.

El conservatorio fue mi segunda secundaria, aunque algo más divertida, erótica, política. Era el último año de los militares en el gobierno, se avecinaban las elecciones del 30 de octubre y eso partía el tiempo tajantemente en un antes y un después soñado, esperado. Era la ilusión en el horizonte de casi todos los que estábamos allí. Se crearon cuerpos de delegados estudiantiles, agrupaciones políticas partidarias y de las otras. Patricia no participaba de nada fuera de su grupo. Era como un fantasma que atravesaba la escuela, siempre a gran velocidad, el pelo suelto y vivaz, jeans apretados y un morral cruzando su torso. No miraba, no espiaba, no se interesaba. Al menos eso percibía. Yo me había alistado en una comisión de derechos humanos que iba más allá de cualquier lista política. Nuestro pequeño grupo de compañeros de todas las camadas ponía de manifiesto y hacía visible las fotos, testimonios e historias de vida de los treinta mil desparecidos. La foto de mi hermano Laucha se presentaba de fondo en la pequeña aula de planta baja junto a otros tres retratos familiares. En los corrillos del conservatorio se hablaba de los cuatro hermanos de desaparecidos que habitaban el lugar. Algún que otro compañero te preguntaba cómo habían sido las cosas, pero en general había un respeto silencioso a la tragedia y una sostenida compañía a cada acontecimiento que sugiriéramos.

Si bien en casa ya nadie tenía esperanzas de encontrar a Laucha con vida, me sucedía algo que aún hoy, cincuenta años después, sigue siendo una muy pequeña luz, bien adentro de mí, que se pregunta: “¿Y si no lo mataron? ¿Y si anda viejo por ahí, sin reconocer a nadie? ¿Y si lo llevaron a un lugar donde no sabe cómo volver?”

Recuerdo con nostalgia las sensaciones de ese último año en dictadura: esperanza, euforia, deseo, vitalidad e incluso algo de delirio. Sobre todo, lo recuerdo como el despertar del deseo, de las ganas que le tenía al amor.

En el ascensor del Hotel no parábamos de reírnos. Nos habíamos transformado en dos niños de nueve años, ingenuos, tentados, asombrados, valientes. La habitación era la treinta y tres, fondo a la izquierda. Tratábamos de que no escucharan nuestras risas, respetando el rito sexual de los cuartos aledaños. Nos hacía gracia todo. Los espejos de costado, los del techo, la música ambiental. Todo nos resultaba muy divertido. Nos acostamos vestidos por encima de las sábanas, y así nos quedamos: tirados, abrazados y vestidos, sin besos, sin genitalidad.

Antes de irnos nos volvimos a reír. No quisimos volver para el lado del zoológico, donde ya habría terminado el recital de García. Cada uno se fue para su casa. Había algo de aquella alegría desbordada que se había aplacado con nuestro abrazo de dos horas en el hotel de la calle Azcuénaga. La acompañé a la parada del colectivo. No nos hablamos más. Los dos lagrimeamos un poquito, cuando fue el abrazo final. Me quedé mirando cómo se iba el colectivo. Mientras caminaba para casa me volvía la imagen de Patricia tomándome las manos en la puerta del zoológico:

-Te quería contar que yo tengo un hermano desaparecido también -me dijo, y siguió-:  Es la primera vez que se lo cuento a alguien. Javier se llamaba. Un día se fue a trabajar y no lo vimos más. Sabemos que hubo un operativo en la calle San José a plena luz del día y se lo llevaron. Solo eso. En casa no se habla del tema. No sé qué nos pasó. Siempre te miraba a vos con la naturalidad con la que vos contabas o exponías tu caso, bah, el caso de tu hermano, y me daban ganas de acercarme, pero no podía. No quería quebrarme.

Con Patricia no nos vimos nunca más. Ella se fue del conservatorio, jamás supe adónde, pero se que al teatro no se dedicó. Tampoco la busqué. Lo nuestro fue ese día, ese maravilloso día que venía con ese abrazo eterno. Desaparecimos el uno para el otro.

Podría buscarla, rastrearla, tratar de saber de ella, pero elijo esperar que la vida nos cruce. En todo caso que sea el resultado de una “casualidad”, tal vez una esquina, algún cine, algún encuentro social, pero sin ninguna intención, que aparezca, que irrumpa de la nada, por azar. Resguardar en mi cuerpo y en mi alma todo aquello que vivimos aquel diez de diciembre de mil novecientos ochenta y tres.

 
 
 

Comentarios


bottom of page