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Teisaire: anatomía de una traición

hace 5 horas
5 min de lectura


Hay hombres que abandonan un gobierno cuando cae. Hay otros que cambian de ideas. Y hay casos que una tradición política convierte en símbolos de la traición. Para buena parte del peronismo, Alberto Teisaire quedó inscripto en esa última categoría: vicepresidente de Juan Domingo Perón, presidente del Partido Peronista y hombre de su confianza, después del golpe de septiembre de 1955 apareció ante las cámaras acusando al mismo gobierno del que había formado parte hasta su último día.


La historia había empezado mucho antes.

Alberto Teisaire no era un recién llegado que hubiese descubierto tardíamente qué clase de movimiento integraba. Oficial de la Marina, había acompañado a Perón desde los años del gobierno surgido en 1943. Ocupó el Ministerio de Marina, fue senador nacional, convencional constituyente en 1949 y presidente del Consejo Superior del Partido Peronista. Su intervención había sido incluso importante en 1944, cuando Perón consolidaba su posición dentro del gobierno militar.

No miraba al peronismo desde afuera.

Estaba adentro.

Muy adentro.

Cuando murió el vicepresidente Hortensio Quijano quedó vacante la vicepresidencia de la Nación. En las elecciones celebradas el 25 de abril de 1954, Teisaire fue elegido para completar el mandato. Obtuvo cerca de cinco millones de votos frente a aproximadamente dos millones y medio de la Unión Cívica Radical.

Durante aquella campaña, La Prensa, entonces perteneciente a la CGT, recordó las razones con las que la central obrera había apoyado su candidatura. Teisaire era presentado como un hombre que había dado pruebas de lealtad a la causa y, sobre todo, de lealtad a Perón.

Ese detalle importa.

Porque poco más de un año después la palabra lealtad adquiriría otro significado alrededor de su nombre.


Septiembre

El 16 de septiembre de 1955 comenzó el levantamiento militar que terminaría derrocando al gobierno constitucional de Juan Domingo Perón.

El gobierno cayó.

Perón inició el camino del exilio.

Y Teisaire permaneció en la Argentina.

Hasta allí podría no haber nada extraordinario. Los gobiernos caen, los funcionarios renuncian, los movimientos políticos atraviesan derrotas y los hombres toman decisiones diferentes ante ellas.

Lo que ocurrió después fue otra cosa.

A fines de septiembre Teisaire se presentó ante las nuevas autoridades. Poco después produjo una extensa declaración contra Perón. El texto sería incorporado posteriormente entre los documentos reproducidos por la propia Revolución Libertadora en el Libro negro de la segunda tiranía.

El hombre que había compartido el poder afirmaba ahora que había existido un único responsable de lo ocurrido:

Perón.

Acusó al expresidente de deslealtad, corrupción, autoritarismo, abandono de las funciones de gobierno y de haber engañado al pueblo.

No hablaba un opositor.

No hablaba Balbín.

No hablaba un militar sublevado.

Hablaba Alberto Teisaire.

El vicepresidente.

Y ésa fue precisamente la potencia política de la escena.


La cámara

La Revolución Libertadora comprendió inmediatamente el valor propagandístico de aquella declaración.

Teisaire apareció en una filmación de aproximadamente doce minutos leyendo un documento acusatorio contra Perón. El material fue utilizado por el gobierno surgido del golpe y exhibido en salas cinematográficas. Fuentes de la Biblioteca Nacional y del CEDINPE registran aquella utilización pública de su testimonio.

La escena tenía una eficacia que ningún comunicado militar podía conseguir.

El nuevo régimen no necesitaba explicar por sí mismo quién había sido Perón.

Podía hacer que lo explicara su vicepresidente.

El hombre elegido por millones de argentinos para acompañarlo aparecía ahora denunciándolo.

Teisaire sostuvo, entre otras cosas, que había permanecido dentro del gobierno pese a conocer graves irregularidades porque el sistema impedía disentir. También acusó a Perón de haber abandonado a sus colaboradores cuando se produjo el golpe.

Había allí, sin embargo, una pregunta inevitable.

Si todo aquello era cierto, ¿dónde había estado Teisaire mientras ocurría?

Había sido ministro.

Había sido senador.

Había presidido el Partido Peronista.

Había presidido el Senado.

Había sido vicepresidente.

Su firma aparecía en las leyes del gobierno que ahora condenaba. Documentos oficiales de 1954 conservan, efectivamente, su nombre encabezando las sanciones del Congreso como presidente del Senado.

Entonces aparece el problema que la declaración no podía resolver fácilmente.

Si Teisaire decía la verdad después del golpe, había guardado silencio mientras ocupaba algunos de los lugares más importantes del poder.

Y si no decía la verdad, estaba acusando a un presidente derrocado para acomodarse ante quienes acababan de expulsarlo.

Ése es el dilema histórico que convirtió su apellido en sinónimo de traición dentro de la memoria peronista.


El vencedor necesitaba testigos

El contexto tampoco puede borrarse.

La declaración no ocurrió en una democracia que investigaba tranquilamente al gobierno anterior. Ocurrió después de un golpe de Estado.

La autodenominada Revolución Libertadora había desalojado a Perón del poder y estaba construyendo la legitimación política del nuevo régimen.

Por eso el testimonio de Teisaire tenía un valor extraordinario.

No era solamente un hombre que renegaba de Perón.

Era el vicepresidente de Perón renegando de Perón.

Existe además una controversia historiográfica que debe mencionarse. Algunas reconstrucciones sostienen que Teisaire fue obligado o presionado para realizar aquella declaración filmada; otras fuentes destacan fundamentalmente su decisión de presentarse ante las nuevas autoridades y formular las acusaciones. La existencia y difusión del documento son indiscutibles; las condiciones exactas en que decidió grabarlo siguen siendo discutidas.

Esa salvedad es importante porque la historia no necesita fabricar certezas donde no las hay.

Pero tampoco modifica lo que ocurrió después con su figura.


Un nombre borrado

La reacción dentro del peronismo fue feroz.

La revista De Frente, vinculada a John William Cooke, convirtió aquella aparición cinematográfica en un emblema de indignidad política. La naciente Resistencia Peronista incorporó a Teisaire a su propio vocabulario de la traición.

Resultaba difícil imaginar un contraste mayor.

En enero de 1954 había sido exaltado como ejemplo de lealtad.

En octubre de 1955 era señalado como traidor.

Habían pasado menos de dos años.

Pero entre una fotografía y la otra había ocurrido una revolución, un bombardeo, centenares de muertos, un golpe de Estado, la caída de Perón y el comienzo de una persecución política que poco después prohibiría incluso pronunciar públicamente determinados símbolos y expresiones vinculados al peronismo.

Teisaire eligió hablar cuando Perón ya había perdido el poder.

Y habló ante quienes acababan de ganarlo.

Ésa es quizás la parte más difícil de separar de su historia.

Porque las convicciones pueden cambiar.

Los hombres pueden arrepentirse.

Un funcionario tiene incluso el derecho —y eventualmente el deber— de denunciar aquello que considere ilegal.

Pero la historia pregunta también cuándo.

Pregunta dónde estaba el denunciante cuando todavía tenía poder.

Pregunta qué dijo cuando decirlo podía costarle el cargo.

Pregunta qué hizo cuando todavía existía algo que arriesgar.

Teisaire habló después.

Cuando Perón estaba derrotado.

Cuando los vencedores ocupaban la Casa Rosada.

Cuando él mismo estaba en manos del nuevo poder.

Y cuando sus palabras podían convertirse, como efectivamente ocurrió, en una pieza de propaganda de ese poder.


La última paradoja

Quizás por eso Alberto Teisaire terminó desapareciendo de los dos relatos.

La Revolución Libertadora podía utilizarlo, pero difícilmente convertirlo en héroe.

El peronismo podía recordarlo, pero principalmente como aquello que no debía hacerse.

El hombre que había llegado a la vicepresidencia con millones de votos terminó políticamente solo.

Hay una ironía todavía mayor.

Años antes, cuando Perón le entregó públicamente el distintivo de Oficial de Estado Mayor del Ejército, recordó el lema que acompañaba aquella distinción:


“Ser, más que parecer”.


La historia terminó colocando esas palabras sobre Teisaire como una pregunta.

Porque durante años pareció leal.

Después dijo que nunca había compartido muchas de las cosas que había defendido.

Y cuando llegó la derrota, el vicepresidente que había sido elegido como uno de los hombres más confiables del movimiento se sentó delante de una cámara de los vencedores para acusar al hombre al que había acompañado.

No hace falta inventar una traición.

Para la memoria peronista, quedó contenida en esa imagen:


un vicepresidente hablando contra su presidente después de que los tanques ya habían entrado en Buenos Aires.


A veces una trayectoria política necesita centenares de páginas para ser explicada.

La de Alberto Teisaire quedó atrapada en doce minutos de película.

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