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Noche de Agosto


Nunca me dio miedo. Sí, respeto. Incluso había algo que me gustaba…que me rebelaba. Esas interminables cuadras, casi desde el riachuelo hasta la entrada, el pintoresco paisaje de los viejos conventillos, los colores en cada puerta, en cada árbol, hasta en el piso. Todo me cautivaba y me interpelaba.

Nosotros desafiantes. Con la voz en su máximo esplendor, con el pecho inflado de hidalguía, apretados, cuerpo con cuerpo, siempre mirada al frente, nunca cabeza gacha ni mirada al piso, aguantando los insultos que venían desde las bocacalles o de los balcones cercanos. Así íbamos con Nora, en la larguísima cola de los visitantes. Ella me tomaba del brazo, como viejos de paseo turístico, pero con diez mil personas pegadas a nuestros cuerpos.

No era necesario ir por ahí, pero yo le había pedido a Nora que me hiciera la gamba para no perderme el ritual de la llegada.

Nora era una de las tres rubias del conservatorio. Buena persona. Compañera. Amable. Divertida. Honesta. Tímida. Linda. Sobre todo: buena amiga. Su defecto más visible: su cuadro de fútbol. Su papá era dirigente de Boca Juniors. No hacía alarde de eso, pero era la hija de un prestigioso y honrado dirigente del fútbol argentino. A decir verdad, a Nora no le gustaba tanto el fútbol. Era más una herencia familiar. A ella le gustaba actuar y cantar.  

Esa noche “La bombonera” no se mostraba linda desde afuera. Sí, intensa. Intimidaba.

Orgullosos de ir a ver un clásico, de noche y de visitante.

Cuando faltaba una cuadra doblamos a la derecha. Ahí nos esperaba el tal Gonzalo, amigo del papá de Nora. Lo primero y único que nos dijo fue: “llegaron tarde, deberían haber venido por otra calle”. Nos hizo pasar entre caballos, autos de lujo y personas con camisetas y gorros azules y amarillos.

Gonzalo nos llevó hasta el palco…a metros donde después se ubicaría durante años el Diego.  Nora le había pedido que nos consiga una platea para ver el partido y nos mandó al viejo palco. Esa noche habíamos faltado al conservatorio de Teatro. Era miércoles. Recién iniciado agosto. Aún hacía frío.

Racing peleaba por tratar de mantenerse en primera. Boca tenía las de ganar.

A nuestra izquierda en la segunda y tercera bandeja estaba la hinchada de Racing. El resto del estadio: todo boquense.

La “Doce” desplegó una bandera que decía Cafiero y Peron un solo corazón.

La guardia imperial se comentaba que apoyaba al candidato Herminio Iglesias. El del cajón.

Faltaban dos meses y algo más para que volviésemos a votar. En mi caso y el de Nora sería el debut electoral.

La luz de la bombonera muy tenue, como si se tratase de una misa y faltaban minutos para que salieran los equipos a la cancha.

La voz del estadio dio las formaciones, se entremezcló con los gritos de las hinchadas, que venían de pica desde que Racing había sido local allí, por arreglos en el cilindro, el año anterior, y eso trajo enfrentamientos verbales y algún que otro conato de violencia.

En la oscuridad empezaron a pasar unas especies de pequeñas bolas de fuego que salían de la tribuna de Boca. Iban cayendo en el campo de juego, luego en el arco del lado de los racinguistas, hasta que una entró de lleno en la tribuna. Acto seguido una especie de incendio, los hinchas abriéndose y dejando el hueco, el fuego seguía, alguien se tiró arriba del fuego. Lograron apagarlo. Nosotros no alcanzábamos a entender, no veíamos mucho, solo escuchábamos. El grito de “Asesinos” que venía de la tribuna de Racing retumbó muy fuerte. Dejó congelado al estadio.

Nos enteramos por la radio portátil de otro espectador, que habían matado a un hincha, que la bengala que cruzó de tribuna a tribuna había dado en el cuello de Roberto Basile, un hincha que había llegado de Río Negro y que era la primera vez que iba a la cancha. Se incendió. La bengala lo decapitó. Murió en el acto.

Todo lo que sucedió de ahí en más fue un inolvidable y estruendoso silencio de dos horas. El partido se jugó igual, pero a nadie le importaba. Casi que no se gritaron los goles, que fueron cuatro. Dos por lado. El partido tuvo de todo. En otro contexto hubieran sobresalido el golazo de mitad de cancha que hizo Castelló, defensor de Racing o el penal que selló sobre el final del partido el empate de Boca a manos, o mejor dicho en los pies de Gareca. Nada opacó el verdadero velorio que se vivió esa noche…Con un estadio lleno y en silencio. De un lado y del otro.

Mi ser cabulero me dijo que no debía volver a un estadio con Nora y así fue. Debut y despedida. A ella no le importó mucho. Bah. Me parece. Nunca lo hablamos. Es que el silencio del horror nos ganó el partido más triste que recuerde.

Hubo muchos agostos en el que jugaron Boca y Racing, Tristemente inolvidable, uno solo.

 

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