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Ángela: la niña que tuvo que recuperar su propio nombre

hace 11 minutos
3 min de lectura

Ángela Urondo Raboy tenía once meses cuando el automóvil en el que viajaba con sus padres fue interceptado por la policía mendocina. Dentro del Renault 6 estaban Paco Urondo, Alicia Raboy y Renée Ahualli. Era el 17 de junio de 1976.


Después de los disparos, Alicia bajó del vehículo con la niña en brazos. Intentó escapar, pero fue capturada. Paco quedó en manos de los hombres que lo matarían de un culatazo. Renée logró huir.


Ángela y su madre fueron llevadas al Departamento de Informaciones de la Policía de Mendoza, el D2. De Alicia no volvió a conocerse el destino. Continúa desaparecida.

La niña fue separada de ella, trasladada a un orfanato y posteriormente retirada por su abuela materna. Sobrevivió, pero la supervivencia no le devolvió inmediatamente su historia. Durante su infancia le dijeron que sus padres habían muerto en un accidente automovilístico. La verdad le fue entregada lentamente, fragmentada, como si también la memoria hubiera quedado bajo custodia.

Hasta los dieciocho años no conoció completamente quiénes habían sido sus padres ni comprendió que ella misma había sido una niña secuestrada por el aparato represivo. La identidad que debía pertenecerle desde el nacimiento se convirtió en una búsqueda que atravesó expedientes, testimonios, silencios familiares, fotografías y documentos judiciales.

Ángela no heredó un recuerdo completo. Heredó pedazos.


Con esos fragmentos construyó primero el blog Pedacitos y después el libro ¿Quién te creés que sos?, publicado en 2012. No escribió una biografía convencional de Paco Urondo ni una investigación ordenada sobre Alicia Raboy. Escribió desde la rotura: poemas, cartas, anotaciones, sueños, documentos y recuerdos que intentan responder una pregunta elemental y devastadora: cómo se construye una identidad cuando el Estado asesinó al padre, desapareció a la madre y alteró la historia de la hija.

Durante años fue presentada solamente como “la hija de Paco Urondo”. Esa forma de nombrarla preservaba la memoria del poeta, pero volvía a dejar a Alicia en segundo plano y reducía a Ángela a una relación de parentesco. Por eso la recuperación de sus dos apellidos tuvo un valor más profundo que una rectificación administrativa. Ser Urondo Raboy significaba volver a reunir, al menos en el nombre, aquello que la dictadura había separado.

El 7 de agosto de 2012 consiguió recuperar legalmente su identidad. Habían pasado más de treinta y seis años desde el operativo de Mendoza.


Un año antes había declarado en el juicio por los crímenes cometidos contra su familia. No podía ofrecer recuerdos convencionales de aquella tarde: tenía apenas once meses. Conservaba sensaciones, imágenes incompletas y sueños recurrentes. Su testimonio mostró que la memoria de los niños secuestrados no siempre regresa como una escena nítida. A veces permanece en el cuerpo, en un miedo sin explicación, en una pregunta repetida durante años o en la impresión de haber vivido la vida de otra persona.

Cuando se dictaron las condenas, Ángela dijo que por primera vez el Estado le estaba devolviendo algo. No podía devolverle a sus padres ni restituir la infancia construida sobre una mentira. Podía, al menos, reconocer oficialmente que Paco había sido asesinado, que Alicia había sido secuestrada y que ella también había sido víctima del operativo.


La historia de Ángela impide cerrar la vida de Urondo en la escena de su muerte. Después del culatazo, de la desaparición de Alicia y de la falsificación policial, quedó una niña obligada a reconstruir aquello que otros habían decidido ocultarle.

Paco había dedicado su vida a buscar la palabra justa. Ángela tuvo que buscar algo todavía más próximo y, acaso, más difícil: su propio nombre.

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